El año pasado festejó
veinte años de profesión, pero se considera
un amateur. Acaba de editar un CD con conmovedoras
canciones, viejas e inéditas.
Nos
encontramos en el bar del porteño Hotel Alvear. Cuando
llego, Fito y su agente de prensa están a medio camino
de sentarse. Nos instalamos en un sillón, él
apenas girado hacia mí, y empieza a mover la pierna
como si cosiera a máquina. Un anhelo de conexión
lo rodea como un halo invisible. Salto al encuentro con alegría.
Chapoteemos, Fito...
Le pido que rememore un recuerdo de su infancia, y dice: “El
living de mi casa con el piano, el tocadiscos y la pila de
discos de mi viejo al lado del piano. Ese era un lugar favorito.
El trabajaba en la Municipalidad y los fines de semana revisaba
expedientes y escuchábamos música, sobre todo
los domingos. Teníamos esos tocadiscos que apilaban
varios discos y los dejaban caer de a uno. El elegía
los discos y yo los ponía.” Y le pregunto qué
escuchaban. “Jobim, Piazzola, Gershwin, Ravel, Troilo-
agrega al toque- Mi padre era un hombre moderno, muy ecléctico.
Le gustaba Oscar Peterson, el jazz, la música clásica,
el folklore, el tango, los musicales de Hollywood y cosas
muy disparatadas. Y es curioso, porque era un trabajador de
clase media. Su madre tocaba el piano dentro del marco de
una maestra de escuela provincial que entretiene a su familia,
como hacían las mujeres de esa época, pero no
era una melómana ni nada parecido. Mi madre sí
era concertista y profesora de aritmética y matemática.
Pero ella falleció cuando yo tenía ocho meses.
Entonces todo lo que tomé, lo tomé del espíritu
y de mi papá”. –Tu primera banda fue a los trece años.
–En realidad tuve un grupo en la primaria. Dos guitarristas
y yo tocábamos el bombo. Hacíamos el folklore
que te enseñaban las profesoras de guitarra. La primera
banda la formé con algunos compañeros de secundaria
y de otras escuelas. Se llamaba Staff. Tocábamos en
los actos de nuestro colegio, la Dante Alighieri, una escuela
muy conservadora, y el repertorio era de Serú Girán,
de Spinetta, que para ese momento era música muy de
avanzada. –¿Y cuándo sentiste el gustito
del público?
–Posiblemente haya sido en la primaria. Pero después
yo no tenía éxito con las chicas así
que estar en el centro de atención era una situación
de poder. La música tiene muchas formas de hacerte
participar si vos querés. –Si pensás en el Fito de hace veinte
años y el de ahora, ¿hay algo que extrañás
de ese Fito en cuanto a su forma de componer o a su forma
de hacer música?
–Extraño los años. Siempre me considero
un amateur, no un profesional y he tenido la suerte de vivir
de ese disparate que me gusta a mí. El otro día
leí una frase de Dylan muy hermosa. Decía: “Si
yo no hubiera sabido que iba a tener éxito, no habría
empezado”. Tuve la soberbia de pensar que me iba a ir
bien. Me salía y había un proceso interno que
me daba seguridad. Y tenía también la fuerza
y la omnipotencia de la juventud. –¿Y ahora?
–Y ahora también, pero es distinto: aprendés
a resignar cosas para no volverte tan loco, se aplaca la soberbia
y la ignorancia de la juventud y aparece una cosa un poquito
más relajada. –Pero entonces, querés volver a los veinte
años pero con la cabeza de ahora, así no vale.
–Sí, claro, si no se sufre mucho. A los veinte
todo se mueve en un nivel de falsas ilusiones, de falsas desilusiones.
Aquella chica que te dejó no cambió tanto otras
cosas. –Pero si te vuelven a dejar se te cae el mundo.
–Es probable. Pero con los años adquirí
una velocidad crucero para esas cosas. Mi pasión son
la música o las palabras. Creo que la pasión
hace hablar a las partes incompletas de uno, resuelve esa
“incompletitud”. Uno escribe o compone porque
hay algo desesperado que hace que necesites expresar determinadas
cosas. –¿Te conviene que esa pasión se
vuelque a algo “autoabastecido”?
