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de 50.000 mediadores sólo en la Capital Federal,
más de 11.000 docentes de 20 provincias que
se están formando como multiplicadores y una
infinidad de conflictos resueltos alientan la idea
de que un modo diferente de encarar los problemas
es posible en la Argentina de hoy.
Hay quien piensa que el detonante fueron los incidentes
de violencia que empezaron a desbordar a los maestros
al compás de la crisis: disparos en las aulas,
agresiones y muertes antes impensadas en un ámbito
considerado como el último baluarte de la convivencia.
Hay quien dice que la tendencia es anterior, universal,
y que viene del espíritu filosófico
de la posmodernidad: esta idea de que las diferencias
son parte esencial de las comunidades humanas; esta
otra acerca de que la búsqueda de la paz y
la armonía universales se encuentran no en
la negación de las diferencias sino, por el
contrario, en su adecuado reconocimiento de ellas
por parte de todos los afectados.
Aplicada en la Argentina cada vez más en forma
masiva en ámbitos tan disímiles como
el judicial, el comunitario y el educativo, la mediación
se postula como quizás la última utopía
para alcanzar el bien común sin el arbitrio
de un poder que exceda la buena voluntad y el sentido
de responsabilidad de las personas involucradas en
un conflicto o un problema.
Historia
con pioneros
Según datos provistos por la Dirección
Nacional de Promoción de Métodos Participativos
de Justicia, 4500 abogados figuran inscriptos en la
Justicia Nacional como mediadores en la Ciudad de
Buenos Aires, en el marco de la Ley Nacional de Mediación
y Conciliación 24573 por la cual se instituyó,
con carácter obligatorio, la mediación
previa a todo juicio promoviendo “la comunicación
directa entre las partes para la solución extrajudicial
de la controversia” en todo el territorio federal
desde fines del año 1995.
Nueve provincias (Salta, Santa fe, Corrientes, Santiago
del Estero, San Juan, Chubut, Córdoba, Río
Negro y Chaco) poseen leyes propias de mediación
equivalentes, que involucran a cientos de miles de
particulares y profesionales que bregan por la resolución
previa de los conflictos comunitarios o jurídicos.
Por su parte, más de 11.000 docentes, desde
Tierra del Fuego a la Capital Federal, se han anotado
como participantes y multiplicadores de un programa
de difusión de este sistema de pensamiento
y convivencia democrática que está desarrollando,
en forma de talleres de capacitación y jornadas,
el Ministerio de Educación de la Nación
desde el año 2003.
La mayoría de los especialistas consultados
para la realización de esta nota coincidieron
en señalar a la actual miembro de la Corte
Suprema de Justicia, Elena Inés Highton de
Nolasco, como una las principales promotoras de la
mediación en el país. “Desde la
Fundación Libra, ella y Gladys Alvarez propulsaron
a partir del año ’93 una serie de cursos
inspirados en experiencias similares que se venían
haciendo en los Estados Unidos desde la década
del sesenta”, explica el abogado Maximiliano
Peicovich, ex director del Departamento de Mediadores
de la Universidad Maimónides y autor de la
obra Temas de mediación.
“Sí, ellos fueron los pioneros, junto
con el Ministerio de Justicia”, concuerda el
consultor Eduardo Press, autor del libro Psicología
de las organizaciones, y desliza otro elemento fundamental:
“Se pensaba que iba a ser un gran negocio”.
Pero a nivel educativo la experiencia también
tuvo a la ONG Poder Ciudadano como gestora en los
años 90. Según recuerda Press, “convocaron
a especialistas y consultores para capacitar a directivos
escolares. El plan quedó en la nada pero sirvió
de antecedente en el tema.”
Los
“facilitadores”
“En un colegio privado había un cuerpo
directivo y un directorio pedagógico; ocurrió
que los pedagogos tenían que presentar un plan
de trabajo al cuerpo directivo y no podían
hacerlo porque continuamente se ponían a discutir
sobre quién había tenido la culpa de
lo que salía mal y quién el mérito
por lo bueno. Para facilitar el trabajo, lo primero
que hice fue que se escuchasen sin interrumpirse;
lo segundo fue pedirles que cada uno dijera cuál
fue su contribución a la demora, a la traba,
pero no hablando de los otros sino de cada uno de
ellos. Es decir, que no repitieran el clásico:
‘Lo que pasa es que yo, si no fuese por él…’.
Yo les decía: ‘a mí lo que me
interesa es que hables de vos’. A partir de
ahí la cosa marchó sola. Después
de un rato de eso ya nadie se tenía que defender
de nada porque nadie era acusado”.
El estilo de trabajo puesto en escena por el relato
del consultor Press coincide con uno que comenta Peicovich:
“Un médico nefrólogo había
sido mal operado de un dedo por un cirujano: el clavo
que le pusieron se había caído al suelo
y se infectó. Era un tema que judicialmente
iba para cuatro, cinco años, la típica
demanda cuyo monto además crece. En ocho reuniones
todos comprendieron que la mala praxis no había
sido originada por mala intención sino por
un imprevisto. Se le dio una reparación al
nefrólogo y lo resolvimos”.
Un
boom
Según los expertos, cosas como estas explican
el éxito de la mediación prejudicial.
Algo que todos los consultados coinciden en definir
como “un boom”. “Esto funciona.
Hoy en día, antes de hacer un juicio la gente
va a la mediación. Se dieron cuenta de que
pueden resolver temas de contratos, de mala praxis,
de problemas familiares en una oficina cómoda,
fuera del horario de trabajo y en un clima distendido”,
afirma Peiocovich. “Por eso nos gusta decir
que nosotros somos facilitadores: nuestro trabajo
es el de ayudar a la gente a resolver sus conflictos”,
vuelve a coincidir Press y muestra otra de las facetas
del tema: “Cuando la gente discute entre sí
y busca tener razón se pone muy poco creativa.
