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OSVALDO FERRARI
El
maestro
de los
diálogos

Sus entrevistas con Borges han dado la vuelta al mundo. En este momento está presentando sus Diálogos I y II en la Feria del libro Oaxaca, México.

–Su casa muestra una gran sensibilidad por el buen arte, frente a pinturas de artistas como Pablo Suárez, Duilio Pierri, y muchos más.
–Es cierto, se trata de la colección permanente de Isabel, mi mujer. Ocurre que, por estar casado con ella, además de la literatura he estado muy cerca de la plástica.

–¿Cómo ha sido su infancia?
–Muy acompañada. Todos, –hermano, primos, familiares, amigos– crearon un entorno de afecto. A la vez, he sido un poco solitario, antes me costaba la comunicación.

–¿De qué manera incide en su obra la belleza?
–Hay muchas formas de ver la belleza. Creo que tomé conciencia de la vida en la adolescencia, cuando empecé a escribir junto al entusiasmo por vivir. Los poetas tenemos dentro la idea de la belleza, aunque tras el postmodernismo, la belleza se ha convertido en una palabra prohibida, (risas). Rilke escribía sobre lo que llamó “el telar de la gratitud”, debido a la maravilla que le pareció el mundo. Yo también he sentido lo mismo frente al mismo descubrimiento.

–Osvaldo, y ¿cómo fue la llegada de la poesía?
–En mí todo comienza en ella. Escribo desde los 17 años. A veces, en la vida de un adolescente aparece lo que llamamos “el maestro”. Conocí a esa edad a un hombre excepcional: Ricardo Costantino, director de Radio Municipal, de una lucidez e inteligencia sorprendentes. A él, Sábato lo llamó “nuestro mayor escritor oral”. Daba su gran medida en el diálogo. Y coinciden con él mis comienzos poéticos. Eso siguió para siempre y también se prolongó en el ensayo.

–Actualmente, ¿qué está escribiendo?
–Un ensayo sobre nuestro país. Mi aspiración es lograr transmitir las claves metafísicas que explican cómo somos, cómo actuamos y por qué volvemos a hacer y a obrar siempre de una manera bastante parecida. Inclusive, con nuestros reiterados errores, aquellos que Martínez Estrada, llamó “invariantes históricos”.

–¿Y cómo perfila ese análisis?
–Mi intención es que al ver nuestros males frente a frente, podamos algún día trascenderlos y llegar a la mejor versión de nosotros mismos. Es necesario mirarnos con autocrítica. Mi interpretación del país es el desierto. A partir de allí, encuentro mi camino para ver el país.

–¿Por qué el desierto?
–Es una figura desolada, con la que el país comenzó. Aquí no había riquezas, tampoco El Dorado. En la conquista venían a buscar la Sierra de la Plata, y descubren una llanura inmensa, desconocida en Europa, que en esas épocas era el desierto. A partir de ahí empieza todo: ese desierto persiste entre nosotros y nos explica.

–Su nombre se asocia inexorablemente con Borges, ¿cómo surgieron esos diálogos?
–El gran privilegiado he sido yo. Esos diálogos también me vinieron a buscar a mí. No fue ni idea de Borges, ni mía, sino del pintor Moisés Nusimovich. Así comenzó el programa El poema y su sombra, en Radio Municipal, mientras Borges tenía 84, 85 y 86 años –es decir, el último Borges– aún siendo extraordinariamente lúcido. El encontró una posibilidad de expresión muy adecuada a esa altura de su vida. El privilegio es múltiple.

–También hubo otros entrevistados,¿y qué surgió de ellos?
–Con Víctor Massuh, la visión filosófica de nuestras raíces y el “desencuentro” comunitario, desde la colonia en adelante, y echó luz sobre ello. Con Sábato, la conciencia de su capacidad de pensamiento, ya que es absolutamente único. Son inteligencias poco frecuentes, debemos celebrarlo. Fui testigo ante la Real Academia Española de Letras cuando habló improvisadamente y dejó deslumbrada a toda la audiencia.

–¿Qué otros le dejaron huella?
–Alberto Girri, con él el diálogo se parecía mucho a un combate. Interesantísimo. Hilario Fernández Long, –quien hablaba y leía chino– ingeniero estupendo, de una enorme cultura, muy amigo de Basilio Uribe. Cuando ambos conversaban parecía estar frente a dos hombres del Renacimiento. Horacio Reggini, actual decano de la Facultad de Ingeniería de la UCA, reciente académico de Letras, entre tantos otros.

–¿Y no dialogó con Bioy Casares y Silvina Ocampo?
–Es curioso, de quienes más amigo he sido es de ellos dos y nunca se me ocurrió pedirles un diálogo público. Mi encuentro con Borges se produjo en su casa, Borges iba a cenar frecuentemente. A partir de ahí se fue creando mi amistad con él.

–¿Cómo era Silvina?
–Ella es la mujer más excepcional que he conocido. No sólo me resulta deslumbrante como poeta y cuentista, me ha impresionado a través de su amistad y de su pensamiento. Borges me ha dicho –al menos cuatro veces– que si alguien debía recibir el Premio Nobel de Literatura en la Argentina, era Silvina. Hay una frase de ella que la pinta muy bien, decía: “tengo la inteligencia que me da mi sensibilidad”. Tenía aspectos, me atrevo a decir, casi mágicos. Me pasa con ella, lo que a Borges con Macedonio Fernández: él retenía hasta las tonalidades de la voz de Macedonio, y de todo su pensamiento, que no podía transmitir, todo estaba guardado en él. Me ocurre un poco a mí lo mismo con Silvina.

–¿Tiene previsto algún proyecto nuevo para la radio?
–Tengo proyectos, aunque alterno mi vida entre dos tareas: la de escritor y agricultor, manejo un campo en Salta. Es curioso esto para un licenciado en periodismo, pero el campo se ha incorporado en mí de una manera quizá irreversible.

–¿Ya se vislumbra un nuevo poemario?
–Sí, pronto llegará otro libro. Se trata de poemas que he escrito esporádicamente, y el título podría ser Poemas esporádicos.

–¿Con quién se quedó con ganas de dialogar en público?
–Con Octavio Paz con quien ya habíamos acordado hacerlo. Lamento no haber ido a México, por viajar a otros lugares. Llegó el fin de su vida y no pudo ser.

“Borges estaba muy feliz de dialogar y quería seguir. He logrado hacer que lo conocieran más claramente y mejor, a través del desenvolvimiento de esas charlas”.