–Exacto. Porque la pasión de otro modo es como
un asesino con navaja, no tiene límite, te corta a
cualquier hora, te hace daño. Si podés darle
un curso a eso, es fabuloso. Y que eso no afecte a las personas
que uno ama. Las relaciones amorosas no me cambian el humor.
Me cambia el humor que les pase algo a Martincito o a Margarita,
cosas más reales. Después: las chicas, los hombres,
vamos, venimos. No es tan importante. Y lo sé por un
montón de experiencias. Y sí, reconozco que
mi pasión y mi locura por la música, el cine,
las palabras, me salvó de estar en la cárcel
o en un manicomio. –¿Con las canciones, primero es la música
o las palabras?
–No hay ley. Ayer estaba terminando de revisar el guión
(de su comedia de chicas De quién es el portaligas)
y hay allí un diálogo entre dos chicas que escribí
en un vuelo de siete horas de New York a Los Angeles. Tenía
una compu nueva y escribí una situación casi
calcada de la original, un cuento, una escenita; y después
escribí otras cosas y un día vi que unas iban
con otras y que podía hacer la película, que
había una historia. Para mí el trabajo es así.
Decir “ahora voy a componer”, no es muy creíble.
–Hiciste una historia de mujeres ¿te
ayudaron mujeres?
–Me ayudó mi experiencia con ellas. Las mujeres
son muy divertidas para escribir sobre ellas. Porque no hay
límite. –¿Estás escribiendo alguna otra
cosa?
–Estoy juntando de a poco una serie de ensayos domésticos
de filosofía barata, algunas bastante duras. Van a
ser muy polémicos. Esta escena de la película
era originalmente para eso. Cuando tenga necesidad de sacar
el libro, lo voy a sacar. –Háblame del nuevo CD.
–Todo empezó hace años con la idea de
grabar un disco con el piano solo. Son diez temas que pegan
fuerte al corazón. Y hay dos temas inéditos:
Romance de la Pena Nueva y Las Palabras. –La protagonista de la quinta canción,
Ambar Violeta, me hizo acordar al personaje de Cecilia Roth
en Vidas Privadas.
–¿Por qué no? Es una rara, claro, con
un gran cuerno bajo el corazón. Es tremendo el personaje
de Cecilia. Hacer la película fue tremendo, pero por
lo que exigía la historia. Yo sabía que me iba
a meter a bucear en algo muy denso y que iba a salir herido
de ahí. Y de hecho salí herido.
–¿Y te enseñó algo esa herida?
–Sí: cuidado con las cosas con las que te metés.
Cuando alguien dice “de eso no se habla”, tené
cuidado. Sin metáforas el discurso sería este:
Acá tenemos treinta mil muertos que están debajo
de la alfombra, no la levantes. Eso pasa con los locutores
de televisión, los productores de cine -es un pensamiento
medio instalado y que tiene que ver no solamente con una corporación
medio mafiosa a la que le interesan ciertos valores morales
y tener a la gente anestesiada sino también con un
colaboracionismo de parte nuestra como pueblo argentino. Es
un tema muy delicado. Cuando tocás esa nota, todo el
mundo se pone loco. Tan loco que te aíslan. Y yo quise
hablar de eso. También por mis hijos porque si no,
no van a ser felices. Hay toda una generación de chicos
limados, y no me refiero a los de bajos recursos. Yo no quiero
que mi hijo sea así. Descubrí que el enemigo
tiene mil cabezas. –¿Cómo te defendés cuando
te asustás?
–Me asusto poco. En una situación de peligro
físico reacciono con toda la cautela que esté
a mi alcance. –¿Y de peligro emocional?
–Soy un maestro (muchas risas). Prendo un faso y espero.
Antes los vínculos amorosos regían mi vida.
Estaba haciendo un disco y tenía un problema con mi
pareja y me volvía loco. Pero es pérdida de
tiempo. Es muy sencillo: hay dos discutiendo, uno se va, el
otro se queda discutiendo con la pared. Y el que se va, se
va pensando “huy, pobrecito, lo dejé solo”.
