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Berlín
es una ciudad en la que conviven vanguardia e historia;
arte e inspiración al alcance de la mano. Todo
el sufrimiento por el que pasó este pueblo
no impidió que siguiera creciendo. La primera
sensación es que se trata de una ciudad que
se encuentra en la búsqueda constante de esa
identidad tan vapuleada durante el último siglo.
A casi 16 años de la caída del muro,
uno percibe una ciudad unificada. La diferencia más
visible entre lo que fue la Berlín Occidental
y la Berlín Oriental está relacionada
con la arquitectura. El lado occidental fue reconstruido,
por lo que todas sus edificaciones son posteriores
a la década del ’50. En cambio, en el
sector oriental todavía se ven vestigios de
la Segunda Guerra Mundial, edificios semi destruidos
y construcciones de principios de siglo. Dada la situación
en la que se encontraba esta parte de la ciudad (y
por ende, sus bajos precios) los jóvenes fueron
copándolo de a poquito. Con ellos llegaron
los espacios de diseño, los bares, las tiendas
de ropa y una población moderna y heterogénea
que busca diferenciarse adoptando estilos vintage,
retro o de ultradiseño, tanto en su vestimenta
como en el rubro decoración. No hay mandatos.
A los berlineses les gusta vivir en armonía.
No se oyen bocinas, la gente habla despacio y no da
miedo circular por las calles de noche. Uno tiende
a imaginarse a los alemanes como personas frías
y distantes, pero los berlineses no son así.
Son amables y por sobre todas las cosas, respetuosos.
“Berlín no es Alemania –aclaran–.
Berlín es Berlín”.
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