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Descubriendo
miami

Empiezan las clases y también los problemas.
Aquí, un ayuda-memoria elaborado por los mejores expertos
para sacarse un diez en la prueba.



Para muchos, Miami es sinónimo de compras, plata dulce, viajes de trabajo, playa y camisas floreadas. Pero lo que ellos no saben es que Miami tiene otra cara. Y que aunque estaba a la vista, –y muy notablemente– vuelve a tener relevancia ante los ojos del mundo y de los propios norteamericanos que comienzan a valorar su patrimonio arquitectónico. Quizá, como consecuencia de las amargas pérdidas tras la furia del Katrina en Nueva Orleáns. Tal vez, por la conciencia que despierta la historia de una cultura que se ha ido consolidando. En medio de un ámbito donde gran parte de la población es latina –especialmente de Cuba–, y en donde se mezclan las distintas tradiciones, las inversiones inmobiliarias y hoteleras se multiplican a pasos agigantados. En ese marco se destaca el arquitecto argentino Jorge Brugo, con una firma de proyectos inmobiliaras de billones de dólares.
Todo acontece muy cerca del Trópico de Cáncer, donde Ernest Hemingway escribió sin pausa desde su refugio de Key West.

Bajo la brisa tropical
El Art Déco presente en South Beach y Ocean Drive es parte de su emblemático retrato, pero hoy denota pura efervescencia: confluyen propuestas combinadas, ligadas a la buena vida, placer y distensión. De diciembre a mayo –la temporada más concurrida– la temperatura oscila entre 16º y 30º, y casi no llueve. Resulta ideal para recorrer y descubrir sus rincones menos conocidos y apreciar la puesta en marcha de estos edificios, protagonistas de una época memorable, que actualmente se alzan en pleno dinamismo. Principios de marzo es época del Carnaval, por lo que hay que planificar la visita con antelación, ya que miles de personas acuden para presenciar durante nueve días, los desfiles. Allí se presenta la elección de la reina –al mejor estilo Hollywood– con programación de conciertos nocturnos en el Orange Bowl, show de patinaje, recitales de jazz, muestras de salsa, funciones de drag queen latinos, y el divertido certamen de cocina de la calle 8th, donde todo sucede a la vez. El ambiente de Little Havana, con sus mercados, música, tiendas y comida cubana, invita a quedarse y escuchar ese singular idioma que es el spanglish. Uno se queda perplejo traduciendo para sí mismo, frases como “te clineo la windowa?”. Entonces se comprende cómo las migraciones van enriqueciendo las culturas o defenestrándolas, al transformar con nuevas maneras de expresión y ocurrencias disparatadas.

Mundo aparte
La manera más sencilla de llegar a SoBe (South Beach) es por la autopista MacArthur, que conecta con la I-95 al norte de Miami Downtown. A la derecha, puede verse el puerto con el movimiento permanente de naves y cruceros de todos los tamaños y procedencias. En esa dirección se verá la pomposa Star Island, isla elegida por ricos y famosos como Gloria y Emilio Estefan, entre otros. La autopista finaliza justo en la 5th Street, pleno corazón de SoBe y comienza el periplo más glamoroso de la región, cargado de reminiscencias de color, neones que dibujan marcas y se integran a la iconografía del estado de Florida, flamencos pintados al borde de los balnearios y una vegetación frondosa, bajo un 90% de humedad, indiscutible.
El barrio ha resurgido con euforia. No es raro sentarse en una de las mesitas de la vereda en la Collins Ave., pedir un Martini, y descubrir a dos metros y detrás de unos anteojos de sol al estilo mouche, a Andy García leyendo el diario. O a Cameron Díaz caminando por Ocean Drive, mientras dos chicas en patines la fotografían para documentar el encuentro. Son cientos los conocidos que deambulan, y otras tantas las celebridades que acuden a eventos, presentaciones, exposiciones y lanzamientos. Nada de eso perturba la tranquilidad de sus bulevares. Del Teatro Leslie, curiosos de las tribus ligadas a la música circulan por este edificio, uno de los ejemplos típicos Déco, con talantes simétricos en forma de escalera. Sus grandes ventanales dejan ver cortinas elegantes y un clima intimista. Enfrente, el edificio de Sony Music.

Fachadas, puertas y color
Quedan en el recuerdo las imágenes del Miami de la tercera edad, donde en aplastante mayoría, personas mayores ocupaban calles y playas o hacían gym en las piletas de los hoteles con esforzado entusiasmo. Hoy, gente de todas las edades se pasea por la ciudad disfrutando del explosivo destino tropical. Las tiendas, la vida nocturna que parece extenderse más y más, y el European Guesthouse son algunas de las atracciones de SoBe. Seguir por las avenidas Michigan, Jefferson, Meridian, Washington, Collins y finalmente la Ocean Drive, merece toda la atención para saborear palmo a palmo sus rincones y adentrarse en los recovecos del Déco. La restaurada Lincoln Rd., centro vital de clubs, discos, bares y restaurantes, forman un abanico coloreado frente al océano. Próximos a fachadas rosas, celestes, amarillas o verde agua están: la Oficina de Correos, en forma de tambor rodeado de cocoteros, con pequeña balaustrada; el Reloj del Tiempo, distintivo de la época industrial, sobre un bloque de ladrillo en rosa Dior, y el edificio del Teatro Wolfsonian, de perfil español. En plena Collins, puede hacerse una pausa en Wish, restaurante vegetariano del The Hotel, y saborear una rica ensalada fresca.
La lista de hoteles es larga: el Tides, cerca del Majestyc, en su esquina baja, surge en amarillo y terracota, con galería balconada y terraza. Muy característico es el Tropics, en tonos arena y naranja, con cartel alegórico de época. Blue Moon es otro paradigma, modernizado por el televisivo Mervyn Griffins. El Teatro Colony, en la Lincoln Rd. –abierto en 1934 para la cadena Paramount– es un admirado ejemplo de este estilo, cercado de grandes macetas y mesas. No muy lejos, el Hotel Delano es una torre blanca que destaca rematada por un penacho en forma de chimenea de barco alada. Su frente en zigzag de ocho caras, deja caer plantas sobre la galería soportada por grandes columnas. Pero el choque se produce de cara al cubo estridente del China Grill, en colores pastel, y mucho más, con formas de torre, cilindro y demás contornos que se alejan de la armonía. Más contrastes en la esquina de la Mansión de Versace: puerta con arco de medio punto, entrada neogótica, tejas, pinos, palmeras, buganvillas, rejas andaluzas, balcones y anécdotas escandalosas creíbles y no tanto. Para terminar el día hay que ir a Bed, en la Washington Ave., y comer recostado al mejor estilo Julio César o Cleopatra. Déco vivo para degustar bajo el cielo de la península más popular y ahora más sofisticada del país del norte.