Nuestra legión
de bailarines de danza clásica crece en el exterior
gracias a una mejor red de información, a que
el mercado dejó de moverse en un circuito acotado
y a la labor de Julio Bocca.
Cuando
pensé seriamente que quería ser una bailarina
profesional tenía 13 años y se me dio la posibilidad
de irme a estudiar a Bordeaux, Francia, así que no
tuve ni tiempo de pensar en ingresar al Colón”,
dice Laura Hidalgo, mendocina e integrante del cuerpo de baile
del American Ballet Theatre (ABT), la misma compañía
en la que descollan tres argentinos como figuras principales:
Julio Bocca, Paloma Herrera y Hernán Cornejo; y Erica
Cornejo como solista.
Luciana París, otra argentina que también está
en las filas de la compañía neoyorquina, admite:
“Siempre supe que quería formar parte de una
compañía grande, y que quería probar
suerte fuera del país, aunque estar en el Ballet Argentino
de Julio Bocca me daba muchas satisfacciones. Tenía
que pensar en el desarraigo y en dejar mi familia –agrega–,
pero creí que valía la pena intentarlo”.
Estos testimonios de bailarinas argentinas en el exterior
revelan que algo ha cambiado en el mundo de las zapatillas
de punta.
Hasta hace diez o quince años la carrera de un bailarín
clásico con aspiraciones de estrella comenzaba en una
academia de barrio, continuaba en el Instituto Superior de
Arte del Teatro Colón y tenía como corolario
el ingreso al Ballet Estable del principal coliseo argentino
para convertirse allí en primera figura. Hacer una
carrera artística o perfeccionarse en el exterior era
la excepción.
Ahora, el infinito acceso a la información a través
de publicaciones especializadas e Internet, que permite estar
a un clic de distancia de los principales centros de la danza
del mundo, ha cambiado radicalmente la perspectiva profesional
de los bailarines. También el mercado de la danza dejó
de moverse en el acotado circuito que manejaba los contactos,
aumentaron las ofertas de trabajo y el juego se abrió
para todos.
En este nuevo escenario laboral, el Ballet Estable del Teatro
Colón ya no es la única y más atractiva
oferta para los jóvenes bailarines, solo se convirtió
en una opción más. El Ballet Argentino, que
fundó y dirige Julio Bocca, el Ballet del Mercosur,
que lleva adelante Maximiliano Guerra, y la compañía
que formó Iñaki Urlezaga (ex Royal Ballet de
Londres) son, para algunos, más tentadores ya que garantizan
continuidad en el escenario, giras y la posibilidad de trabajar
con los grandes coreógrafos nacionales e internacionales.
A estos cuerpos se suman las pequeñas agrupaciones
que se van abriendo paso en Buenos Aires y que, paradójicamente,
se forman con los primeros bailarines del Colón que
encuentran en esta alternativa la única posibilidad
de tener continuidad en los escenarios.
El Ballet Estable del Teatro Colón tuvo en la temporada
2004 un promedio de 25 funciones, y un bailarín principal
percibe un salario entre 2800 y 3500 pesos por mes, frente
a los 5000 dólares que se pagan en el exterior, a lo
que hay que sumarle los ingresos por publicidad, galas y giras
internacionales.
Las posibilidades de ingresar a la compañía
del Colón son escasas ya que los cargos son de planta
permanente y este año los conflictos gremiales llevaron
a suspender una presentación en el Uruguay, y por momentos
se vio seriamente comprometida la temporada actual.
Por su parte, los ballets oficiales que dependen de los gobiernos
provinciales, o como en el caso de Mendoza de una universidad,
también son una opción a la hora de buscar trabajo.
Sin embargo, no siempre constituyen el camino más atractivo,
ya sea por los salarios o por las condiciones artísticas.
Juan Lavanga, quien desde hace casi cuatro décadas
está vinculado al mundo de la danza, es empresario
y presidente de la Asociación Arte y Cultura sostuvo:
“Los bailarines argentinos buscan las compañías
extranjeras por la organización y la mayor cantidad
de funciones. Apuntan, principalmente, al ABT porque New York
es la ‘capital del mundo’ y en materia de espectáculos
es lo máximo a que puede aspirar un artista, y por
otra parte porque la identificación de los estudiantes
de ballet con las figuras de Paloma Herrera y Julio Bocca
es continua”.
