El En 1928, cuando el doctor Juan B. Justo falleció en Los Cardales, provincia de Buenos Aires, se avecinaban momentos difíciles para el país, aunque todos lo son. Justo tenía entonces 63 años de edad y todavía se podía esperar mucho de él. Consultamos al profesor Carlos Floria sobre la personalidad de Justo.
–Porque, doctor Floria, socialismo y catolicismo suelen ser tomados como términos antinómicos, ¿no?
–No. El doctor Justo fue heredero de los liberales del siglo XIX, de los liberales europeos de ese tiempo, cuando el liberalismo incluía distintas tendencias que iban desde el centro al centro–izquierda del espectro político. Uno de los hombres que Juan B. Justo más admiraba era el francés Lacordaire, un pensador católico heterodoxo, con quien coincidía en la importancia del diálogo respetuoso entre posiciones diversas:“El diálogo es necesario para la búsqueda de la verdad, porque con el otro yo encuentro una verdad más alta”, dijo Lacordaire. A fines del siglo XIX, por lo demás, en la Argentina había un grupo de políticos creativos, pensadores profundos y a la vez hombres de acción, quienes trabajaban juntos más allá de sus opiniones. Pero hasta el nacionalismo era liberal. Justo crece y se hace adulto escuchando a hombres como Sarmiento, Roca, Mitre, Pellegrini. Eran todos creacionistas, creadores de estados nacionales, fueron quienes apoyaron la Constitución, la inmigración y crearon una formidable educación pública, la más importante de América, y Juan B. Justo fue sin duda uno de ellos.
–Pero, ¿no competían entre ellos por la primacía de las ideas de cada uno?
–Competían claramente, pero con una base conceptual envidiable y un enorme respeto por el rival. Ambas cosas se van a perder después para caer en la confusión que todavía perdura, porque luego se perdió el rumbo. Justo era un socialismo liberal, algo que en estos días parece contradictorio, pero que en su tiempo no lo era.
–¿Por ejemplo?
–Una de las obras de Justo sobre Economía, La moneda, lo muestra como un liberal defensor de la existencia de una moneda en el sistema económico, algo que rechazaban los socialistas dogmáticos. Justo se remite a los estudios económicos de Alberdi, no a los de Marx, de quien tradujo El Capital, pero diferenciando claramente quién era el autor, cuál era su doctrina, que tenía un costado humanista que sí le interesaba a Justo, y cuál era la aplicación que algunos hacían de esa doctrina, con resultados catastróficos...
–Pero...
–Déjeme terminar el concepto: se trataba del pensamiento social, la dimensión social de la política y de la economía, pero eso no viene solo de la izquierda socialista, sino también del catolicismo social, algo que Justo tenía muy claro. El fue un hombre muy inclinado a la introducción de la dimensión social en la política y en la economía, lejanas al régimen comunista. Repito: diferenciaba claramente entre el pensador, la ideología y el régimen, no caía en esa confusión. En estos días, Juan B. Justo adheriría a la democracia social.
–¿Por qué su lucha por los derechos de los obreros?
–El pedía una participación mayor del obrero en el beneficio que dieran las empresas, era partidario de la democratización total de la República. De una república en donde todos fueran profundamente respetuosos de las ideas ajenas. Cerca de él, hombres como Miguel Cané o Sáenz Peña, hijos cuestionadores de la Generación del ’80, tenían a veces posiciones coincidentes. A todos les interesaba la igualdad de los argentinos.
–Hace 23 siglos, Floria, Sócrates se burlaba de la democracia ateniense, y decía: “En Atenas hay dos clases de igualdad: está la igualdad de los iguales y la igualdad de los desiguales”.
–Y Sócrates, sí, Justo coincidía con ese pensamiento. Porque quería para todos los argentinos igualdad de oportunidades. Se preocupaba de cómo se traduce esa propuesta, porque es en la práctica cuando se producen hechos peligrosos. No olvide que Justo crece en una república en la cual había profundas desigualdades sociales y él sostiene que no hay democracia social si no existe la política social y la economía social, que son complementarias. Por eso pide igualdad de oportunidades y de condiciones desde el comienzo, que haya igualdad de condiciones desde el comienzo de la vida: buena alimentación, buena salud, buena escuela primaria para todos.
–¿Ese pensamiento no cae en cierta utopía?
–Bien, Justo creía en el dinamismo de ciertas utopías, pero con una pizca de desengaño. Porque, y él lo sabía muy bien, si no hay una pizca de desengaño, las utopías terminan en un régimen totalitario, de izquierda o de derecha. |