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En los años 60 y 70, las postales soviéticas de Navidad glorificaban la carrera espacial, con imágenes de un Papá Noel que volaba en cohete junto a una matrioshka, o viajando en un trineo tirado por una nave espacial, con unas muy convenientes estrellas rojas en el fondo del cielo... Las postales circulaban en forma privada, ya que las manifestaciones religiosas públicas estaban prohibidas. Claro que el Papá Noel también estaba vestido de rojo, el color que le legaron al viejo Santa las publicidades de Coca-Cola: ¿tal vez un primer símbolo de la futura globalización que escapaba a la rígida censura del Kremlin? Cuarenta años después, la Navidad es tal vez una de las fiestas más globalizadas del mundo. Arbolitos, adornos, mesas abundantes incluso bajo el calor tropical, regalos, y mucho Jingle Bells unifican la fiesta de punta a punta del mundo. Y en medio de tanto papel brillante y vino espumante, de tanto petardo y copitos de nieve auténtica o artificial, siempre hay lugar para las tradiciones propias. Mientras esperamos la llegada del Niño Jesús veamos qué pasa en el mundo cuando, a medida que la Tierra gira, y van dando las 12 campanadas esta medianoche.
En el comienzo era Europa
El 1° de diciembre, los chicos europeos empiezan a abrir las ventanitas de su calendario del Adviento, una por cada día del mes hasta llegar al 24. En Alemania, el 6 de diciembre empiezan los preparativos, con el horneado de los muñequitos de jengibre (¡el mismo que en versión gigante salvó los amores tridimensionales de Fiona y Shrek!) y las cartas a Christkind, el ángel mensajero del Niño Jesús, mientras los mercaditos de Navidad empiezan a brotar por todas partes. Uno de los más famosos, el de Nüremberg, comienza a fines de noviembre y parece un concentrado de todos los símbolos navideños que es posible imaginar: abetos, luces, juguetes, artesanías, gorros de Papá Noel, un maremágnum festivo que sólo tiene rivales en el norte de Europa, donde la Navidad es dueña y señora del mes de diciembre, porque allá por el Polo Norte se dice que andan Santa Claus y sus renos repartiendo regalos para los chicos del mundo. Suecia, Noruega y Finlandia mantienen un entredicho más o menos amistoso sobre la verdadera ciudadanía del viejo San Nicolás devenido en padrino de la infancia, pero hay que reconocer que en Rovaniemi, sobre el tramo finés del Círculo Polar Artico, todo está muy bien organizado: el pueblo navideño recibe todo el año, siempre hay un Papá Noel para besar a los chicos y sacarse fotos con ellos, se pueden mandar cartas que llegarán puntualmente en los últimos días de diciembre y hasta hay un parque de diversiones en torno a la Navidad oportunamente bautizado como “SantaPark”.
También en Suiza, el país de los cuatro idiomas, la Navidad es una sola. Cada pueblo festeja a su manera, pero todos en forma vistosa y alegre. En Friburgo, el primer fin de semana de diciembre se homenajea a San Nicolás con un cortejo por las calles de la ciudad, mientras que en Dorf el desfile se organiza el primer lunes del mes, en plena oscuridad. Casi 200 personajes caminan junto al San Nicolás de turno al son de instrumentos de viento, vestidos con inquietantes máscaras o portando antorchas. Este primer grupo es seguido por otro de unas 900 personas, que hacen sonar cencerros y cascabeles. Y el cortejo cierra con unos 200 músicos que tocan el típico cuerno de los Alpes. Una celebración parecida se realiza en Dorfzentrum von Arth, junto al lago, mientras otra de las citas imperdibles de Suiza es el mercado navideño más alto de su tipo en Europa, en la cima del monte Pilate, a 2.132 metros de altura. Más de 50 expositores presentan sus productos artesanales, junto a espectáculos musicales relativos al Adviento y, por supuesto, golosinas para los niños.
