El
hombre camina por el Parque Nacional Los Glaciares
como si fuera su casa. Aunque se trata de una
recorrida informal, no puede evitarlo y a su paso,
señala y presenta cada una de las especies
que conforman la flora y la fauna típica
del lugar. Carlos Corvalán, de él
estamos hablando, declara 47 años y es
guardaparques desde hace 30. Ahora, tiene a su
cargo la intendencia de esta maravilla natural
que, con casi 727 mil hectáreas, constituye
el parque nacional más grande de la Argentina.
Y que se convirtió en un polo de atracción
indiscutido para los miles de extranjeros que
mes a mes llegan a nuestro país (ver El
niño deseado).
Aunque pasó la mayor parte de su vida ‘dando
vueltas’ por la Patagonia, el acento mendocino
lo delata. “Siempre me gustó la naturaleza.
Mis padres tenían un terreno chiquito en
Mendoza y pasé la infancia entre la ciudad
y el campo”, cuenta Corvalán a modo
de presentación. El caso es que cuando
estaba terminando la secundaria, su papá
le acercó una página del diario
local en la que anunciaban la inscripción
para la escuela de guardaparques. “’Fijate,
te va a gustar’, dijo”, recuerda entre
risas. Hechos los trámites de rigor, quedó
en la selección de los 28 que luego se
convertirían en la novena promoción
de dicha institución. “En esa época
se estudiaba en la Isla Victoria, en Bariloche.
Hacíamos un internado que nos obligaba
a tener contacto permanente con la naturaleza.
Nos llevaban a recorrer los diferentes Parques
y nos recibimos en 1978, en Iguazú”,
agrega. Su primer destino fue el Parque Nacional
Los Alerces, seccional Río Grande, “justo
en el límite con Chile. Estuve casi dos
años y medio y ahí nació
mi hijo mayor, Juan Manuel. Después pasé
a Futalaufquen, el centro administrativo de Los
Alerces. Más tarde vino el Parque Nacional
Lanín, seccional Curruhue, en Junín
de Los Andes, donde nació Fernando, que
tiene 22 años y ahora está haciendo
el voluntariado, porque también quiere
ser guardaparques. Y luego la seccional Quila
Quina, en San Martín de los Andes. Ahí
nació Emiliano, el menor de los tres. A
medida que los chicos iban creciendo, tuvimos
que dejar el campo y mudarnos a destinos más
grandes, para que puedan ir a la escuela”,
relata mientras señala a un zorrino que
se cruza por el camino. Queda claro que eso de
permanecer mucho tiempo en el mismo lugar, no
es de lo que más le gusta a Corvalán
–más conocido como Charly porque
en la escuela de guardaparques había tres
‘Carlos’–, así que en
1996 pidió el traslado a El Calafate, provincia
de Santa Cruz. “Entonces, todavía
estaba como muy alejado de todo. Pero mis hijos
estaban grandes y empezaban a desprenderse, sentí
que ya no los arrastraba con mi elección”,
resume.
“Siempre
digo que quiero envejecer
en alguna chacra de Mendoza, o de la
Patagonia. Nada de ciudad para mi.”
Llegó como jefe
de guardaparques y cuando quedó libre el
cargo de intendente –que pertenece al escalafón
administrativo–, se presentó a llevaban
a recorrer los diferentes Parques y nos recibimos
en 1978, en Iguazú”, agrega. Su primer
destino fue el Parque Nacional Los Alerces, seccional
Río Grande, “justo en el límite
con Chile. Estuve casi dos años y medio
y ahí nació mi hijo mayor, Juan
Manuel. Después pasé a Futalaufquen,
el centro administrativo de Los Alerces. Más
tarde vino el Parque Nacional Lanín, seccional
Curruhue, en Junín de Los Andes, donde
nació Fernando, que tiene 22 años
y ahora está haciendo el voluntariado,
porque también quiere ser guardaparques.
