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El campo saca pecho

Batieron todos los récords. En los últimos años, los productores agropecuarios ganaron y reinvirtieron en el negocio. Con maquinarias nuevas, tecnología de punta y desarrollos de primer nivel, lograron ser competitivos en el mundo.
Mate en mano, ceño fruncido y mirada al cielo (a ver si se avecinan lluvias); bombacha bataraza y alpargatas. No son pocos los habitantes de las ciudades que imaginan así al ‘hombre de campo’. Pero lo cierto es que el chacarero que tira la semilla y se queda esperando poco tiene que ver con el trabajador de nuestras pampas. “El productor agropecuario argentino es el más competitivo del mundo. Se mueve con celular, con Internet: en los últimos diez años, el campo cambió”, asegura el ingeniero agrónomo Héctor Ordóñez, director del Programa de Negocios de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires y miembro del Directorio de la Asociación Mundial de Agronegocios. “La figura del campesino de antaño no tiene que ver con la realidad. Nuestros productores están preparados a nivel internacional, usan las últimas tecnologías y por eso consiguen estos resultados: cada año se logran cosechas récord. También las exportaciones lo son: de limones, de vinos, de peras… El campo es responsable del 37% del PBI (Producto Bruto Interno); del 36% del empleo y del 65% de las exportaciones de nuestro país”, amplía Ordóñez.
“El otro mito del hombre de campo es el del terrateniente potentado, que tiene miles de hectáreas y nada que hacer, ‘total, acá ponés una semilla y crece’”, ironiza Carlos Dowdall, presidente de la Asociación de Criadores de Caballos Criollos, asesor de Presidencia de la Sociedad Rural Argentina y conductor del programa de televisión Hombres de Campo. Dowdall es, sobre todo, un experimentado productor agropecuario; tiene campos de cría: “En nuestro país, hay más de 350 mil productores; hay algunos grandes, sí, pero también muchos medianos y pequeños, que tienen 50, 100 hectáreas, que viven bien, trabajan bien… En conjunto, han invertido este año 4.800 millones de dólares. Siempre digo: los chicos no nacen de un repollo, y las cosechas récord, tampoco”.

A toda máquina
Las fábricas nacionales de maquinaria agrícola atravesaron su peor crisis en la década del 90: en tiempos de la convertibilidad, la importación les arruinó el negocio. Las pocas que sobrevivieron tuvieron un renacer muy claro tras la devaluación: el año pasado facturaron más de mil millones de dólares. En el 2005, el fenómeno digno de destacar es que están ocupando mejor lugar las cosechadoras y los tractores nacionales, dos maquinarias últimamente importadas de Brasil.
Además, este año está apareciendo la vocación exportadora: Argentina tiene buena calidad y buen precio comparativo. “Hoy por hoy, hay una posibilidad de que las maquinarias agrícolas argentinas se intercambien por petróleo en Venezuela –anuncia la Cámara Argentina de Fabricantes de Maquinaria Agrícola (CAFMA)–. En mayo, hubo una misión de empresarios y técnicos a ese país. En el Estado de Barinas (cuyo gobernador es el padre de Chávez), habrá una exposición de más de 20 empresas de maquinaria argentina en septiembre, con la venta ya asegurada”.
El presidente de la CAFMA, Jorge Médica, cuenta: “En los años más favorables, especialmente desde fines de 2002 hasta mediados de 2004, los fabricantes nacionales de maquinaria agrícola hicieron, casi sin excepción, fuertes inversiones en máquinas y herramientas. La mayoría ha ampliado plantas e instalaciones (algunas al doble), varias modernizaron sus circuitos de producción para mejorar la competitividad (Agrometal pasó de producir 3 a 6 sembradoras por día) y algunas sumaron rubros (cosechadoras, en el caso de Metalfor)”. Para Manuel Dorrego, director ejecutivo de CAFMA, esa modernización de los procesos de producción “ha sido clave para ganar terreno en el mercado argentino y tener serias posibilidades de realizar ventas en el exterior”.

Patrimonio del futuro
Lo sostienen todos, con orgullo: “El campo no tiene plata afuera”. La cultura es de inversión: el productor que gana compra maquinarias, se especializa, capacita a su gente, y así se asegura un mejor resultado para el próximo año. Por ejemplo, según informan los responsables del área de comunicación de Syngenta, esta empresa líder mundial en la venta de agroquímicos pasó de facturar 73 millones de dólares en 2003 a 120 en el 2004, sólo en Argentina. Esto demuestra el nivel de crecimiento de la inversión en biotecnología.
Estos productos tienen distintas finalidades: controlar malezas, plagas, o enfermedades de la propia planta, mejorar las condiciones del suelo… Y es que el campo es fuente de energía, pero no inagotable: hay que saber trabajar la tierra para que siga siendo fructífera por años, por siglos. “Asociaciones como AACREA (Asociación Argentina de Consorcios Regionales de Experimentación Agrícola) y AAPRESID (Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa) tienen prácticas conservacionistas –señala el ingeniero Ordóñez–. Allí donde se está aplicando la última tecnología, que es en la mayor parte de la tierra trabajada, hay mejor gestión ambiental, porque se está fertilizando, reponiendo nutrientes… Pero esto se pierde en las zonas marginales: en el norte del país hay una superficie en riesgo ecológico, que representa aproximadamente el uno por ciento de la superficie sembrada.”

Los reclamos que hay que oír
Muchas ciudades del país se han reactivado de la mano del campo. En algunas de ellas hay conciencia de esta situación, pero en otras no. “En parte tenemos la culpa nosotros, los del sector agropecuario –reconoce Dowdall–, porque no salimos al cruce de los comunicadores cuando dan mala información, ni hacemos campaña de difusión de nuestros logros.”
“Asociaciones como el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), AACREA y AAPRESID han construido una red de competitividad impresionante –ejemplifica el ingeniero Héctor Ordóñez–. Argentina produce más barato que cualquier otro país del mundo porque hay gente que sabe mucho y hay mucha plata puesta en el campo. Pero nos falta infraestructura: autopistas seguras, rápidas. El Estado no está invirtiendo en este sentido, y lo que va a pasar, si la situación persiste, es que vamos a dejar de ser competitivos por eso. Sin gas, sin gasoil, sin caminos, no se puede transportar la cosecha”.
Dowdall agrega: “Seguimos teniendo el mejor precio internacional gracias a las condiciones naturales del suelo y el clima, y a las constantes inversiones que hacen los productores, tanto ganaderos como agricultores (en agroquímicos, fertilizantes, maquinarias, etc.). Pero lamentablemente, las políticas internas son desfavorables. En Estados Unidos y Europa, los productores están subsidiados. Nosotros no sólo no recibimos subsidios, sino que sufrimos fuertes retenciones: de cada tres barcos de cereal que salen del país, el Estado se queda con uno… Con las retenciones a la soja de los últimos dos años, se pagaron los planes sociales. El sector se la bancó: estábamos en emergencia, había que paliar la crisis. Pero que quede como impuesto, ya es demasiado”.