Entonces no aporta, baja la producción y no
se pueden llevar adelante planes de trabajo. Que la
gente ponga la energía en otro lado es lo que
nosotros trabajamos”.
En los colegios
“Aceptar la mediación en el mundo de
la educación es francamente difícil,
sobre todo en un país que tiene una formación
autoritaria como el nuestro”, reflexionan expertos
que trabajan con docentes. “El concepto de la
autoridad implica, mal entendido, que si abro la mediación
yo no tengo más gobierno sobre los demás”,
observa Press. Y Peicovich dice: “Un directivo
es difícil que aplique este sistema porque
corre el riesgo de que su autoridad se vea limitada”.
Según la responsable de los programas de mediación
del Ministerio, licenciada Mariana Moragues, el plan
de mediación es muy abarcador, no necesariamente
está destinado a las situaciones de violencia
escolar, además, puede “prevenir las
situaciones de violencia. Al saber resolver los conflictos
en forma comunicativa, empática, se sabe resolver
las tensiones”, considera. “No en vano
de las 20 provincias que participaron, el taller de
difusión llegó a 150 personas por provincia”,
dice. El plan contempla en última instancia
que los alumnos se conviertan en los mediadores del
futuro, claro que siguiendo el ejemplo de sus maestros.
“Si los adultos de la comunidad educativa no
desarrollamos y utilizamos en nuestro hacer cotidiano
esas habilidad sociales o habilidades para la vida,
será difícil que los estudiantes las
adquieran y desarrollen. Pretender que ellos aprendan
a pensar, sentir de un modo que nosotros no lo hacemos
resulta una empresa imposible”, observan las
autoridades.
“Lo que se busca es multiplicar los liderazgos
heroicos”, opina por su parte Peicovich. “Aquel
alumno que se destaca por mérito propio, tanto
por sacarse buenas notas como por ser el que acata
las reglas y ser respetado por sus pares. Todos los
chicos quieren ser como él. No se quieren parecer
al que tiene la fuerza y es el más malo”.
Muchos colegios trabajan en esta línea desde
hace un tiempo pero el nudo gordiano de la participación
escolar sigue siendo el cuerpo directivo.
Cómo
mediar
Pero eso no invalida, por cierto, el mecanismo de
acción que se está pretendiendo masificar.
Y que es el siguiente: surgido el conflicto, uno o
ambos protagonistas recurren a la mediación.
Maestro, ordenanza, asesor pedagógico o incluso
un compañero pueden ser los intermediarios
en la cuestión. No los padres. Si los padres
intervinieran les quitarían “protagonismo”
a sus hijos (no se los excluye: siempre pueden aportar
sus opiniones). Asesorado, contenido, amparado acaso
por el equipo interno que se capacitó para
coordinar el proyecto en cada escuela el mediador
entonces toma, como quien dice, cartas en el asunto.
“El programa está bajado a los docentes,
lo cual no es poco. Los docentes han recibido las
técnicas de mediación. Lo que sucede
es que más allá de la cuestión
pedagógica en particular nosotros vamos detrás
de un cambio de mentalidad… Ya tener a los docentes
reflexionando sobre su propia práctica hace
un cambio”, evalúa Moragues con optimismo.
“Resultados de alumnos mediadores vamos a tener
recién en un par de meses, después de
las vacaciones.”
Habilidades
para la vida
Aprender a comunicarse eficazmente, a relacionarse,
a conocerse a sí mismo y tomar decisiones;
conseguir manejar adecuadamente las emociones y las
tensiones, o bien desarrollar la capacidad de empatía
y de resolución de conflictos forman los grandes
objetivos del sentir de la mediación en la
Argentina, tanto desde el mundo de la educación
como desde los vinculados a las prácticas comunitarias
y la producción. ¿Pero funciona en definitiva
este sistema en el país?
“Sí. Eso es lo notable. Y bastante bien”,
afirma el director nacional del área, Mario
Resnik. ¿Y cuánto es “bastante
bien” a su criterio? “Bastante bien para
lo que somos nosotros. Sólo en la Capital Federal,
en la actualidad hay 12.000 mediadores trabajando
por sorteo y 40.000 en forma privada. ¿Sabe
cuántas son las quejas o denuncias que recibimos
con respecto a ellos? Cinco o seis por mes. Lo que
significa que la gente se acostumbró a los
resultados”, señala.
“Se puede trabajar mucho más todavía”,
agrega y ejemplifica: “En Chicago, en 1954,
un autor que se llamaba H. Thelen trabajó con
comunidades marginales de negros y blancos enfrentados
por diferencias étnicas y consiguió
bajar el nivel de la violencia en forma notable. Obviamente
la mediación no es la panacea. No es que borra
la violencia; no es la justicia social, pero es algo”.
¿Un paliativo entonces? “El paliativo
de que en los conflictos que uno vive hay algo que
puede hacerse siempre. Esto puede sonar utópico,
lo reconozco, pero algo de utopía hay que tener”,
concluye.
En la mediación, una cosa queda clara: la implementación
de un trabajo así es lenta, paulatina, con
marchas y retrocesos. Cuándo se podrá
instaurar la fraternidad entre la gente, cuándo
la generosidad hacia nuestros congéneres en
un país, un mundo sistemáticamente castigado
por los avatares políticos y económicos,
tal vez ésa sea la pregunta que los mediadores
nunca lleguen a poder contestar.
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