Y luego la seccional Quila Quina, en San Martín
de los Andes. Ahí nació Emiliano,
el menor de los tres. A medida que los chicos
iban creciendo, tuvimos que dejar el campo y mudarnos
a destinos más grandes, para que puedan
ir a la escuela”, relata mientras señala
a un zorrino que se cruza por el camino. Queda
claro que eso de permanecer mucho tiempo en el
mismo lugar, no es de lo que más le gusta
a Corvalán –más conocido como
Charly porque en la escuela de guardaparques había
tres ‘Carlos’–, así que
en 1996 pidió el traslado a El Calafate,
provincia de Santa Cruz. “Entonces, todavía
estaba como muy alejado de todo. Pero mis hijos
estaban grandes y empezaban a desprenderse, sentí
que ya no los arrastraba con mi elección”,
resume.
Llegó como jefe de guardaparques y cuando
quedó libre el cargo de intendente –que
pertenece al escalafón administrativo–,
se presentó a concurso. Con él trabajan
16 guardaparques (ver Organización). Sobre
la tarea, Corvalán explica: “Es muy
variada. Depende del parque. En el caso de Los
Glaciares, existen asentamientos humanos muy antiguos,
estancias. O sea que trabajamos con los pobladores,
controlamos la ganadería. Y por otro lado,
hay mucha actividad turística. Se trata
de dar información, cuidar que la gente
no atente contra el equilibrio del lugar. Somos
policías administrativos, es decir que
tenemos el poder de labrar actas de infracciones
sobre la reglamentación que produce Parques
Nacionales, que cambia de acuerdo a la necesidad.
La operación turística de la zona
no es la misma que hace 20 años”.
Las cifras de los últimos tres años
hablan por sí solas: en enero de 2002,
el parque recibió 28.000 visitantes; en
el mismo mes de 2003, 42.000; y en 2004, 69.000.
“Durante todo 2003 registramos 290.000 accesos
y este año calculamos que vamos a cerrar
en 350.000”, repasa.
¿A qué se debe el aumento? Corvalán
sostiene que son varios factores: “En primer
lugar, el económico: el dólar a
tres pesos resulta muy accesible para los extranjeros.
Otra cuestión es la imagen de tranquilidad
que muestra la Patagonia. Y también está
la promoción que otorga el hecho de que
el presidente Kirchner sea santacruceño
y traiga a todos los visitantes ilustres a conocer
el Glaciar Moreno. El último año,
El Calafate creció un 39%. La sensación
es que estamos alcanzando los niveles de uso turístico
que tienen otros sectores del país, como
Bariloche o Iguazú”.
Raíces
que tiran
Caminar por el Parque no es sencillo para Charly,
porque no hay persona que deje de saludarlo. Aunque
ya no cumple con la rutina diaria de los guardaparques
(“el mate en la cocina a leña al
levantarse, el primer turno radial con el parte
del día, la salida al campo, el turno radial
de la tarde con las novedades, en temporada alta
controlar las actividades en los sectores de camping,
registrar cada vez que vemos un animal considerado
de valor especial, mantener carteles, senderos,
folletos”), dedica toda su energía
al plan de obras que busca mejorar los servicios
del lugar. Y a su vez, garantizar que todos estos
cambios no afecten de ninguna manera al ecosistema.
“Dentro de 20 años, esto tiene que
estar exactamente igual”, simplifica.
Ahora llegamos al frente del Glaciar Perito Moreno
y no puede evitar perder la mirada en ese increíble
infinito blanco, “el niño caprichoso”,
como lo llaman. “Llegué a El Calafate
el 13 de febrero del ’97, el 14 estaba acá
y el 16 empecé con las excursiones lacustres”,
recuerda y reconoce que aún se deslumbra
cada vez que lo visita.
En breve deberá volver a concursar por
el cargo. “Será aquí o en
algún otro parque. Eso sí, siempre
en la Patagonia”, asegura. De todos modos,
una vez por año vuelve a su Mendoza natal.
“Ahí están mis raíces,
mi familia, mis padres y mis seis hermanos”,
dice como si quisiera justificarse. Pero no hace
falta que lo haga, una vez más, el acento
lo delata.
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