En España, el árbol de Navidad se arma el 8 de diciembre, y ese día se celebra en la catedral de Sevilla el “baile de los seises”, con niños que se visten a la usanza del siglo XVI, cantando y bailando con el acompañamiento de castañuelas. Sin embargo, más de uno tiene todas sus expectativas puestas en el 22 de diciembre: es el gran día, fecha del sorteo del “Gordo” de Navidad, que con sus casi dos millones de euros de premio promete cambiarle la vida a cualquiera. La tradición –potenciada por una transmisión radiotelevisiva de cinco horas, niños cantores incluidos– empezó en 1763, con Carlos III, y no consiguió alterarla ni siquiera la Guerra Civil, años oscuros en los que había un “Gordo” para cada bando. Mientras tanto, en Italia hay que desafiar el frío para ir la Misa de Gallo y a visitar los pesebres: son pequeñas maravillas, pueblos en miniatura hechos en porcelana para reflejar en mínimas pero multitudinarias escenas la vida de los pueblos tal como era en la Edad Media. Fue entonces cuando San Francisco de Asís inventó la tradición: el primer pesebre fue viviente, con un buey y una mula junto a una imagen del Niño Jesús en una cueva, y desde entonces el arte italiano encontró mil maneras de volcarse a esta manifestación religiosa. En el sur de Francia, los provenzales tienen su propia variante: son los santons, muñequitos de arcilla que representan todos los oficios y se reúnen junto al Niño Jesús para presentarles sus augurios de Nochebuena. Y en ninguna mesa francesa debe faltar la büche de Noël (ver aparte), un tronco esponjoso relleno de chocolate y bañado en mousse que simula un leño: es el símbolo del fuego que debía mantener cálido el pesebre de Belén. También los belgas comen la büche de Noël, y al día siguiente desayunan con un pan dulce acidulado que tiene la forma del Niño Jesús, y se llama cougnolle o cougnou. Un poco de manteca, y a mojarlo en el chocolate caliente...
La Navidad de ojos rasgados
Como hace mucho que la Navidad dio la vuelta al mundo, y en el viaje fue perdiendo parte de su significado religioso, no hay impedimentos para que también se la festeje en Japón, donde los cristianos son pocos pero la Nochebuena cae justo entre dos fiestas importantes: el cumpleaños del emperador Akihito, el 23 de diciembre, y el Año Nuevo. El 24 y 25 de diciembre son especiales para las parejas de novios, que se reúnen y se intercambian regalos, sobre todo durante la noche, que pasan juntos (¿qué gracia tendría si no este San Valentín oriental?). Según la tradición, si alguien se le declara a la persona que ama ese día, todo irá bien y ‘comerán perdices’. Y los solteros... mala suerte, a trabajar como todos los días. Pero en realidad la Navidad no se festejó en Japón hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando los norteamericanos llevaron su famoso ‘Christmas’. Lo que sí inventaron los japoneses es la kurisumasu kehki, una torta de bizcochuelo bañado en crema y frutillas, que se ofrece junto a toda la decoración navideña en cualquier centro comercial que se precie.
China, en plena fiebre consumista, también ve la proliferación de los árboles y adornos navideños. Pero la vigencia del régimen comunista le da un aire de resistencia que ya no existe en ninguna otra parte. Mientras en Hong Kong los abetos rivalizan con los edificios en luces y altura, en China continental las reuniones de los fieles cristianos no pasan del nivel familiar, a veces en torno a un árbol o a un pesebre, que es el lugar de la casa elegido para rezar. La otra Navidad, la pública, no tiene mucho que ver con la occidental, sino que se mezcla con las celebraciones por el Año Nuevo Chino, a fines de enero, el momento del año en que se arrojan fuegos artificiales y los chicos reciben sus regalos. A los ojos extranjeros, lo más lindo y vistoso son los farolitos de papel y los árboles decorados que adornan las casas, mientras se espera la llegada de un Papá Noel de ojitos almendrados que se llama Dun Che Lao Ren, el “viejo hombrecito de las Navidades”.
Otras Navidades
La vuelta al mundo navideño tiene tantos secretos y curiosidades como lugares donde se celebra, desde la abstinencia de productos animales que observan desde el 1 al 24 de diciembre los cristianos iraníes –la tierra de donde llegaron los Reyes Magos– hasta la cena andina con maíz de la Nochebuena boliviana, cuya fiesta sigue con vistosas procesiones, o las numerosas Navidades latinoamericanas donde las tradiciones europeas se fundieron con las costumbres indígenas para darle color local a la celebración. Mientras tanto, la población negra de los Estados Unidos festeja entre el 26 de diciembre y el 1 de enero el Kwanza, una fiesta ancestral que nació cuando las familias se reunían en torno de la primera cosecha del año. Durante la reunión, brindan en una copa cuyo líquido luego se vuelca en el piso, hacia los cuatro puntos cardinales, en homenaje a los ancestros. Los australianos tienen la grata costumbre de celebrar la Navidad en la playa. La noche del 24 se cenan platos fríos y se van a ver los conciertos de villancicos que se organizan en los parques públicos, mientras el 25 de diciembre el almuerzo típico es un picnic en Bondi Beach, la playa más popular de Sydney. Después de tanta vuelta al mundo les deseamos a todos una muy Feliz Navidad.
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