Pero aclaró: “si el primer objetivo de un bailarín
que se precie de serlo, no es llegar a pertenecer
al Ballet Estable del Teatro Colón, no puede llamarse
bailarín”.
Los
pioneros
Cuando en 1986, Mikhail Baryshnikov invitó a Julio
Bocca a formar parte del ABT, no había ningún
argentino en esa compañía. Hasta entonces el
único bailarín argentino famoso en el exterior
era Jorge Donn, que aquí se hizo conocido por su inolvidable
interpretación del bolero de Ravel en la película
de Claude Lelouche Los unos y los otros.
Los balletómanos, en cambio, no sólo estaban
al tanto de las hazañas de Donn en Europa sino que
conocían a otros talentos que descollaron en el exterior,
como Lidia Martinoli, María Ruanova, Irina Borowska,
Didí Carli, Olga Ferri, Liliana Belfiore, Víctor
Ferrari, Juan Giuliano y Adela Adamova.
Quizá el primero en advertir que la Argentina era una
cantera de talentos de la danza fue el prestigioso coreógrafo
Maurice Béjart, quien en la década del 70 visitó
con cierta frecuencia nuestro país junto a su Ballet
del Siglo XX. Para ello reunía en el Luna Park de Buenos
Aires a miles de bailarines con aspiraciones de perfeccionarse
en Mudra, su famosa escuela y luego de un exhaustivo examen
elegía a los mejores. Actualmente la compañía
de Béjart, el Ballet de Lausana, tiene dos argentinos:
Octavio Stanley y Luciana Croatto.
Bocca
y los demás
Fue la aparición de Bocca la que unió talento
y glamour y provocó que la carrera de un bailarín
tuviera impacto mediático. En la actualidad, tanto
la crítica especializada como las revistas del corazón
se ocupan de la carrera y la vida de las estrellas de la danza.
El caso del ABT es emblemático, pero otro ejemplo de
la excelencia de los bailarines argentinos está en
el Royal Ballet de Londres. La compañía en la
que descollaron Margot Fonteyn y Rudolf Nureyev hoy se inscribe
el nombre de Marianela Núñez, quien en 2002
y con sólo 20 años se convirtió en primera
bailarina del elenco londinense. Hasta hace un año
allí, además, se destacó como primer
bailarín el platense Iñaki Urlezaga.
Marianela, quien el 26, 27 y 28 de agosto próximo bailará
junto al brasileño también primer bailarín
del Royal, Thiago Soares, El lago de los cisnes en el Luna
Park de Buenos Aires, señaló que logró
ser primera figura “trabajando duro, matándome”.
“Yo estaba en Buenos Aires muy mimada –recordó–,
con toda la contención de los afectos y de repente
me encontré allá sola y con 14 años,
y además aquí estaba bailando profesionalmente
en la compañía de Maximiliano Guerra y tuve
que bajarme un escalón e ir a la escuela otra vez.
Fue duro, pero aprendí muchísimo, se me abrió
la cabeza y comencé a ver las cosas de diferente manera.”
Marianela estaba de gira por Japón con la compañía
de Guerra cuando el entonces director del Royal Ballet, Anthony
Dowell quedó maravillado al verla bailar. Sin dudar
un minuto la invitó a la escuela del Royal y una vez
que egresó de allí, rápidamente pasó
de cuerpo de baile a solista y de allí a primera figura.
Hoy Marianela, con departamento propio en Londres, admite
“allá están todos mis objetivos artísticos”.
El Ballet de Hamburgo que dirige John Neumeier también
tiene en sus filas a cuatro argentinos: Eduardo Bertini (bailarín,
maestro y coordinador de producciones), Joaquín Crespo
López que finaliza su contrato al final de esta temporada
y se retira de la compañía, Carolina Mancuso
y Florencia Chinellato. Bertini es el más antiguo,
ya que ingresó en 1974, en tanto que la más
joven es Chinellato, quien procedente de Entre Ríos
fue becada por Neumeier para asistir a la escuela del Ballet
de Hamburgo y desde este año integra las filas de ese
prestigioso elenco.
