| Quiénes
son estos asiáticos de ojos rasgados que ocupan
el vasto país de Oriente desde hace 6.000 años?
¿Qué piensan, qué hacen, qué
buscan y desean?
Existen alrededor de 250 millones de chinos que viven
en las grandes ciudades como Shangai o Beijing, ávidos
de consumo, modernismo y progreso: un mercado inmenso
con un potencial impresionante.
Pero la realidad es que China está compuesta
por muchísimo más que 250 millones de
habitantes. Existen otros 1.000 millones de ciudadanos
nada menos, que no son ricos, ni modernos. Son pobres
que viven en su mayoría en el campo, y sobreviven
gracias a una precaria economía agraria. Tienen
pocas libertades y pocas posibilidades.
Así es la China de hoy, compleja y contradictoria,
capaz de producir un hombre hedonista y gozador de la
modernidad y mantener un Estado fuerte bajo el ala del
partido comunista desde los años ‘50 con
control sobre la prensa, los sindicatos, la opinión
pública y la religión. Un ejemplo de ello,
lo representa la Iglesia Católica de China que
es regulada por el gobierno. Se la llama Iglesia Patriótica,
no reconoce la autoridad del Papa para nombrar obispos
y todo lo que sale de la boca de los sacerdotes es supervisado
por el Estado. “No se puede editar una Biblia
sin que sea aprobada por los gobernantes”, explica
Raúl Estrada, ex embajador argentino en China.
Capitalismo y socialismo se juegan en este país
que en 1978, bajo el ala del dirigente Deng Xiao Ping,
comenzó a abrirse a los mercados externos y de
una economía central planificada giró
hacia una de mercado más abierta con resultados
óptimos. Desde 1978 se cuadriplicó el
PBI y en 1993 fue considerada la economía más
grande del mundo luego de EE.UU. El Estado está
presente cuando los ejecutivos cierran con las multinacionales
occidentales. “En cada mesa de negociación
están los empresarios chinos y los funcionarios
del gobierno”, explica Miguel Tezanos Pinto, luego
de un viaje comercial a China que realizó el
año pasado. El ensayista Abel Posse, a su regreso
del Foro de Pekín, un encuentro de 400 intelectuales
de todo el mundo, agrega que los tres grandes problemas
de China hoy son la corrupción, la droga (sobre
todo en los jóvenes), y la contaminación
ambiental, producto del crecimiento industrial en zonas
montañosas con poco espacio abierto.
Shock cultural
Pero más allá de esta mezcla capitalista-socialista,
China es un país que sorprende a cualquier visitante
que llega de Occidente. Llama la atención en
primer lugar la cantidad de gente que se ve en las calles.
“Por eso hay más de una persona por puesto
de trabajo. Es común ver a tres chinos en cada
cabina de peaje y uno se pregunta para qué tantos”,
explica con humor Cecilia Tedín, una argentina
que vive en Beijing desde hace un año y medio.
A los más sensibles les impresiona el vacío
cultural de las personas.“ Los chinos parecen
chicos desaforados por la diversidad y el dinero”,
comentó Malena Costoya, luego de su viaje a Asia.
“Salí de China impresionada por este vaciamiento,
producto de 50 años de comunismo”, agregó.
Casi todos coinciden en que los chinos son curiosos,
cálidos, pero distantes y reservados. A los más
modernos, la generación de los de 30 y pico,
que vive en las ciudades, se les nota la avidez por
el consumo, se los ve preocupadísimos por su
look. “Tienen una frase que los obsesiona: ‘to
loose face’ (perder imagen). Pueden recibir un
sueldo de 500 dólares y gastar 90 en un celular
último modelo, o comprarse ropa de marca. Lo
paradójico es que tienen un gusto terrible: combinan
rayas con cuadros y flores de todos los colores. Están
ansiosos por consumir”, sigue Tedín.
