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Saber
enseñar,
es un arte

Alicia Berger es una de las “cocineras” que elevó las ollas y sartenes a un lugar privilegiado. Se cumplen 20 años de aquella primera clase: una historia con sal y pimienta.

1984 es un número marcado a fuego en la vida de Alicia Berger. Ese fue el año en el que abrió su escuela superior de cocina, la primera en su tipo en el país. Ella tenía un título de maestra y de profesora en economía doméstica, pero eso no era suficiente para el emprendimiento que deseaba realizar. Con una valija de cartón y muchas inquietudes partió a Europa a estudiar con los mejores cocineros del mundo: la pastelería en el Cordon Bleu de París, la cocina francesa con el maestro Paul Bocuse, la alemana en el restaurante Aubergine de Munich, luego siguió haciendo stages en España y Suiza. Aprendió que la cocina hablaba, pero que había que saber escucharla y así se le pegó el olor a mariscos del restaurante de Georges Blanc en Vonnas y el aroma de los pasteles de Troisgros en Roanne, Francia. Con su bagaje aprendido se instaló en su escuela de gastronomía. Por allí han pasado jóvenes y grandes, hombres y mujeres con la ansiedad de aprender las primeras nociones de los tiempos de las carnes, escuchar el sonido de una fritura, el crujir de las masas y distinguir el aroma y el color de las hierbas. El secreto de Alicia es lograr enseñar fácil lo que parece muy difícil, “porque la cocina es tacto, gusto y olfato. Lo visual llega al final, cuando el plato ya está terminado. Nunca compraría un ananá, ni un durazno sin aroma y un pescado, sin haber pasado mis dedos por sus escamas”. Los comienzos, como siempre, fueron duros, pero Alicia no se achicó. Cuando se presentó por primera vez ante las cámaras de tevé con su impecable uniforme blanco, le pidieron que se cambiara porque “el color no daba” y debía lucir ropa común con un delantalcito. “Fue así como me retiré de la tevé durante un año. Luego la gastronomía se puso de moda y las formas de comer se abrieron a nuevas culturas”. Ella, después de 20 años tiene sus secretos, y aunque la cocina se apoya en técnicas, la base es el criterio que vale tanto para condimentar un plato, como para armar un buen menú. “Pero lo más importante de todo “cocinero” es el sentido práctico, enormes ganas y mucha regularidad
en el trabajo”.

Blanco de ave
en crocante de avellana

(4 peronas)




 

Crema de almendras: 50 g de azúcar; 50 g de manteca blanda, 1 huevo; 20 g de harina; 40 g de polvo de almendra.
Masa: 250 g de masa phila; 50 g de de manteca derretida;
2 cdas. de azúcar impalpable.
Crema: 150 cc de leche; 1 cdta. de vainilla; 1 ramita de tomillo;
12 hojas picadas de menta fresca.
Guarnición: 300 g de frambuesas frescas; 50 g de azúcar impalpable; 2 cdas. de alcohol de frambuesas.
Ponga dentro de un bol todos los ingredientes de la crema de almendras. Mezcle con una espátula y coloque dentro de una manga sin boquilla. Extienda una hoja de la masa phila y pinte con manteca derretida. Espolvorée con azúcar impalpable y cubra con otra hoja. Corte discos de 12 cm de diámetro, repita esta operación cuantas veces sea necesario hasta obtener 24 discos. Coloque la mitad sobre una placa antiadherente. Ponga una porción de crema de almendras sobre los discos de masa dejando 2 cm del borde libre. Tape con los otros 12 discos. Precaliente el horno a 180 grados, cocine 6 minutos y retire. Reserve a temperatura ambiente. Bata la crema, fría, con la vainilla, tomillo y menta y coloque dentro de una manga con boquilla rizada de 1 cm de diámetro. Reserve al frío. Ponga las frambuesas dentro de un plato hondo, rocíe con el alcohol de frambuesas y el azúcar. Deje reposar. Disponga la lasagna sobre el plato, un poco de crema, frambuesas, cubra con lasagna y repita una vez más. Decore con hojas de tomillo y menta.

 

 


Sudamericana publica
el libro “Mi cocina, con sus
recetas preferidas.

 


Foto:Eduardo Torres