Con 53 años y 30 como
locutor, es una de las voces más famosas del
dial, se reconoce obsesivo en lo que hace. Un personaje
imperdible, que habla hasta por los codos, pero que
no desperdicia ni una palabra.
Lalo
Mir es un carrusel de palabras. Uno puede empezar a contarlo
por cualquier lado, pero siempre llega al mismo punto. Y es
que tiene tanto para decir –acaso certero, cierto y
profundo– que cuesta seguirle el ritmo y sucede que
mientras avanza con su idea, los oídos se quedan repicando
en la frase anterior. O en la anterior a la anterior. Lo bueno
es que como se trata de una persona que creció recitando
frases de cara a un micrófono, sabe y reconoce los
tiempos del oyente y, sin más, vuelve atrás
naturalmente, retoma su idea y entonces el círculo
cierra. Tal cual: como un carrusel.
Lalo atraviesa la puerta de cristal de Radio Mitre un mediodía
de jueves, con lluvia de invierno y humedad de primavera.
Saluda a cuanto ser se le cruza, y accede a la entrevista
mientras se zambulle en un sillón negro. Le queda grande,
pero lo mira con envidia y hasta daría la sensación
de que cierra sus ojos para soñarlo en algún
rincón de su departamento de Núñez, muy
cerca del Monumental. Pero no. Hiperquinético, no se
toma ese segundo de imaginación en el mullido cuero.
Se incorpora con rapidez hasta quedar casi al borde de caerse
y comienza a sacar de su bolso una cartuchera azul para armar,
con paradójica paciencia, el primero de los cinco cigarrillos
que fumará durante el día. Lentamente, apoya
un filtro en la mesa. Luego, descubre una bolsa repleta de
tabaco dulce. Con sutileza, utiliza el pulgar, el índice
y el mayor de su mano derecha para apoyar y presionar las
hebras dentro del armador. Hace girar el aparato, aprovecha
para insertar el papel meticulosamente, y retoma la tarea
del enrollado hasta que se detiene y moja con su lengua el
último milímetro que queda al descubierto. Después,
sí: una, dos, tres vueltas y el cigarrito está
entre sus dedos. ¡Presto!
Durante el proceso, Lalo habla. Cuenta del apuro que sufre
por culpa de una inamovible reunión de producción
de Lalo Bla Bla (el programa que realiza a diario, de 18 a
21, por AM 790), indica los lugares aptos para la producción
fotográfica y, sin distraerse, aspira una primera y
honda calada, y pregunta: “¿largamos?”
Y largamos, nomás.
Descripción general: Desde hace
53 años su documento lo identifica como Eduardo Mir.
Pero si en la calle lo llaman por su nombre, jura que no se
da vuelta ni siquiera por curiosidad. “Soy Lalo. Qué
le voy a hacer”. Privilegio de pocos, es un “tipo”
grande con mentalidad joven. “Me comporto como un adolescente.
A veces me encierro en mi autismo y no escucho a la gente
que está a mi alrededor. Y soy muy obsesivo”,
sostiene, mientras se mira y redescubre que sigue vistiéndose
igual desde la década del ’80, cuando se hizo
masivo de la mano de Bobby Flores y Douglas Vinci en Radio
Bangkok, el programa más emblemático de la Rock
& Pop. Quizás en su afirmación reconozca
alguna de las características que él considera
típicas de ‘los argentinos’. “Somos
egocéntricos, todo el tiempo queremos tener la razón,
a veces no damos lugar al otro con tal de mantenernos fieles
a nuestras ideas”. Y deja ver su afinidad con esa generación
tan cuestionada en la actualidad. “Puedo hablar de los
adolescentes desde mi experiencia como conductor. Ellos tienen
algo que los ‘viejos’ no: son siempre fieles”.
A los 40 conoció a su esposa, la actriz Victoria Bertone,
en una terraza, durante el cumpleaños de un amigo.
“Hablamos toda la noche”, recuerda. El flechazo
pegó duro y Lalo abandonó la soltería
para recibirse de marido y papá. Papá por tres,
para ser exacto: María (10), Clara (7) y Ana (2). Sí,
señor: Lalo convive con cuatro mujeres. Y cambia pañales,
calienta mamaderas, pone límites, oficia de chofer
escolar y a la noche las duerme. ¡Chuic! Y hasta mañana.
“Me comporto
como un adolescente.
A veces, me encierro en mi autismo y no
escucho a la gente que esta a mi alrededor”.
“La familia se transformó
en un tesoro mágico. De repente tuve algo más
para disfrutar. Era la radio, se sumó el amor”.
La sonrisa va de lado a lado, y cuando se le pregunta si quisiera
haber tenido un varón, la respuesta es tajante: “No.
Nunca pensé en eso. Es más, con las dos primeras
el médico tenía prohibido decirnos nada hasta
el final. Si durante siglos, el hombre soportó y vivió
esa emoción de descubrir el sexo en el parto, ¿por
qué la tecnología tenía que venir a romper
ese conjuro divino?”.
El “Lalo privado” es menos conocido que el profesional,
del cual apenas hace falta decir que tiene más de 30
años de radio y no hay locutor que no lo tenga como
ejemplo, como un ideal. Por eso tiene autoridad para hablar
de ese medio y contestar acerca de si cambió o no.
“La radio es como un tractor: hace 50 años existía
uno que tenías que prenderlo con fuego, a leña,
para que funcionara. Hoy, en cambio, con una llave y una palanca
es suficiente. ¿Pero sabés qué? La siembra
es siempre igual. La semilla no cambió. Y la radio
es eso. Cambia el envase, nada más”. Y reflexiona:
“Pareciera ser que se trata del único medio que
queda exento al debate de la evolución de los medios.
