Roux junto al boceto del mural Homenaje a Buenos Aires
El
pintor de la memoria
Guillermo Roux, uno
de los pintores mas renombrados del pais acaba de presentar
su obra maestra: un mural que simboliza la historia
de buenos aires. para esta nota Nos mostro su casa y
sus afectos.
No
iba a ser demasiado sencillo llegar a Guillermo Roux. Pero,
como a veces ocurre en la vida, la dificultad inicial iba
a transformarse al final, sorpresivamente, en un encuentro
de características íntimas notables. El problema
surgió cuando empezamos a pedir la nota pues el pintor
estaba inaugurando su obra cumbre. En efecto, su Homenaje
a Buenos Aires es un mural de 12,5 por 5,5 metros, en témpera
vinílica insoluble y traída de Italia, sobre
una tela montada en una base de aluminio. Esta obra adorna
las paredes del edificio del Bank Boston proyectado por el
estudio Cesar Pelli & Asociados y es la culminación
de su trayectoria iniciada a los 12 años como ayudante
de historietista en la editorial de Dante Quinterno, y en
rigor antes también, como íbamos a descubrir.
Sin embargo, en un primer momento su respuesta a la demanda
periodística pareció cortante. “Pide el
señor Roux que le envíe las preguntas por mail”,
solicitó su asistente por teléfono, más
o menos al cuarto llamado.
¿Pero cómo, ahora resultaba que el pintor que
estaba consagrándose como un clásico junto a
los ineludibles Antonio Berni, Juan Carlos Castagnino, Raúl
Soldi, Luis Seoane o Leopoldo Presas era un fanático
de las comunicaciones digitales? La incógnita iba a
develarse algunos días más tarde.
De: Alejandro Margulis.
Para: Guillermo Roux.
Asunto: las preguntas para la nota.
–Un pintor que da sus respuestas por escrito. Curioso
comienzo de reportaje éste. ¿Lo hace habitualmente?
¿Es un modo de guardar distancia con los periodistas?
–Vienen muchos periodistas a casa y tengo entrevistas
con ellos, pero a veces, cuando estoy un poco cansado, me
es más fácil por escrito.
Habíamos quedado en aprovechar
la sesión de fotos para hablar un poco. Mientras posaba
con rigidez junto al boceto del mural en el entrepiso de hierro
con escalera de caracol de su casa-estudio de Martínez,
el pintor me mandó a rastrear el cuestionario.
–Está en la mesa del teléfono –dijo
tenso, con parquedad pero sin desconfianza; entre unas agendas
y unos libros, ordenadas en un piloncito prolijo, estaban
las hojas impresas del mail, la mitad escritas a mano, al
reverso, con birome negra. Las respuestas habían sido
tipeadas. Empecé a leerlas mientras subía de
vuelta la escalera.
–¿Es
de escribir muchos mails? ¿Chatea?
–Mi trato con la computadora no es bueno, porque no
la entiendo. En realidad no hago ningún esfuerzo. Le
dicto los mails, pocos e indispensables a mi secretaria. ¿Chatear?
Ni lo sueño. –¿Falta de tiempo o Tiempos modernos?
¿Le gustaría tener más tiempo disponible?
¿Para qué? ¿Para viajar? ¿Adónde?
–Mi vida pasa por la pintura a la que dedico toda mi
energía. La entiendo como un noble oficio. Me hubiera
gustado vivir en el momento en que se construyeron las catedrales
para ser un obrero anónimo en las fachadas o en los
capiteles. La vida se va rápido, desearía tener
más tiempo para concretar algunas intuiciones, pero
ya se sabe: “Ars longa, vita brevis”. En cuanto
a viajar, no entiendo el descanso del turismo y nunca lo hice.
Mis viajes siempre son con un cuaderno bajo el brazo y un
lápiz.
Dibujo todo el tiempo, es mi forma de tratar de entender la
realidad.
Cuando levanté la vista noté
que Roux me miraba con atención. –Y, ¿están bien? –preguntó
y sospeché que lo decía con educada ironía.
–Muy bien.
Recién entonces se relajó. –¿Con qué está pintado?
–pregunté rozando el boceto del mural.
–Témpera vinílica. Me la mandan de Italia.
La técnica es la de los frescos… –La posición de las figuras es tan simétrica…
El pasado a la derecha, el presente a la izquierda, y en el
centro la niña argentina, ¿por qué?
