En
los últimos dos meses, se dieron a conocer, al
menos, 8 casos de violencia dentro o cerca del ámbito
escolar. Dieciocho balas disparadas, tres puñaladas,
cinco heridos, y tres muertos a causa de un arma disparada
por un adolescente, se registraron en los últimos
meses en las aulas de Buenos Aires, Santa Fe, Paraná,
Neuquén, La Plata, Salta y Mendoza. El saldo:
miles de jóvenes atemorizados, descolocados,
enfrentados, conmocionados y amenazados.
Como un maremoto imparable e impredecible, los hechos
violentos entre compañeros de escuela de menos
de 16 años, sacudieron al país desde la
tragedia en Carmen de Patagones, en la que Rafael, un
chico de 15 años, mató a tres personas
en la mañana del 28 de septiembre.
Hacia el año 2000, un hecho de características
similares al de Patagones ya había sacudido a
la opinión pública, cuando en Rafael Calzada,
al sur del conurbano bonaerense, un adolescente terminó
de un balazo con la vida de un compañero. Argentina
no es el único país que registra actos
de este tipo: en abril de 1999 dos chicos estadounidenses
mataron a 13 personas entre docentes y alumnos en una
secundaria de Colorado, y tres años después,
Alemania fue testigo de la muerte de 17 personas dentro
de un colegio. En ambos casos, los jóvenes responsables
de las muertes se suicidaron.
¿Qué motiva estos comportamientos? ¿Es
posible prevenirlos? ¿Dónde empieza la
violencia? La revista consultó a especialistas
de salud mental y educación para saber dónde
radica el origen de los actos violentos, sean o no extremos,
y dónde encontrar posibles soluciones.
“El ser humano, desde que nace, expresa impulsos
agresivos sobre el mundo. La forma en que el niño
tramitará esta impulsividad depende del ambiente.
En un comienzo, la relación con la madre le devuelve
al pequeño algo bueno a través del cuidado
afectuoso y esto le permite metabolizar su agresión.
El intercambio con las personas que lo cuidan, cómo
es tratado, y el modelo de conducta que le brindan,
moldeará la personalidad del niño en desarrollo”,
explica Mónica Oliver, médica psiquiatra
y psicoanalista infantojuvenil del Comité de
Salud Mental y Familia de la Sociedad Argentina de Pediatría.
Gerardo Rubinstein, psiquiatra y psicoanalista de la
Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires
(APDEBA), especialista en adolescentes, explica que
para vivir en sociedad, el niño debe aprender
qué se puede y qué no. “Y en esta
instancia, muchos no lo logran. En la adolescencia,
los chicos necesitan diferenciarse de los adultos, a
veces, a través de conductas que pueden dañar
a terceros o a sí mismos. Muchas de ellas, tienen
como objetivo llamar la atención de los padres.
En este sentido, a tarea de los padres es acompañar,
conversar y ayudar. Los adolescentes niegan que conducir
borrachos les puede causar un accidente o que mantener
relaciones sexuales, sin protección, significa
riesgo de embarazo o contagio de enfermedades. Esa negación
es una situación de enorme violencia”.
En la interacción social, según Paola
Del Bosco, experta en Educación y docente de
la Universidad Católica Argentina y el IAE, siempre
hay un intento de medirse unos con otros. Para la especialista,
es natural una actitud competitiva que proviene de la
necesidad de autoafirmación. “En la familia
primero, y luego en la escuela, se debe guiar esa competitividad
hacia modos no agresivos. Los chicos son violentos porque
hay una gran competitividad no dirigida, una ira fuera
de cauce”, sostiene Del Bosco.
“Cuando el niño encuentra agresión
en el ambiente puede aumentar su violencia para defenderse
o para reproducir en el colegio lo que vive en su casa.
De ahí la pregunta ‘¿un niño
agresivo es un niño agredido?’. Tanto la
agresión física como la emocional son
formas de maltrato que van dañando al pequeño”,
describe Oliver.
La
detección
Por habitual y cotidiano, un comportamiento anormal
en la conducta de los chicos no debe subestimarse. En
este sentido, Osvaldo Panza Doliani, médico y
presidente de la Fundación Crecer sin Violencia
(CRESINVIO), advierte sobre la importancia de la observación
del accionar de los chicos. “Ante un comportamiento
inadecuado, no hay que esperar. Aunque sea un padre
o un docente el que lo note, enseguida debe pedir ayuda”,
sostiene. La falta de atención en clase y la
dificultad de aprendizaje son dos características
que el especialista aconseja tener en cuenta. Para Rubinstein,
es importante prestar atención al aislamiento
y al cambio brusco de estilo de ropa en los adolescentes.
Enseñar
la paz
La violencia –dicen los especialistas– expresa
parte de lo que la persona ha aprendido a lo largo de
su vida. Entonces, ¿es posible enseñarle
a un chico a no ser violento? Paola Del Bosco responde:
“La no-violencia se enseña a través
de un trato que valoriza al otro como persona, con sus
características propias. Para esta educación
es necesario un entrenamiento y una convicción
que permitan mantenerse firmes frente a las provocaciones.
Como decía Gandhi, no reaccionar violentamente
a la injusticia, absorber lo negativo y devolverlo en
términos positivos, significa ser fuerte”.
Al respecto, Osvaldo Panza Doliani dice que es posible
enseñarle a un hijo a no convertirse en un ser
violento. “Para ello no deben romperse las pautas
de convivencia tolerante en la familia y no debe haber
juegos o medios con programas de violencia en ningún
orden, se debe ejercitar como norma el respeto recíproco
y los valores. Deben asegurarse que sus hijos aprendan
diariamente los contenidos enseñados en la escuela,
para lo cual deben estudiar todos los días. Es
necesario instalar la cultura de la lectura familiar
y el diálogo fluido y participativo”.
Soluciones
Como se ve, las causas y el origen de la violencia no
sólo dependen de los chicos, su familia y la
escuela. Quedan involucrados en este aspecto el contexto
social, cultural y económico en que crecen y
se forman los niños. De esta manera, resulta
que las amenazas están por fuera y por dentro
de sus casas. Cuando se trata de soluciones, los especialistas
hablan de cuestiones profundas, a corto o a largo plazo,
que atañen al ámbito estrictamente familiar
o a la estructura social en la que están incertos.
Desde la psiquiatría y el psicoanálisis,
Gerardo Rubinstein habla de una disolución de
los roles parentales. Según él, los padres
han dejado de tener la capacidad de abarcar límites
claros y precisos acerca de lo que se puede hacer y
de lo que no. “El tema está en saber encontrar
el equilibro entre respetar la privacidad y acercarse
para compartir algunas cosas. La invasión hace
que el chico se contraiga, así como algunos intentan
suicidios para llamar la atención. Los padres
deben mantenerse firmes en sus principios. Tiene que
haber jerarquía. No pueden hacerse los jóvenes
y ponerse en ‘patas’. Es necesario respetar
las diferencias. Las diferencias van a establecer la
propia identidad y personalidad del joven”.
Por su parte, Oliver asegura que una solución
posible es brindarles a los niños y a su familia
ayuda psicológica. Ahora: si se trata de un grupo
que se siente excluido y agredido de y por una sociedad
que no los protege, las medidas que se deben tomar dependen
de macro programas sociales. Para Del Bosco, hay que
“empezar ya, con pequeños ejercicios de
buen trato, de aceptación de las diferencias,
con jornadas breves donde se expliquen los mecanismos
de las reacciones violentas para luego poder detectarlas.
Es fundamental consensuar una estrategia para redirigir
las reacciones hacia formas más respetuosas del
otro”.

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