| Todo
cambió el 26 de diciembre. De la nada, aquella
imagen que estábamos acostumbrados a ver en las
producciones de Hollywood –o a lo sumo en un mal
sueño–, parecía estar volviéndose
realidad. Por primera vez para nosotros –porque
nuestros antepasados fueron testigos de fenómenos
similares–, la pesadilla emergió del fondo
de los mares y una ola gigantesca arrasó las costas
de Indonesia, Sri Lanka, Tailandia, India, Malasia y Somalia.
El agua que se llevó cientos de miles de vidas
y causó incalculables pérdidas materiales
dejó una huella en cada uno de los habitantes del
mundo. Pero además, desató una gran cantidad
de pensamientos, teorías y temores, claro. ¿Llegó
el momento de que la naturaleza se cobre venganza? ¿Se
cansó de soportar las agresiones, el desgaste,
la contaminación? ¿O estamos simplemente
frente a una consecuencia del paso del tiempo?
Las
partes, el todo
Hay que ser justos. No todas las culpas deberían
recaer sobre el Tsunami. En lo que a fenómenos
extremos respecta, los últimos años fueron
bastante activos. Cualquiera que haya visto la espectacular
película de la 20th Century Fox, El Día
Después de Mañana, podría sentirse
sugestionado. En el film, el climatólogo Jack
Hall identifica ciertos sucesos que vaticinan la llegada
de una nueva Era del Hielo… diez mil años
antes de lo previsto. Pero no es cuestión de
entrar en pánico. Los expertos coinciden en que
todas estas catástrofes que estamos viviendo
se encuentran dentro de los márgenes de las variaciones
normales de la Tierra. Que en general resulta muy difícil
anticiparlas y que el asunto pasaría por estar
mejor preparados para que en el futuro provocaran menos
daños.
“Debemos considerar que la Tierra y la atmósfera
que la rodea son un cuerpo vivo, o sea que están
en permanente cambio”, explica el doctor César
Rebella, director del Instituto de Clima y Agua, entidad
con sede en Castelar, provincia de Buenos Aires, que
forma parte del Instituto Nacional de Tecnología
Agropecuaria (INTA). Paradójicamente, la característica
más constante del clima es que varía permanentemente.
“Y oscila dentro de extremos muy diferentes –continúa–.
Existen antecedentes de la mayoría de los desastres
que se han generado en los últimos tiempos. Entonces,
por un lado, tenemos que pensar que la variabilidad
natural conlleva este tipo de problemas que a veces
aparecen en forma imprevisible. Y a eso, sumar los efectos
negativos de la acción del hombre, especialmente
la liberación de ciertos gases de efecto invernadero
que alteran las características de la atmósfera
y que, presumiblemente, también estarían
relacionados con cambios extremos en los factores meteorológicos.
Son dos elementos difíciles de separar. Hay investigadores
que piensan que la actividad humana es más importante
que la variación natural. Y otros grupos que
sostienen que lo primordial es la variabilidad. Esta
depende, en gran medida, de la puesta en marcha de grandes
cantidades de energía a nivel de la naturaleza,
como son las erupciones volcánicas, los movimientos
de placas tectónicas, el cambio del funcionamiento,
las emisiones del Sol y hasta las influencias de la
Luna. Todas estas energías son enormes fuerzas
naturales, evidentemente muy superiores a cualquier
acción humana, incluso el lanzamiento de una
bomba atómica”.
Es en la historia donde podemos llegar a encontrar posibles
explicaciones para todos estos cambios. Dice Rebella:
“Hay que tener en cuenta que estamos transitando
un período interglacial, lo que quiere decir
que con el tiempo, vamos a ir una nueva etapa de glaciación,
de enfriamiento. Sabemos que los últimos períodos
han durado entre 25 y 27 mil años. Este lleva
10 ó 12 mil transcurridos, o sea que todavía
hay que esperar. Quizás lo que nos faltan son
conocimientos suficientes como para predecir a tiempo
estos fenómenos o bien, adaptarnos con mayor
velocidad a los cambios que nos puedan perjudicar: lograr
aprovecharlos de una manera positiva”.
