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Se cumplen cuatrocientos años del nacimiento de Rembrandt Harmenszoon van Rijn, un genio de la pintura que perdió su nombre y su apellido para siempre, como Rafael o Miguel Angel, y en la Argentina se podrán admirar varias de sus obras, grabados excelsos que habitualmente están en el Rijnmuseum de Amsterdam. No es todo: la reina Beatriz de Holanda, su nuera Máxima Zorreguieta, y sus nietos, y hasta su hijo Guillermo, quien alguna vez será rey, estarán a fines de marzo para inaugurar oficialmente la muestra, que ocupará una de las salas principales del Museo de Bellas Artes.
Será mucho más que uno de los tantos homenajes que se rinden al genio de Leiden en el mundo entero: seleccionados por los profesores de Historia del Arte Marjan Groothuis, holandesa radicada en la Argentina (“por amor. Me enamoré de un argentino y aquí estoy, desde hace cuatro años”), y por Julio Sánchez, se verán, en forma paralela, grabados del genio y obras de artistas argentinos que se inspiraron en obras de Rembrandt, entre ellos, Carlos Alonso, Alicia Díaz Rinaldi, Graciela Azar y Lucrecia Orloff y Arturo Aguiar, Carlos Alonso y Juan Travnik.
–Pero, ¿por qué esos artistas argentinos se inspiran en Rembrandt?
–Ocurre –dice Julio Sánchez– que la influencia de Rembrandt en todos los artistas posteriores a él es tremenda. De algún modo, sus pinceladas y su tratamiento de la luz sentaron las bases del arte barroco y abrieron un camino que luego siguieron los impresionistas, y te diría que todos los pintores, no importa cuál sea su estilo o su escuela.
–¿Picasso? ¿Dalí? ¿Berni? ¿Soldi? ¿Realmente todos?
–Ningún artista plástico puede ignorar a Rembrandt –opina Marjan– Por supuesto, no es el único. Hubo, por suerte, otros grandes, y todos ejercieron y ejercen influencia sobre los artistas plásticos posteriores a ellos. Pero ocurre que, como se iban a cumplir cuatro siglos de su nacimiento, Julio y yo, como curadores, nos dedicamos a organizar la muestra de argentinos que homenajearon con sus obras a Rembrandt.
–¿Cuál es la tarea de un curador?
–Seleccionar las obras. No las de Rembrandt: vienen los grabados que nos presta Holanda –añade Sánchez–. Pero sí la de los argentinos, algunos de los cuales repiten, con su estilo y su técnica, obras de Rembrandt.
Lo que no se presta
Hablar de Rembrandt significa evocar, inevitablemente su obra mayor, o al menos la más célebre: “La compañía de arcabuceros del capitán Banning Cock”, mal llamada La ronda nocturna. Ocurrió que Rembrandt, uno de los mayores retratistas en toda la historia del arte, pintó una escena diurna, llena de luz dorada. Pero con el paso de los siglos, la obra se ennegreció con hollín y se oscureció; algún desprevenido pensó que era una escena nocturna, la llamó La ronda, y el disparate prosperó hasta que limpiaron y restauraron el cuadro.
–¿Y por qué no viene a la Argentina ese cuadro?
–Las obras mayores de Rembrandt no se mueven del Rijnmuseum de Amsterdam. Los grabados que vienen a Buenos Aires son muy valiosos y están asegurados en millones de dólares. Pero, ¿a cuánto ascendería el seguro de La lección de anatomía del profesor Tulp o de La compañía de arcabuceros del capital Cock? ¿A mil millones de dólares? Esas obras no tienen precio, y si lo tuvieran nadie las podría pagar. Además, son obras de grandes dimensiones, difíciles de transportar, por eso Holanda no las presta a ningún museo del mundo.
–Pero…el Guernica, de Picasso, estuvo en París, después en Nueva York, y anduvo paseando por otros lugares del mundo hasta que se afincó en Madrid…y es también una obra gigantesca de varios metros cuadrados…
–Esa obra de Picasso viajó pero ya no lo hace. Vivimos en tiempos difíciles, y nadie piensa que sea posible que se roben esas obras, pero sí que algún loco pueda intentar dañarlas.
Viva la vida
Aunque no hay una cifra exacta de las obras que Rembrandt realizó entre 1630 (cuando comienza su producción principal) hasta 1669, cuando murió, se cree que fue muy prolífico. También fue y es víctima de falsificadores: hizo de verdad alrededor de mil grabados, de los cuales dos mil o tres mil están en posesión de coleccionistas norteamericanos. Era el cuarto hijo de un acaudalado molinero y hombre de negocios, que pretendió para él un futuro de comerciante. Pero Rembrandt tenía su propio argumento de vida, y como haría Mozart casi un siglo después, amaba el arte y la vida nocturna. Tuvo dos mujeres: Saskia, con quien se casó y tuvo cuatro hijos de los cuales sólo sobrevivió el último, Titus; y Enriqueta, primero ama de llaves, luego concubina y modelo de muchas de sus obras.
No hay más que mirar sus autorretratos para conocer la historia de su vida. Los pintó desde muy joven y hasta prácticamente el año de su muerte. Junto con Van Gogh fue uno de los artistas que más autorretratos pintó. Su manejo del color, la pincelada vigorosa y su dominio del claroscuro les proporciona un realismo excepcional. Se retrató como mendigo, como burgués, como San Pablo, como filósofo. Ya, al final de sus días se pintó como sí mismo: austero y sin vanidad. Luego de una vida de excesos y desgracias, terminó en bancarrota.
Se podría decir que, como a todos los genios, los excesos le estaban permitidos. Pero no era lo mismo en la puritana Holanda del siglo XVII que en la convulsionada Francia del siglo XX, en donde Picasso hizo lo propio.
Excesivo o no, Rembrandt dejó obras inmortales. Conviene recordar que el artista holandés está considerado por los expertos como el más grande de los grabadores de todos cuantos han existido. No hay más que visitar la muestra, hasta el 30 de abril, para estar de acuerdo, aunque uno no sea un experto en artes plásticas.

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