Actualidad
Historia de vida
Cocina
Tendencia
Homenaje
Predicciones

 

Guardianes Milenarios

Para celebrar los 100 años de la ciudad de Esquel, Chubut, recorrimos el Parque Nacional Los Alerces de la mano de Gustavo Sánchez,
uno de sus guardianes. Anécdotas y leyendas de estas tierras mágicas.



Sabio. El exhibe henchido de orgullo los pliegues que surcan su rostro, quizá convencido de que esas arrugas no dan cuenta del paso de los años sino de los conocimientos adquiridos durante todo ese tiempo. Paciente e imperturbable, se deja mirar y admirar por cada una de las personas que recorren kilómetros y kilómetros con el único fin de conocerlo. Imponente. Desde sus 60 metros de altura, el Laguán (abuelo en mapuche) sigue cada uno de los movimientos que se producen alrededor de sus 2,2 metros de diámetro, con la prestancia que le otorga el hecho de saberse uno de los alerces más antiguos de la zona, guardián de los secretos que arrastran casi 3000 años de vida. Estamos en el corazón del Parque Nacional Los Alerces, a 45 kilómetros de Esquel, la ciudad que celebra su centenario en la provincia de Chubut. Entre cohiués, cañas y helechos aparecen pequeños grupos de alerces, algunos más jóvenes (de apenas un par de siglos) y otros que acumulan varios milenios. En este rincón mágico de la Patagonia –que abarca una superficie aproximada de 263.000 hectáreas– confluyen leyendas, historias y anécdotas gestadas y reproducidas durante largas noches de luna llena y cielo transparente.



Guardián de guardianes

Gustavo, el Gato, Sánchez (rosarino, 40 años) llegó como guardaparques a Los Alerces en 1988. Desde hace un poco más de dos años ocupa la seccional Río Grande en la zona Sur del mismo, cerca del límite con Chile. “Es la última, y antiguamente había una estación de cría de caballos de Parques Nacionales para todos los parques de la Patagonia. Gendarmería tiene una estación de cría para proveer a las distintas secciones de la Cordillera y del centro de la Patagonia. Y hay una zona en la que está permitida la crianza de animales”, cuenta. Sucede que dentro de los límites del parque residen unas 50 familias, descendientes de los primeros pobladores de la región. “Ellos se establecieron aquí a principios del siglo pasado, antes de que estas tierras fueran declaradas en 1937 Parque Nacional”, agrega Sánchez. Por eso tienen un permiso precario de ocupación y pastaje, lo que les da la posibilidad de vivir y criar a sus animales (cierta cantidad autorizada en función de las hectáreas que posean).
Martín Mermoud (68) reside en la zona del Lago Futalaufquen, reserva Los Alerces, donde está al frente de la hostería Quime Quipan. “Mis abuelos maternos venían del lado de Chile y fueron los primeros pobladores, llegaron en 1900. Los paternos eran suizos franceses y llegaron un poco más tarde. No había nada acá y la familia se fue estableciendo. El yerno de mi abuelo, de apellido Tardón, participó en el plebiscito de Holdich (que tuvo lugar en la escuela 18, en 1902 y en el que se decidió que la zona iba a permanecer bajo soberanía argentina)”, recuerda. Y apunta: “Las tierras se van heredando, pero sin ningún derecho. No se pueden vender ni comprar”. De todos modos, Mermoud no piensa en dejar sus pagos. “Uno no se va de acá. El lugar es una bendición de Dios”, resume.



Fantasía y realidad

Más allá de las maravillas naturales que alberga –entre ellas el famoso alerzal milenario, al que se accede por vía lacustre–, este Parque Nacional también es famoso por los mitos y leyendas que turistas y pobladores repiten por lo bajo.
“Leyendas hay varias –reconoce Sánchez entre risas–. El tema es creerlas. Hace poquito empezaron a hablar del ‘cuero’. Lo describen como algo que aparece flotando en los lagos patagónicos y hay algunas versiones que aseguran que tiene uñas en todo su perímetro. Se supone que se come a los animales que están tomando agua. Después hay otra la del ‘barco que viene a buscar a los muertos’. Los días calmos, cuando la superficie está planchada, se ve una estela, como si fuera una línea que cruza el lago. La leyenda dice que es la estela que va dejando el Caleuche. Es una historia típica chilena y hace poco hicieron una película en San Martín de los Andes sobre esto”.
Como reza el refrán popular, del dicho al hecho hay mucho trecho. “Son fábulas que inventan y muchos de los turistas que llegan preguntan por esas historias. Es como el monstruo de Bariloche. En un momento decían que acá también vivía un plesiosaurio pero no hay nada de eso”, asegura Mermoud. Sánchez coincide. “Siempre aparece alguien que jura haberlo visto mas en todo el tiempo que llevo acá, nunca vi nada. Son inventos que se van difundiendo y después nos toca a los guardaparques explicar que no es así. ¡Aunque también los hay que cuentan cada historia!”, reconoce. Creer o reventar. De todos modos, siempre es una buena excusa como para hacerse una escapada y corroborarlo personalmente. Conocer ese maravilloso paisaje justifica la aventura.