Con
lluvia, con sol
Si bien no hay conclusiones terminantes, es casi un
hecho que el ‘efecto invernadero’ es el
principal responsable del calentamiento global. Uno
de los últimos trabajos del departamento de Climatología
del Servicio Meteorológico Nacional se refiere
al aumento de la temperatura. Según explica la
licenciada María Skansi, “si se calcula
la temperatura media en todo el mundo durante el 2004,
encontramos que fue el cuarto año más
cálido después de 1998, 2002 y 2003. Salvo
1996, los últimos diez años estuvieron
entre los más altos. Como consecuencia de este
calentamiento se esperan fenómenos más
severos y más frecuentes, como el caso de las
precipitaciones”.
Por supuesto, se trata de cambios lentos y graduales
que no afectan a toda la superficie de la misma forma.
“Hay quienes piensan que son ciclos. Más
allá de la tendencia ascendente, también
hemos visto sectores con temperaturas menores y por
ende, menos precipitaciones. La pregunta es si se trata
de un cambio de ciclo o de alguna excepción”,
agrega Skansi. Entre las consecuencias a largo plazo
que podría tener este incremento de la temperatura,
la especialista señala: aumento de la temperatura
media de la superficie del planeta, del nivel medio
del mar, de la evaporación y las precipitaciones
y también, de la frecuencia y la duración
de los eventos climáticos extremos (desde lluvias
a sequías). “Esto traerá cambios
en la vegetación, en el hábitat. El hombre
tendrá que adaptarse”, resume.
Hogar
dulce hogar
No hace mucho, una falsa alarma de tsunami provocó
terror en el sur de Chile. ¿Pero cuál
es el verdadero riesgo de que un suceso de esta magnitud
sorprenda las costas de nuestro país? “El
planeta se encuentra dividido en placas tectónicas
que se mueven, se deslizan por debajo de otras en forma
constante. Las zonas en las que esto sucede son sísmicamente
más activas y en general se encuentran rodeando
el Pacífico. En nuestra región tenemos
la placa Nazca, que se desplaza de 9 a 11 centímetros
por año y en ocasiones subduce (se mete debajo)
de la Sudamericana, por eso hay tanta actividad en la
costa chilena en la zona andina de la Argentina. Registramos
entre 15 y 25 sismos diarios, aunque la mayoría
de ellos no llegan a ser percibidos por la población”,
expone el ingeniero Mario Bufaliza, subdirector del
Instituto Nacional de Prevención Sísmica
(INPRES).
“Lamentablemente es imposible predecir los terremotos,
por eso debemos prevenir los daños que pudieran
ocasionar –apunta Bufaliza–. Los temblores
se repiten en las zonas sísmicamente activas
y la mejor forma de prevenir es planificar y construir
siguiendo códigos que contemplen el riesgo de
cada zona. El reglamento para construcciones sismorresistentes
que puso en vigencia nuestro organismo contempla cinco
regiones que van desde San Juan y Mendoza hacia el Este”.
El agua
y los cultivos
Más allá de los temblores, en la Argentina
se registran otro tipo de fenómenos extremos:
inundaciones y sequías. “Se incrementan
en la zona este de nuestro territorio. Las inundaciones
se deben en muchos casos al desborde de ríos
como el Paraná o el Uruguay, no necesariamente
a causa de lluvias registradas en el país sino
en las altas cuencas de los mismos, que se encuentran
en los países limítrofes –indica
Rebello–. Son previsibles en la medida que existan
sistemas de alarma, como sucede en las cuencas del Paraná
y del Río de la Plata. Si bien resulta difícil
defender los cultivos, estamos hablando de regiones
cuyos campos son afectados al uso ganadero. Una advertencia
a tiempo brinda la oportunidad de mover la hacienda,
y así evitar o disminuir las pérdidas.
El problema de la falta de lluvias es parte de la variabilidad
natural. A veces influye ‘La Corriente del Niño’
o ‘La Corriente de la Niña’, ambas
en el Océano Pacífico; también
hay forzantes locales, como la actividad en el Océano
Atlántico. Sabemos que el motor de la atmósfera
es mayormente la dinámica de los mares: su calentamiento,
su enfriamiento, sus cambios de presión, de salinidad.
Y también aparecen el granizo, las heladas o
las nevadas excesivas, pero no son tan generalizados”.
Se hace evidente la importancia de desarrollar e implementar
programas de prevención adecuados (ver Un plan…)
“Está demostrado que se trata de la manera
más eficiente de disminuir las pérdidas
humanas y económicas. Pero también hay
que mejorar los sistemas de intervención. Programas
que permitan actuar rápidamente una vez ocurrido
el problema, para recuperar las zonas afectadas”,
concluye Rebello.

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