–Es el modo de recordarlo mejor. Sí, hay un relato
que se lee de derecha a izquierda. Antiguamente la gente tenía
que recurrir mucho más a la memoria. Y de esa manera
se construían las pinturas que apelan a la memoria.
Uno se acuerda las cosas de derecha a izquierda. La realidad
invertida vista a través del espejo del tiempo, ¿no?
Por eso la escena se desarrolla en un teatro. El Teatro de
la memoria. Casi todos los artistas, sean poetas o pintores,
invierten las imágenes. En cambio, los que se atienen
a la realidad instintivamente van de izquierda a derecha,
como en la escritura. –¿Y los orientales, que leen de derecha
a izquierda?
–Ah, sí, eso es distinto… –dijo y
me miró por primera vez con interés–.
En el 1300 no todos tenían memoria. Entonces se inventaban
ejercicios. Uno de los más típicos fue la construcción
imaginaria de una casa. La planta baja correspondía
a la familia, el primer piso a los amigos y así hasta
ubicar a todos los que uno conocía. Y después,
en cada habitación imaginaria el truco era representarse
algo, cada cosa que se tenía que recordar: una compra
era el jarro de un estante, una deuda una taza…
Cuando terminamos las fotos fuimos hasta
el comedor. Roux se sentó en la cabecera de una larga
mesa y me indicó que me sentara enfrente, a casi cinco
metros de él. Pidió que siguiera leyendo lo
que había escrito antes de nuestra llegada. –¿Le gusta mostrar
sus obras? ¿Qué impresión le provoca
ver un cuadro fuera del taller? ¿Extraña los
cuadros cuando están fuera del país?
–Según a quién y en qué momento.
Mostrar por mostrar, socialmente, no. Cuando siento
que hay un real interés, puede ser. A mí me
interesa lo que estoy haciendo y cuando los cuadros se van
tiendo a olvidarme. Antes me importaba más tener un
nombre fuera del país, ahora no tanto. No me parece
relevante ¿acaso esto ayuda a ser mejor pintor? –¿Qué importancia le atribuye
al tamaño en la obra de arte?
–La calidad no va con el tamaño, esto es evidente.
No hace falta más que mirar la historia del arte. En
muchos casos, hoy se pinta muy grande para reemplazar con
tamaño lo que falta en contenido. Tintoretto y Veronese
pintaban obras enormes porque lo que decían necesitaba
ese espacio para ser desarrollado y la superficie de la pintura
está llena de sentido. No es el caso de mucho de lo
que se hace hoy, especialmente en Estados Unidos.
Recordé el gran mural del
Banco, los años que le llevó realizarlo con
la ayuda de dos ex alumnas y pintoras, Marina Curci y Laura
Olalde. La siguiente pregunta decía: –¿Cómo fue
el proceso de creación? ¿Hubo estancamientos?
–Me tomó cinco años de trabajo, y aunque
esto tampoco quiere decir mucho a los fines de la calidad,
le dice algo respecto a las dificultades de su realización.
Estancamientos, no. Correcciones, todo el tiempo, hasta el
final. Pero el tiempo transcurrido en su realización
fue para mí maravilloso y una afirmación de
fe. Dar mi convicción de que, a pesar de todas las
barbaridades que hace el ser humano, de su capacidad infinita
para destruir lo que toca, vale la pena la aventura de la
existencia. Mis colaboradoras realizaron tareas muy complicadas
con gran idoneidad. Me adivinaban el pensamiento. Así
toda dificultad era allanada.
Cuando volví a levantar
la vista Roux estaba mirándome con fijeza.
–¿Y, qué le parece? –preguntó. –Está bueno. ¿Esta casa la refaccionó
usted?
–Bueno, para hacer el taller hubo que variar el techo
–dijo señalando con orgullo las columnas–.
Y entonces tuvimos que poner esos pilotes. –En el hall de entrada hay una pared muy curiosa,
¿también la pintó usted?
–¡Ah, eso! Es directamente el revoque fino trabajado
con un tenedor. –¿Con un tenedor?
–Síii. Y esta casa tiene 4000 cerámicos
pintados por mí. Vengan –dijo, y nos levantamos.
Nos llevó hasta el hall para mostrar
las marcas del tenedor, y también una gran tela, acuarelada.
Después entramos al cuarto de la computadora. Hicimos
otras fotos. Pero estaba ansioso por mostrarnos algo más. –¿Y dónde están todos esos
cerámicos?
