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Aunque no lo veamos, el Sol siempre está”, dice la canción. Y así es. Hace posible la vida en la Tierra. Es una fuente notable de energía renovable y, por sobre todo, no contaminante, que tiene un sinfín de aplicaciones en nuestra vida diaria: calefacción de ambientes, producción de aire y agua calientes, electricidad, entre muchas otras. ¡Y es naturalmente saludable! Nos ayuda a absorber vitamina D, imprescindible para tener huesos sanos y fuertes, y es el mejor antiestresante: nos hace ver y sentir bien.
Por supuesto, ya se sabía que en algunas áreas se siente más que en otras. Pero, ¿sabía usted que sobre la Puna argentina incide con la mayor intensidad del mundo? Allí, su radiación alcanza valores récords. Así lo develó un reciente estudio del Instituto de Física Rosario –IFIR–, dependiente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas –CONICET– y de la Universidad Nacional de Rosario en colaboración con el Instituto de Energías No Convencionales de Salta y la Universidad de Innsbruck, Austria.
¿A qué se debe este curioso fenómeno? El doctor en Física Rubén Piacentini, director del IFIR, y uno de los especialistas a cargo de dicha investigación, explica que “la Puna de Atacama se encuentra ubicada en la zona intertropical donde el Sol tiene una alta intensidad la mayor parte del año. Además, en esta zona desértica, el porcentaje de nubes es relativamente bajo y al estar ubicado en altura, la atmósfera es menos densa que en otros lugares de la Tierra, y normalmente muy límpida. Las mediciones de la intensidad global realizadas en el Cerro Cruz Azul, ubicado en la Puna a 3.900 metros, dieron valores que hasta el presente son los más altos registrados en la Tierra. Esto ocurrió porque se dieron condiciones muy especiales de cielo con nubes fragmentadas –cúmulos–, cuyos bordes actuaron como espejos e incrementaron la intensidad solar”.
Con la colaboración del Servicio Meteorológico Nacional, los investigadores pudieron medir la radiación ultravioleta eritémica, es decir, el tiempo que tarda esta radiación en provocar enrojecimiento en la piel, gracias a un filtro que simula la piel humana. El instrumento denominado biómetro, ubicado en La Quiaca, provincia de Jujuy, en los meses de mayor intensidad de diciembre y enero, indicó valores de entre 18 y 20, cuando el nivel moderado es de entre 4 y 6. Esto implica un riesgo solar importante, lo que evidencia que en esa zona, las personas deben proteger su piel de un modo especial –ver cuadro Hábitos preventivos–. Pero también, el fenómeno tiene sus pros. “Estamos frente a un enorme potencial solar. Hace falta que se dicten normas que favorezcan su aprovechamiento. Así mejoraremos el estándar de vida de la población y le dejaremos a las generaciones futuras un mundo menos contaminado al usar menos combustibles fósiles. Y colaboraremos también a reducir el calentamiento global del planeta”, afirma Piacentini.
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Ozono y el agujerito sin fin
Decir “Sol”, indefectiblemente, obliga a hablar del ozono. Pero, ¿qué es? Un gas que protege toda la cadena de vida y cuyo rol principal es el de filtrar la mayor parte de la radiación ultravioleta del Sol. En la Antártida, se detecta una disminución drástica de las concentraciones de este gas. Es por eso que allí, la capa de ozono presenta un agotamiento singular, fenómeno estacional que tiene lugar principalmente entre septiembre y noviembre de cada año, es decir, durante la primavera en el Hemisferio Sur.
¿En qué estado se encuentra hoy la capa de ozono sobre la Tierra? “Según la Organización Meteorológica Mundial y el Programa de Naciones Unidas para el Medioambiente, se ha deteriorado en un 3% en toda la Tierra. En nuestro país, en el norte el deterioro ha sido mínimo, se incrementa a medida que avanzamos hacia el sur, con el agravante del agujero de ozono antártico, que algunos días suele llegar hasta la zona patagónica”, comenta Piacentini.
Esta reducción significativa del gas ozono en la Antártida ha merecido la atención de científicos de todo el mundo durante las últimas dos décadas. Es lo que conocemos como agujero de ozono. “Se denomina así al área donde la columna de ozono es menor de 220 Unidades Dobson (UD)”, define Máximo Ginzburg, responsable de la red de monitoreo de ozono y radiación solar del Servicio Meteorológico Nacional. “El importante agotamiento del ozono en la zona antártica, se debe a condiciones meteorológicas propias de dicho lugar, que no sucede en otras partes de la Tierra. Las muy bajas temperaturas de la estratósfera antártica –de hasta -90°C– crean nubes de hielo denominadas ‘nubes estratosféricas polares’ –NEPs–. En estas nubes ocurren reacciones químicas especiales que destruyen el ozono. Debido al aislamiento relativo del aire polar estratosférico, la radiación solar ultravioleta, hace reaccionar al cloro y al bromo de manera tal que agotan el ozono en grandes cantidades en la primavera antártica”, añade el especialista.
Por su parte, en el Ártico, hay años en los que la temperatura no desciende al nivel necesario para formar las NEPs; es por eso que el agotamiento del ozono en el polo norte no es tan severo como en el polo sur. Allí, al mantenerse durante meses la muy baja temperatura estratosférica, el agotamiento es de niveles más importantes y con mayor duración en el tiempo.
Si bien el agotamiento del ozono estratosférico produce un aumento de la radiación solar ultravioleta en la superficie terrestre, afortunadamente, el pronóstico es bastante alentador para los próximos años. “Los compromisos que los países han contraído para controlar la fabricación y emisión de los elementos que agotan la capa de ozono impiden que se agrave la destrucción del mismo. Se espera una recuperación de los valores para este gas como consecuencia de este control”, especifica Guinzburg del Servicio Meteorológico Nacional, quien, además, agrega que no ha habido aumento en el agotamiento del agujero en la capa de ozono en la Antártida y tampoco en los valores globales.
¿Se nos viene la noche?
Desde mediados del siglo XX, algunas noticias alarmistas indicaban que el planeta se habría transformado en un sitio más oscuro, por una disminución de luz solar que llega hasta la superficie de la Tierra. Aparentemente, hubo una caída de un 10% entre fines de los años ’50 y principios de los ’90, es decir, de entre un 2 y un 3% por década. En algunas zonas de Asia, Estados Unidos y Europa, la pérdida habría sido aún mayor. ¿Es que literalmente se nos viene la noche? Nada de eso. “La intensidad solar que llega fuera de la atmósfera terrestre, ha variado menos del 1% en los últimos siglos. Sin embargo, puede ocurrir que en ciertos lugares de la Tierra, por aumento de la nubosidad o de la contaminación por partículas de polvo en suspensión, efectivamente se esté dando una menor intensidad de radiación solar. Por otro lado, puede ocurrir también que en otras zonas se dé un aumento por reducción de la nubosidad, pero de acuerdo con datos satelitales, a nivel global la variación es mínima”, concluye Piacentini.
Febo asoma ya sus rayos e ilumina la Tierra. La naturaleza es sabia y a manos del hombre puede ser aprovechada aún más en pos del progreso.

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