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VIOLENCIA EN LAS AULAS

Cómo frenarla

 

Un bullicio uniforme invade la manzana, es a la salida de una escuela pública de San Carlos de Bariloche. Se escuchan gritos y algunos insultos. Son adolescentes. Entre ellos, hay uno que se anima a hablar en voz baja. “Tengo 16 años y hasta hace un año, fui a un colegio donde creían que el chico tranquilo, introvertido y buen alumno, no era un problema. Sólo se fijaban en los barderos. A los más tranqui, nunca los llamaban las psicólogas para conversar. Creo que los docentes tienen que atender a todos. Claro que hay violencia en las escuelas. No al punto de lo que pasó en Carmen de Patagones, pero sí, en las cuestiones más cotidianas. No sé, muchos compañeros míos se sienten discriminados porque viven en el Alto (la zona más humilde de la ciudad) o porque no pueden prestar tanta atención al colegio, porque tienen que trabajar o porque en la casa no los tienen en cuenta y vienen al cole para hacer un grupo y capaz que no les dan bola. Ahora, en esta escuela, nos están enseñando a solucionar entre nosotros las cuestiones y eso hace que nos vayamos haciendo más responsables. Y creo que así, hablando entre todos, hay menos chances de que pasen cosas que
puedan lastimar al otro”.

En los últimos dos meses, se dieron a conocer, al menos, 8 casos de violencia dentro o cerca del ámbito escolar. Dieciocho balas disparadas, tres puñaladas, cinco heridos, y tres muertos a causa de un arma disparada por un adolescente, se registraron en los últimos meses en las aulas de Buenos Aires, Santa Fe, Paraná, Neuquén, La Plata, Salta y Mendoza. El saldo: miles de jóvenes atemorizados, descolocados, enfrentados, conmocionados y amenazados.
Como un maremoto imparable e impredecible, los hechos violentos entre compañeros de escuela de menos de 16 años, sacudieron al país desde la tragedia en Carmen de Patagones, en la que Rafael, un chico de 15 años, mató a tres personas en la mañana del 28 de septiembre.
Hacia el año 2000, un hecho de características similares al de Patagones ya había sacudido a la opinión pública, cuando en Rafael Calzada, al sur del conurbano bonaerense, un adolescente terminó de un balazo con la vida de un compañero. Argentina no es el único país que registra actos de este tipo: en abril de 1999 dos chicos estadounidenses mataron a 13 personas entre docentes y alumnos en una secundaria de Colorado, y tres años después, Alemania fue testigo de la muerte de 17 personas dentro de un colegio. En ambos casos, los jóvenes responsables de las muertes se suicidaron.
¿Qué motiva estos comportamientos? ¿Es posible prevenirlos? ¿Dónde empieza la violencia? La revista consultó a especialistas de salud mental y educación para saber dónde radica el origen de los actos violentos, sean o no extremos, y dónde encontrar posibles soluciones.
“El ser humano, desde que nace, expresa impulsos agresivos sobre el mundo. La forma en que el niño tramitará esta impulsividad depende del ambiente. En un comienzo, la relación con la madre le devuelve al pequeño algo bueno a través del cuidado afectuoso y esto le permite metabolizar su agresión. El intercambio con las personas que lo cuidan, cómo es tratado, y el modelo de conducta que le brindan, moldeará la personalidad del niño en desarrollo”, explica Mónica Oliver, médica psiquiatra y psicoanalista infantojuvenil del Comité de Salud Mental y Familia de la Sociedad Argentina de Pediatría.
Gerardo Rubinstein, psiquiatra y psicoanalista de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires (APDEBA), especialista en adolescentes, explica que para vivir en sociedad, el niño debe aprender qué se puede y qué no. “Y en esta instancia, muchos no lo logran. En la adolescencia, los chicos necesitan diferenciarse de los adultos, a veces, a través de conductas que pueden dañar a terceros o a sí mismos. Muchas de ellas, tienen como objetivo llamar la atención de los padres. En este sentido, a tarea de los padres es acompañar, conversar y ayudar. Los adolescentes niegan que conducir borrachos les puede causar un accidente o que mantener relaciones sexuales, sin protección, significa riesgo de embarazo o contagio de enfermedades. Esa negación es una situación de enorme violencia”.
En la interacción social, según Paola Del Bosco, experta en Educación y docente de la Universidad Católica Argentina y el IAE, siempre hay un intento de medirse unos con otros. Para la especialista, es natural una actitud competitiva que proviene de la necesidad de autoafirmación. “En la familia primero, y luego en la escuela, se debe guiar esa competitividad hacia modos no agresivos. Los chicos son violentos porque hay una gran competitividad no dirigida, una ira fuera de cauce”, sostiene Del Bosco.
“Cuando el niño encuentra agresión en el ambiente puede aumentar su violencia para defenderse o para reproducir en el colegio lo que vive en su casa. De ahí la pregunta ‘¿un niño agresivo es un niño agredido?’. Tanto la agresión física como la emocional son formas de maltrato que van dañando al pequeño”, describe Oliver.

La detección
Por habitual y cotidiano, un comportamiento anormal en la conducta de los chicos no debe subestimarse. En este sentido, Osvaldo Panza Doliani, médico y presidente de la Fundación Crecer sin Violencia (CRESINVIO), advierte sobre la importancia de la observación del accionar de los chicos. “Ante un comportamiento inadecuado, no hay que esperar. Aunque sea un padre o un docente el que lo note, enseguida debe pedir ayuda”, sostiene. La falta de atención en clase y la dificultad de aprendizaje son dos características que el especialista aconseja tener en cuenta. Para Rubinstein, es importante prestar atención al aislamiento y al cambio brusco de estilo de ropa en los adolescentes.