–Por acá, vengan... –indicó y nos
hizo pasar al baño: allí, desde el piso a las
paredes, los azulejos llevan su firma. Un rasgo que muy poco
tenía del estilo de su mural. Recordé las preguntas
del mail.
–La
crítica especializada tiende a clasificarlo como un
representante del Nuevo Surrealismo. ¿Se siente cómodo
en ese lugar?
–¿Surrealismo? Nunca me sentí surrealista.
Discúlpeme, pero los años, y ya tengo algunos,
enseñan que el arte y por supuesto la vida son de una
riqueza infinita que va mucho más allá de todas
las etiquetas. Creo que Goethe dice en el Fausto: “La
teoría es una mancha gris en el árbol verde
de la vida”. –¿Le molesta que lo comparen con otros
muralistas? ¿Con Soldi? ¿Con Castagnino? ¿Con
Alonso quizás...?
–No, para nada. Castagnino tenía una clara idea
del espacio monumental. Alonso es un gran artista, alguna
vez le dije que era como un sismógrafo, capaz de registrar
el pulso de lo social. En mi caso los recuerdos, las imágenes
del inconsciente, lo subjetivo, tiñen la realidad distanciándola.
Son diferentes maneras de ver el mundo. –¿Usted está en la vereda opuesta
de los muralistas mexicanos? Pienso en Diego de Rivera, en
un Siqueiros...
–A ellos les tocó un tiempo revolucionario, acorde
con sus ideas, y dieron una respuesta extraordinaria que inmortalizó
un momento de la historia de Méjico.
El piso del dormitorio había
sido igualmente decorado, con grandes trazos salvajes, en
fuertes tonos de azul marino y verde. En la mesa de luz había
un ejemplar de Rimbaud en África y entre las mantas
de la cama deshecha, un gato que ni se inmutó cuando
su amo, exultante, dio media vuelta y nos llevó por
donde habíamos caminado hasta un cuarto pequeño
con un perchero del que colgaban trajes de época junto
a un viejo tablero de dibujo. –Esos trajes son los mismos que hay en el mural...
–Ah, sí, sí... Y esa es la mesa de mi
padre... La mesa donde dibujó toda su vida, y donde
yo dibujé. Y dibujo. Observá la pintura sacada
–sugirió indicando entonces con el dedo el travesaño
de madera al pie, descascarado–. Son horas de apoyar
el pie. Son litros de tinta china. A los 6, 7 años
yo lo veía, imaginate. Imaginate lo que es ver a tu
viejo dibujando todo el tiempo. Y de eso vivíamos todos.
–¿Qué dibujaba?
–Historietas. Raúl Roux dibujaba historietas
en La Razón, en El Gráfico. O sea que lo viví.
El dibujaba y yo al lado. Yo no tenía afición
pero se dio naturalmente. Fue extraordinario. ¿Sabés
que te saca eso? Las ínfulas de ser artista. Las veleidades.
¿Artista, qué artista? ¡Ponete a trabajar!
Por Alejandro
Margulis / Fotos: Ariel Gutraich
Roux muestra el toilette
de su casa.
El escritorio donde
su padre dibujaba.
ARTE SACRO
“Frente a preguntas esenciales como ¿de dónde
venimos? ¿por qué? ¿para qué? ¿hacia
dónde?, y a falta de respuestas convincentes, creo en
ese misterio que llamamos Dios. Más avanza la ciencia,
más trata de explicar, más hondo es el misterio.
Por eso ahora tengo el proyecto de realizar unos murales para
iglesias. El arte en la iglesia es una manera de honrar a Dios
y desde esta perspectiva quisiera adornar su casa en la Tierra.
La Biblia es de una riqueza infinita, allí está
el hombre en su dramática manera de vivir. Es tan amplio
su sentido que no creo que exista condicionamiento posible.
De hecho, cuando Miguel Angel pintó los guerreros para
una batalla, en competencia con Leonardo, creó los mismos
héroes sobrehumanos que en la Sixtina, y nada hay más
terreno que una batalla. Sobre este asunto hay mucho prejuicio.
Sin ignorar la importancia del contenido y el lugar de la realización,
en el Arte Plástico es bueno recordar que lo que importa
por sobre todo es el cómo se hace, porque allí
es que se ve el artista.”
Roux nació
en 1929, aprendió a pintar de su padre y en la Academia
de Bellas Artes. Saltó a la fama internacional gracias
al Primer Premio Internacional de la XIII Bienal de San Pablo
en 1975. Hace más de 40 años que comparte su vida
con Franca.