Y vuelve. Pero si te vas no lo dejás, lo estás
acompañando también, pero le hacés un
favor, porque te estabas peleando por algo que no iba a llegar
a ningún lugar. Cuando aparece la locura, es mejor
leer o tocar el piano, cualquier cosa que te saque. –¿Sos de meterte en las situaciones o
las mirás de afuera?
–Las dos cosas. Por momentos me meto muy adentro y de
golpe me agarra una corriente de aire y me salgo. Y me veo
patético muy rápidamente. –¿Cómo te gustaría ser
como padre?
–Más paciente. No es que tenga poca paciencia,
pero me gustaría tener más. Me gustaría
estar con Martín o Margarita y no estar pensando en
cómo dialoga un personaje con otro. Yo estoy presente,
pero mi naturaleza hace que me dispare. Me voy y vuelvo, ojo,
no estamos hablando de un brote psicótico. Tengo rápida
recuperación y puedo volver. –¿Sos consecuente con tus proyectos?
–Sí. Pero lo que sé y no me preocupa –aunque
sí le preocupa a otra gente– es que lo que empezó
siendo de una manera lo transformo en algo diferente. Como
este disco con Gandini. Acá se sumó la experiencia
de varios conciertos; el hecho de conocernos y haber vivido
juntos tanto tiempo; y yo por otro lado había estado
todos estos años preparando un disco para piano que
nunca llegué a grabar. Había probado estos temas
y otros: con gente, sin gente, en teatros, en el estudio,
cantando en portugués, en francés, en inglés.
Y en un momento pasa lo del Ateneo (el concierto de cuerdas
en el teatro ND Ateneo del mes de marzo que dio con Gandini)
y fue como si toda el agua hubiera entrado por un embudo.
Cuando terminamos el segundo concierto, entré al camarín
y le dije a Gandini: “Maestro, esto es un disco. Vos
buscaste por un lado, yo por el otro y acá tenemos
algo”. A veces para encontrar un momento así
hacen falta muchos años, no hay que tenerle miedo.
No hay que ponerse ansioso. Eso es lo que diferencia a un
artista de un gil.
–¿Tenés en carpeta alguno de esos proyectos
que insisten en volver?
–Sí, la primera película que escribí,
que se llama Novela. Creo que la voy a filmar dentro de algunos
años, para mis hijos. Porque es una historia de amor
adolescente con mucha fantasía y cuando la escribí
no existía el digital y no se podía filmar lo
que había escrito. Ahora sí. Y la haría
para ellos, para que fueran al cine y se divirtieran.
Por
Inés Garland / Fotos: Nora Lezano
Las
palabras
(fragmento)
Las palabras
Me hacen falta
Me hacen falta cien millones de palabras...
Son el arma con la que me das
consuelo
El cuchillo que se hunde en mi pellejo
La apariencia siempre bien organizada
Las palabras son traiciones de alto vuelo...
“Tuve la soberbia
de pensar que me iba a ir bien. Me salía, tenía
la fuerza y la omnipotencia de la juventud.”
Ping pong
¿Cuál es tu mayor virtud?
(Piensa, piensa, se ríe) No soy rencoroso.
¿Y tu peor defecto?
Que a veces me pierde algo que no le interesa a nadie.
Y eso me deja muy afuera. He sacrificado mañanas
con mis hijos para quedarme detrás de algo que
no sé si al final iba a resultar. Y creo que no
hay que perderse a los hijos. ¿Cuándo
mentís?
Permanentemente. ¿Cuál es la cualidad
que te gusta en un hombre?
Te diría que son dos: la elegancia y el silencio.
Posiblemente la primera esté contenida en la segunda.
¿Y en una mujer?
La capacidad de volver de sí misma a sí
misma. Es muy lindo ver eso en las mujeres. Cuando están
en el medio de aquel estado de revuelta por momentos hormonal,
por momentos... de pura femineidad y de pronto hacen sssshuk
y ya está, volvieron, pasó. Podríamos
llamarle también la inteligencia femenina, no la
sensibilidad, la inteligencia: eso de “ok, es acá,
tranquilo, ya está”. ¿El defecto
que más te molesta en un hombre?
La vanidad. ¿Y en una mujer?
La falta de vanidad.