Enseñar la paz
La violencia –dicen los especialistas– expresa parte de lo que la persona ha aprendido a lo largo de su vida. Entonces, ¿es posible enseñarle a un chico a no ser violento? Paola Del Bosco responde: “La no-violencia se enseña a través de un trato que valoriza al otro como persona, con sus características propias. Para esta educación es necesario un entrenamiento y una convicción que permitan mantenerse firmes frente a las provocaciones. Como decía Gandhi, no reaccionar violentamente a la injusticia, absorber lo negativo y devolverlo en términos positivos, significa ser fuerte”.
Al respecto, Osvaldo Panza Doliani dice que es posible enseñarle a un hijo a no convertirse en un ser violento. “Para ello no deben romperse las pautas de convivencia tolerante en la familia y no debe haber juegos o medios con programas de violencia en ningún orden, se debe ejercitar como norma el respeto recíproco y los valores. Deben asegurarse que sus hijos aprendan diariamente los contenidos enseñados en la escuela, para lo cual deben estudiar todos los días. Es necesario instalar la cultura de la lectura familiar y el diálogo fluido y participativo”.

Soluciones
Como se ve, las causas y el origen de la violencia no sólo dependen de los chicos, su familia y la escuela. Quedan involucrados en este aspecto el contexto social, cultural y económico en que crecen y se forman los niños. De esta manera, resulta que las amenazas están por fuera y por dentro de sus casas. Cuando se trata de soluciones, los especialistas hablan de cuestiones profundas, a corto o a largo plazo, que atañen al ámbito estrictamente familiar o a la estructura social en la que están incertos.
Desde la psiquiatría y el psicoanálisis, Gerardo Rubinstein habla de una disolución de los roles parentales. Según él, los padres han dejado de tener la capacidad de abarcar límites claros y precisos acerca de lo que se puede hacer y de lo que no. “El tema está en saber encontrar el equilibro entre respetar la privacidad y acercarse para compartir algunas cosas. La invasión hace que el chico se contraiga, así como algunos intentan suicidios para llamar la atención. Los padres deben mantenerse firmes en sus principios. Tiene que haber jerarquía. No pueden hacerse los jóvenes y ponerse en ‘patas’. Es necesario respetar las diferencias. Las diferencias van a establecer la propia identidad y personalidad del joven”.
Por su parte, Oliver asegura que una solución posible es brindarles a los niños y a su familia ayuda psicológica. Ahora: si se trata de un grupo que se siente excluido y agredido de y por una sociedad que no los protege, las medidas que se deben tomar dependen de macro programas sociales. Para Del Bosco, hay que “empezar ya, con pequeños ejercicios de buen trato, de aceptación de las diferencias, con jornadas breves donde se expliquen los mecanismos de las reacciones violentas para luego poder detectarlas. Es fundamental consensuar una estrategia para redirigir las reacciones hacia formas más respetuosas del otro”.

ORIGEN, ROLES
Y CAMBIOS

El profesor Osvaldo Panza Doliani es doctor en Medicina y Cirugía y se dedica a la Neurociencia Cognitiva, Neurobiología y Neurofisiología del aprendizaje. Es Investigador y docente de las universidades USAL, UAI y UNL. Además, preside la Fundación Crecer Sin Violencia. La revista lo entrevistó y éstas fueron sus respuestas.
–¿Dónde empieza la violencia?
–Todos tenemos información genética heredable para responder a las exigencias del medio ambiente. Cuando esas exigencias comprometen la integridad o la vida, desarrollan comportamientos para la defensa, el ataque o la huida. Pero cuando esos comportamientos se expresan sin que existan las situaciones mencionadas, se trata de patologías evolutivas que se potencian.

–¿Es realmente posible que un chico mate a otro porque escucha determinado grupo de música?
–Sí, es posible. Las enseñanzas del medio son colectivas, pero las respuestas son individuales y, como tales, impredecibles. Así se construye a nivel molecular los fundamentos orgánicos naturales de la personalidad, normal o patológica.

–¿Dónde y cómo empezar a solucionar este problema? ¿Dónde empiezan los cambios?
1) Ante la observación de comportamientos inapropiados a las circunstancias, se debe ACTUAR. Jamás esperar una corrección espontánea.
2) Acordar desde distintas disciplinas, acciones probables científicamente y evaluables, con estadísticas evolutivas.
3) Para ello, instalar en los mayores y responsables de los sistemas políticos “la cultura de la precocidad” integrando:
a) prevención precoz,
b) asistencia precoz de víctimas y victimarios,
c) programación precoz, probable y prospectiva del futuro de los asistidos y de la población general. Para ello se deben coordinar responsabilidades primarias, obligatorias e indelegables: de los padres con sus hijos, de los docentes con sus alumnos, de los medios con sus públicos, de los clubes con los deportistas y sus asociados, de los lugares de esparcimiento con sus asistentes, de los sistemas políticos con la población general. Es decir: nadie debe quedar fuera de este desafío ni esperar a ser convocado porque aún no fue víctima.
Se trata de un compromiso de vida que debemos asumir todos.