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Uno
de los conceptos más útiles en el manejo
del color, es el que explica que los tonos vibrantes
y cálidos acercan y los fríos alejan.
Así, en un jardín angosto y muy largo
se puede mejorar virtualmente la proporción si
en el fondo se sitúan plantas que de alguna forma
(follaje, flores, etc.) dan rojo. Una superficie pequeña
se expandirá visualmente si en los límites
se colocan plantas de colores fríos. El efecto
es el siguiente: los primeros llaman notablemente la
atención y por lo tanto acercan, los fríos
(azules, lilas, celestes, grises) en cambio, recuerdan
la fisonomía de lo lejano, creando una falsa
perspectiva, así son capaces de alejar un límite.
Los lugares oscuros se iluminan con flores de colores
claros, en especial las blancas y amarillas (aunque
de este color no abundan las flores que crecen en la
sombra). El blanco también es el color que mejor
se distingue en la noche, si el lugar es punto de reuniones
nocturnas no está de más incorporar plantas
con flores de este tono.
Hay un truco de color que salva desarmonías,
a veces la pasión por las plantas y el espacio
reducido hacen que haya que ubicar cerca plantas de
colores, que quizás no tengan la más feliz
combinación; en ese caso el pase mágico
de una mata de follaje gris para separar, aplaca las
estridencias.
Según las zonas, hay tonos que se ven y otros
que pasan desapercibidos. En lugares con mucha insolación
los colores pálidos y los azules, tienden a desaparecer
bajo la luz arrolladora; lo indicado en estos casos
es usar al menos, alguna variedad con colores vibrantes.
Los colores tenues cobran valor cuando la luz se filtra
entre las nubes.
El jardín generalmente, es una extensión
de la casa y por eso, sus colores deben estar de acuerdo
con los de la construcción. Y también,
aunque parezca una sutileza, con el tono predominante
de la decoración interior, así al abrir
las ventana, todo queda armónico.
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