Al mismo tiempo que gastan, tienen temor a la apertura
capitalista. Matías Fernández, quien viajó
recientemente por cuestiones de negocios agrarios, relata
en esta línea, cómo le sorprendió
el temor que le manifestó una joven de Shandong
por el avance del capitalismo. “Me comentó
que estaba por sacar un crédito, pero que tenía
temor a endeudarse. Se la veía preocupada por
el giro que estaba realizando el gobierno hacia una
economía más abierta aunque con una población
poco preparada para abondonar el socialismo”,
expresó.
Son familieros pero deben conformarse con poco: el Estado
les permite a los padres tener un sólo hijo.
Si engendran un segundo, éste pasa a ser casi
un paria: no tiene acceso al documento de identidad
ni posibilidad de recibir atención médica.
Inflingir esta ley le cuesta a los progenitores una
multa de 40.000 dólares. “Por eso hay una
cantidad inmensa de abortos”, comenta Tezanos
Pinto. El niño de la casa es el “gran emperador”,
tiene seis adultos (padres y abuelos) encima de él.
Una nación que no para
En general, los chinos son muy trabajadores. Tienen
una tasa de desempleo del 10% y la fuerza laboral se
concentra en la producción agrícola (50%),
la industria (22%), y los servicios (28%). El rubro
de la construcción presenta cada vez más
oportunidades. En Beijing, una ciudad gris con monoblocks,
es común ver obreros levantando nuevas autopistas.
China tradicionalmente ha sido un país receptor
de inversiones. “Se calcula que recibe inversiones
por unos 55.000 millones de dólares al año”,
comenta el embajador Estrada. En los últimos
años, el gigante asiático ha salido a
buscar mercados afuera. Pero sólo le interesa
invertir en aquellos países donde pueda participar
de la producción de insumos que importa y que
precisa. En Perú, por ejemplo, busca el hierro
y petróleo; en Brasil, el acero, en Chile, el
cobre; en Argentina, la soja y los productos agrarios,
en Nueva Zelanda ha invertido en la producción
lechera. Importa bienes como maquinaria, petróleo,
plástico, acero, hierro y químicos por
un valor de 397.000 millones de dólares, y exporta
por 436.000 millones de dólares.
Lo curioso de China es que las cifras siempre resultan
exuberantes, difíciles de abarcar. Es la segunda
nación más grande del mundo, con una superficie
de más de 11 millones de km2; cobija a unos 1.250
millones de habitantes (una quinta parte de la población
mundial), y en su interior viven unos 57 grupos minoritarios
étnicos.
Riqueza de su cultura
Algo que Cecilia Tedín disfruta en Beijing es
caminar por los hutong, los barrios más antiguos
y tradicionales de la ciudad donde el clima es amigable
y tranquilo. Las familias viven en casas bajas pintorescas
y la gente ofrece servicios y mercadería en las
calles. “Este barrio es lo que queda de la dinastía
Ming (1368-1644) y la construcción es muy interesante”,
explica. Los elementos de la civilización china
son bellísimos, por ejemplo, la Muralla que es
como una serpiente que atraviesa la montaña.
“Me impresiona enterarme que tardaron 2.000 años
en concluirla. Creo que es un símbolo de lo que
son ellos: un pueblo paciente y poco improvisado”,
comenta. También el ensayista Abel Posse volvió
impactado con el avance que hizo el país en materia
de apertura ideológica y el retorno a la sabiduría
filosófica de Confucio. “En el Foro se
notó un abandono de las ortodoxias y una vuelta
al pensamiento ancestral de China, a pesar de que siguen
vigentes las sólidas instituciones marxistas,
los dirigentes parecen aceptar filosóficamente
la sabiduría de Lao Tsé y de Confucio.
Y rescatan en lo político la tradición
de los grandes emperadores, la instauración de
la democracia con Sun Yat Sen (1911), la revolución
de Mao Tse Tung (1959), y la corriente modernizadora
de Deng Xiao Ping (1976)”, concluyó el
pensador.

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