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Dicen
que estos tiempos serán recordados como la
Era del Terrorismo Globalizado. Bajo estas circunstancias,
el enemigo público número uno no tiene
cara. Podría ser cualquiera: ése que
está leyendo al lado (tal vez un familiar),
el de la casa de enfrente, la profesora de yoga…
¿Quién sabe? Esa es la principal herramienta
del terrorismo.
Como contrapartida, todo ciudadano del mundo queda
bajo la lupa. Toda persona es sospechosa y sus actos
deben ser monitoreados para tranquilidad del resto.
Es aquí donde se cruzan tres grandes factores:
1) el derecho a la intimidad, 2) el terror y 3) esa
gran pasión humana por espiar las vidas ajenas.
Cada uno de estos factores justifica o censura a los
otros y los debates instalados en la opinión
pública no tienen fin. Mientras tanto, todos
espían y son espiados. Hay quienes se quejan
por la violación de su intimidad, pero a la
vez se regocijan escuchando a los vecinos con una
copa entre la oreja y la medianera.
Reality
al cuadrado
Hace poco más de una década, el mundo
recibió a los reality shows entre divertido
y espantado. Destacados intelectuales los catalogaron
como “experimentos nazis” pero los picos
de rating y el fanatismo que alcanzaron en todas las
pantallas fueron impresionantes. Los profesionales
del negocio televisivo aseguran que hay una doble
moral en la mayoría de los espectadores. Esta
pasión por entrometerse en las vidas ajenas,
tan atribuida a los porteros y a las señoras
del barrio, está más arraigada en el
género humano de lo que parece. El término
voyeur proviene de un galicismo o barbarismo que significa
veedor o mirón. Principalmente es aplicado
a personas que sufren de una patología relacionada
a lo sexual, que hasta llegan a modificar su conducta
para observar a los otros. Si bien no hay estadísticas
serias sobre el tema, cae de maduro que gran parte
de la población mundial tiene tendencia a padecer
esta patología (en pequeñas dosis, eso
sí). Sólo basta recordar que en varios
países las productoras lograron los mayores
picos de audiencia del programa Gran Hermano quitando
las puertas de las duchas y obligando a los participantes
a bañarse sin ropa.
De todos los negocios de Internet, uno de los más
pujantes es el de las cámaras web. Las hay
por todas partes. Hay cámaras eróticas,
cámaras ocultas, cámaras de vigilancia
y cámaras que, directamente, no tienen sentido.
Día a día, se facturan millones de dólares
con estas cámaras.
Hay escuelas y jardines maternales que incluyen entre
sus servicios una cámara web en vivo que enfoca
a cada bebé. La madre que extrañe o
se preocupe por su hijo, no tiene más que hacer
un click para verlo. Esto no es nada nuevo y ya ocurre
en Argentina desde hace tres años. Del mismo
modo, se colocan cámaras en las puertas y diferentes
ambientes de las casa, para que sus dueños
puedan ver qué ocurre en todo momento, ya sea
desde una PC, como desde las pantallas de sus celulares.
La
pesadilla de Orwell
Al profundizar en este panorama es inevitable evocar
al escritor inglés George Orwell. Cuando en
1948 escribió su novela 1984, seguramente no
imaginó ni en sus peores pesadillas que ese
mundo tremendo, sin intimidad ni identidad, podría
convertirse en algo real. El imaginó que triunfaba
el totalitarismo y que un personaje omnipresente (Big
Brother, el original) monitoreaba a todas las personas
con cámaras y micrófonos en cada rincón.
En la legendaria novela, cualquiera podía ser
sospechoso de conspiración contra el Estado
y corría el riesgo inminente de ser delatado
por una enorme red de alcahuetes voluntarios. Es paradójico
que Estados Unidos, el país que profesa el
mayor fanatismo por la libertad, sea hoy el promotor
de un mundo semejante al de Orwell.
En mayo de 2003, el Departamento de Defensa de Estados
Unidos propuso el Terrorist Information Awareness
(Conocimiento de Información Terrorista). El
plan consistía en una compleja base de datos
que almacenaría toda la información
posible sobre los americanos, desde lo que compran
o venden, hasta su modo de caminar.
“Cada persona camina de una manera muy particular,
es un rasgo tan individual como la firma”, aseguraba
la propuesta, publicada en la web del Pentágono,
justificando los miles de millones de dólares
que cuesta el sistema (aún imperfecto) que
identifica a la gente según su andar Todo iría
a parar a una megabase de datos: compras, ventas,
mails, webs navegadas, rasgos físicos e intelectuales,
viajes, llamadas telefónicas, propiedades,
estudios, antecedentes policiales, ADN. Todo. El sistema
almacenaría varios petabytes para cruzar los
datos y tender complejas relaciones entre las personas
y su comportamiento.
“Un petabyte es un millón de miles de
millones de bytes”, explica Ramiro Fernández
Varela, asesor para Latinoamérica de Discovery
Networks. Y continúa: “Las computadoras
más grandes del mundo sólo pueden almacenar
algunos pocos terabytes… y esa medida es una
milésima parte de un petabyte, el monto mínimo
que el Pentágono desea recaudar”.
El Terrorist Information Awareness es todavía
un proyecto, aunque ya no se hable tan abiertamente
del tema. La Unión Americana de Libertades
Civiles calificó al proyecto como “orwelliano”
y el Electronic Freedom Forum, grupo de defensa de
las libertades civiles en el ámbito electrónico,
afirmó que era “una gigantesca máquina
de generación de sospechas”.
La
gran cámara Gesell
Hoy en día, cualquier hombre común con
una buena conexión a Internet y una PC regular,
puede ver fotos satelitales del techo de su casa,
del hueco que dejaron las torres gemelas en Manhattan
o de los autos estacionados en alguna avenida de Moscú.
Hay programas de uso libre y gratuito, como el Google
Earth (ver recuadro), que permiten ver el mundo desde
un satélite como si fuera un juego de niños.
Y esto es sólo el principio.
“Si esta tecnología es accesible para
cualquiera, no es difícil imaginar lo que puede
lograrse con tecnologías de avanzada, como
las que poseen los servicios secretos de ciertos países
del primer mundo –comenta Fernández Varela–.
Desde miles de kilómetros de altura pueden
fotografiar una patente o incluso leer los titulares
del diario de un transeúnte (que cree que está
solo en el banco de una plaza).”
Micrófonos ocultos en las calles de Roma captaban
las conversaciones de la gente durante los días
previos a la asunción del nuevo Papa. Las líneas
de teléfonos fijos y celulares son intervenidas
constantemente por los servicios de inteligencia.
Los empresarios y famosos se injertan chips de localización
satelital (igual que los autos). Millones de teléfonos
con cámaras se roban momentos que alguna vez
pudieron pasar desapercibidos. La intimidad está
en problemas.
Así como el terrorismo justifica las investigaciones
indiscriminadas porque cualquiera es sospechoso, el
acceso al ámbito privado de las personas tiene
una cara negativa. “Desde que Nixon utilizó
el aparato de la CIA para obtener información
indiscreta sobre los políticos de la oposición,
nadie confía ciegamente en un Hermano Mayor
que controle todo”, reflexiona el periodista
americano Danniel Tuggle. Y concluye: “Todos
nos portamos mal alguna vez y no nos gusta que se
sepa. Eso no quiere decir que seamos criminales o
terroristas en potencia. Sin embargo… nos da
placer observar cuando se porta mal el vecino”.
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