Desde agosto del 2000 los cordobeses Carolina Agüero
y Darío Franconi son solistas del Ballet Nacional de
Finlandia, una compañía estatal en la que los
argentinos se sienten muy a gusto. Antes, habían pasado
por el Ballet Municipal de Chile, Stuttgart y Dressden.
Apenas cruzando la Cordillera dos talentosos argentinos son
las figuras del Ballet Municipal de Santiago, se trata de
Luis Ortigoza y Marcela Goicochea que ya llevan casi una década
en la principal compañía trasandina.
Lavanga que tiene a su cargo una escuela de danza en el Asociación
Arte y Cultura señaló: “En los momentos
actuales y con mucho dolor les aconsejo a los chicos que se
vayan. Es una carrera muy dura, muy sacrificada que finaliza
muy pronto, a los 40 años, es decir que cuando una
persona común está en lo mejor de su profesión,
un bailarín está finalizandola. Pero en estos
35 años que llevo trabajando con bailarines, veo que
algo que una vez me dijo Olga Ferri es esencial: en la vida
de un artista el tren pasa una sola vez y hay que tomarlo...
cuando hay talento y se tiene una oportunidad si el carácter
y la personalidad lo permiten y la familia constituye un gran
apoyo emocional y muchas veces también económico
(porque es muy caro todo) no hay que dudar”, aconsejó.
Para Lavanga es una “lástima porque el Ballet
del Colón los necesitaría en sus filas”.
Por
Luisa Heredia / Fotos: Ariel Gutraich y gentileza Asociación
Arte y Cultura (P.Melo, A. Zanguinetti, G.Genitti.
Producción: Agustina y Josefina Tocagni / Agradecemos
a la Fundación Julio Bocca. Indumentario L’theatre
dance.
Bailarines
en el exterior
american ballet theatre: Julio Bocca, Paloma Herrera,
Hernán y Erika Cornejo, Luciana París
y Laura Hidalgo.
new york city ballet: Ana Scheller ballet de hamburgo:
Eduardo Bertini, Joaquín Crespo López,
Carolina Mancuso y Florencia Chinellatto.
royal ballet de londres: Marianela Núñez.
ballet de lausana: Octavio Stanley y Luciana Croatto.
ballet municipal de chile: Luis Ortigoza y Marcela Goycochea.
ballet de finlandia: Carolina Agüero y Darío
Franconi.
ballet de monterrey (México): Lorena Sabena.
ballet de nancy (Francia): Cinthia Labarone.
usa ballet: Natalia Moreno.
joven ballet de luxemburgo: Celeste Fernández,
Isaías Haller.
compañia angelin preljocaj (Aix en la Provence,
Francia): Lorena O’Neill.
schewerin ballet (Alemania): Leticia Latrónico.
ballet carte blanche (Noruega): Daniel Proietto.
Luis Ortigoza
Marianela Nuñez
Laura
Hidalgo, De Mendoza al American Ballet Theatre –¿Fue difícil tomar la decisión
de irte?
–Venirme a Estados Unidos no fue difícil ya que
desde hacía cinco años vivía en Francia
y el American siempre había sido uno de mis sueños,
así que una vez que me aceptaron la decisión no
me tomó más que un segundo. Lo más complejo
fue dejar mi casa por primera vez cuando me mudé a Francia
a los 13 años, sobre todo para mis padres. –¿Hay mucha diferencia en calidad técnica
entre lo que se aprende en Argentina y en Estados Unidos?
–Estoy convencida de que la escuela en Argentina tiene
un nivel excelente. La única diferencia que yo veo son
las posibilidades de trabajo y el apoyo, sea privado o del gobierno,
que tenemos los bailarines. –¿Soñaste alguna vez con ingresar
al Colón?
–En realidad, no. Cuando empecé a pensar seriamente
que quizás podía ser bailarina se me dio la posibilidad
de irme a estudiar a Bordeaux, Francia.