La tecnología puede modificar a los diarios, por ejemplo,
pero no creo que elimine a los libros. Nadie augura un final
para la radio, porque es infinita: mientras exista oyentes,
habrá alguien del otro lado hablándoles.
A este canoso de barba a medio crecer, el artesano le sale
de adentro. Primero con la manía del cigarrillo armado;
y luego, con una nostálgica reflexión de épocas
ya extinguida: “Los que empezamos trabajando mano a
mano con el operador, perdimos con la era digital. Yo antes
tenía a un compañero que me miraba. Sabía
dónde estaba cada cosa: ‘casete 204 a la izquierda.
Torre 2. Fila 1,2,3,4. ¡Ahí! ¡Pim, pum!
Al Aire...’. Ahora tengo un ‘chabón’
que no me mira más, mira el monitor. Y dentro del monitor
busca la flechita del mouse. Y la flechita explora un programita
que reproduce música, sonidos, publicidad”.
De
sueños y posibilidades
Pregunta zonza: ¿Hay algo qué le gustaría
a Lalo hacer con la radio que hasta ahora, no pudo? Piensa
unos segundos, larga el humo blanco del tabaco dulce, y revela
una idea, tal vez un deseo oculto: “Me gustaría
viajar y hacer radio. Realizar algo similar a lo que hizo
Juan Alberto Badía. O grabar un video. Pienso rápidamente
y me viene ‘De Ushuaia a La Quiaca’, de León
Gieco y Gustavo Santaolalla. ¡Qué envidia! Todavía
tengo tiempo”. Y agrega, con guiño cómplice:
“Con la tecnología de hoy, puedo hacer el programa
desde cualquier lado, sin que la gente se entere. Lo he hecho
desde Nueva York, en mi San Pedro natal también. A
la larga, el oyente te termina descubriendo porque uno se
distrae con algo y ‘escupe’ al aire frases como:
‘Mirá a este tipo en el río, con el bote...’.
Y el que está del otro lado enseguida se pregunta:
¿Dónde está este desquiciado?”.
Qué convencido está Lalo Mir de su oficio que
no se cansa de repetir que “con un micrófono
y una antena, te mantengo despierto a un pueblo entero durante
toda una noche”. Esa idea magnífica de que su
voz puede más que el sueño, la heredó
de sus referentes de toda la vida. “Crecí escuchando
a Larrea, al negro Hugo Guerrero Marthineitz y Antonio Carrizo,
entre tantos otros”. La verdad es que los nombres podrían
seguir, pero Lalo busca en el archivo mental y entonces saca
a relucir las bondades de Alejandro Dolina. ‘El Negro’
se lleva todos los elogios, y no es poco: “La radio
es infinita. Yo te puedo hacer creer cualquier cosa. Que este
estudio es un bar, que esto que hago es un show, que es un
programa de animales como cuando hice Animal de Radio. Y lo
puedo hacer porque tengo efectos, o hasta con las palabras,
lo cual es mucho más difícil porque tenés
que ser un orador extraordinario. Dolina tiene eso que le
admiro: desde la palabra te dice cosas increíbles,
inverosímiles. Te cuenta que está en la selva,
¡y vos estás en la selva! Lo escuchás,
cerrás los ojos y esa cosa de orador magistral funciona.
Para mí, es el último gran orador”.
“La radio
es infinita. Yo te puedo hacer creer
cualquier cosa. Que este estudio
es un bar, que esto que hago es un show...”.
Lo que más lo endulza es saber que su programa diario
sale bien. La obsesión y el autoritarismo que, confiesa,
ejerce en las horas previas, se esfuma cuando el cartel de
“Aire” se cierra y el resultado final es todo
lo esperado. Y la verdad es que Mir se reinventa a diario
en su programa de tres horas. Con un sello particular, bien
teatral como a él le gusta (fue productor de dos obras:
Dime dónde comes y te diré quién eres,
y Lalo canta Victoria), describe su espacio como “Un
show de radio con teatro, noticias y humor. Es como una radio
tradicional, de las de antes, pero hecha ahora. Con conceptos
tradicionales. Y todo montado en un ritmo como de vértigo.
Y mucha palabra. Todo palabra. Siempre me sentí libre
de hacer lo que se me antojó y esa virtud, la de la
libertad, es algo que se mantuvo vigente durante toda mi carrera”.
No hay vuelta que darle: el artesano aflora por enésima
vez y como si toda la charla estuviera montada en un desquiciado
carrusel de palabras que no deja de girar, el final asoma
y todo está en el punto exacto en el que empezó.
Porque Lalo es así, un círculo que siempre,
pero siempre, cierra a la perfección.
Por M. V. / Fotos: Ariel Gutraich
El
escritor oculto
“Siempre escribí. Más en unas épocas
que en otras. Para la radio escribo muchos guiones. Pero la
verdad que eso de sentarse y pensar un formato diferente es
algo que he tenido esporádicamente y calculo que alguna
vez, me va a entrar. Es como una premonición que tengo”,
sugiere Lalo y termina la frase con una declaración
impensada: “Ahora, la verdad, no tengo qué decir”.
Busca una idea, pero no la encuentra. “¿De qué?
¿De un tipo que hace radio? No sé. Honestamente
no me da el ego como para una autobiografía, aunque
siempre que alguien escribe de otra persona, está contando
cosas de uno, ¿no?”. El momento, confiesa, ya
llegará. A esperar se ha dicho.