A 80 kilómetros por hora en una camioneta, atravesando una playa desierta orgullosa de su arena virgen, de su mar casi transparente, revuelto y feroz, una mole de 54 metros se entretiene apareciendo y desapareciendo entre médanos repletos de arbustos enanos que se sacuden al ritmo de un viento impío que sopla y hace ruido en medio de un silencio ensordecedor. Hace algunos minutos que la 4X4 dejó atrás Mar de las Pampas y Mar Azul, dos de los “nuevos pueblos” de la Costa Atlántica, maravillas de madera y granito sacadas de alguna colonia suiza. De repente, el horizonte se limpia y aparece el tubo hueco de hormigón armado enclavado a 30 kilómetros de Villa Gesell bautizado en 1924 como Querandí. Es uno de los 13 faros habitados de la Argentina, y uno de los tres más visitados de la provincia de Buenos Aires junto con el de Quequén y el de Punta Mogotes. Lejos de ser simples torres que existen para irradiar luz por las noches, estos faros –y la gente que se desvive por ellos– tienen historias que merecen ser contadas.
Querandí es el segundo faro en altura del litoral, apenas superado por el Recalada, de 67 metros, en Bahía Blanca. Sólo cuando uno aprecia el lugar junto a la óptica de la punta del faro descubre la fascinante geografía del alrededor: sin mucho más que arena y mar, la mano del hombre provocó una densa forestación de coníferas y pinos y consiguió que todo el complejo de la Armada (faro, tres casas para los torreros y dos galpones) quedara hundido en el terreno y cercado por un médano gigante que hace las veces de paredón natural contra las inclemencias del viento.
El cabo Nicolás Díaz luce una gorra de la Armada Argentina que para nada hace juego con su mameluco de mecánico gastado. “Pasen, pasen”, dice e invita a entrar a la vivienda destinada a “los rangos más bajos”, como después contará el capitán Oscar Pelayo, autoridad máxima en el lugar. La construcción, de principios de siglo pasado, tiene techos de chapa y paredes duras, mezcla de cascote, adobe, consecuencia inevitable de la pulcritud militar y el resabio de las incontables horas sobrantes.
Nada para hacer, todo por hacer
¿Cómo es vivir en un faro? “Es tranquilo, pero te tiene que gustar sí o sí. Acá no se hace mucho… La única función que tenés que cumplir como sea es la del encendido y apagado del faro. Pero más que nada el arranque. Si el sol baja a las siete de la tarde, a las seis hay que estar a pasos del faro”, dice Díaz, quien con sólo 27 años cuenta con 13 en la fuerza, una esposa y un hijo de tres años.
Pelayo, que suma casi 30 años de experiencia, ratifica y agrega: “Durante el día se planta, se pinta, algunos escuchan música con una radio portátil, otros tocan la guitarra. Es cierto: vivimos sólo para el faro”, –hicieron un convenio con Tersuave para la provisión de pintura–. Además del Querandí, desde 2004 se pintaron los faros de Cabo Vírgenes –el más austral del mundo en el continente y con más de 100 años de antiguedad–, y se realizarán tareas de restauración en el faro de Punta Médanos y en el más austral del mundo, el Les Eclaireurs, ubicado en una isla sobre el canal de Beagle. Paralelamente, se harán trabajos en el Stella Maris, en Entre Ríos.
“Los faros de la Argentina pertenecen a la República y son mantenidos por la División Balizamiento de la Armada. Nuestro cuerpo es sólo una pequeña parte de la fuerza, y las partidas son limitadas”, reconoce Pelayo. Los números no dejan mentir: aunque ser torrero es una carrera dentro de las muchas que ofrece la Armada, son sólo 150 los hombres que se encuentran en actividad, y las funciones que realizan van desde lo administrativo hasta lo operativo. Pero, ¿todos los faros hacen lo mismo?
Luces, destellos y señales
¿Para qué sirve un faro? La pregunta parece ingenua, pero la respuesta puede no serlo, en principio, porque no todos cumplen la misma función y hasta tienen un destello o señal distinto para cada uno. Hay tareas distintas según su ubicación y geografía. Mientras que algunos sólo señalan que allí donde nace la luz hay tierra (como el Querandí), en otros casos pueden indicar accidentes geográficos que los capitanes luego estudiarán a fondo en las cartas de navegación (Mogotes). Y una función más: pueden hacer las veces de indicadores de entrada a un puerto específico (Quequén).
Visitas, visitas, visitas
“Distinto es en verano”, sentencia el cabo Díaz y desvía la atención hacia uno de los temas centrales del faro: su atracción pública. El Querandí es el segundo faro más visitado de la Costa Atlántica. Entre diciembre y marzo recibe alrededor de 800 personas por día. “Con lo que juntamos armamos fondos especiales que generalmente destinamos a mantenimiento”, asegura Pelayo, quien tiene grabada en su memoria los récords de recaudación: “El 2002/2003 fue tremendo. No parábamos de recibir gente. ¡Hasta 1.200 personas por día!”.
La noche sobrevino en un santiamén y lo cubrió todo de oscuridad, frío y desolación. Los hombres de la Armada sugieren que no hay que demorar más tiempo si lo que se pretende es llegar al centro de Villa Gesell en menos de 40 minutos. “Durante la noche este camino es peligroso”. No hay necesidad de ser un experto para saberlo: volver por el mismo lugar exige luz. En la noche, sólo se observan formas. Los colores son oscuros y borrosos. Todo es borroso. La única luz que está adelante es la de los faroles de la 4x4. A la izquierda, los médanos se entremezclan con los arbustos y algún que otro animal. A la derecha, el mar con su ruido y sus olas y su rompiente infinita. La imagen descansa la vista hasta que de repente ¡pum! Una de las olas se torna fluorescente cuando se despedaza contra la playa. ¿Habrá sido un efecto óptico? Enseguida otra ola más. Y otra. Finalmente Pelayo cuenta: “Toda esta zona es virgen completamente, y algunas noches el agua tiene una alga muy especial que le da ese resplandor flúo a las rompientes. Si se intenta agarrar alguna te da como electricidad. Es muy raro”.
El sueño trunco de Mogotes
“La gente viene hasta acá y nos pide que le dejemos conocer el faro con sus hijos, como lo hicieron con su abuela cuando eran chicos. Pero les tenemos que decir que lo sentimos mucho, que no podemos dejarlos. La situación es complicada porque algunas familias vienen de Jujuy, algunos descubren el mar por primera vez, y se tienen que ir así, sin conocer el faro”. El textual pertenece al responsable del faro de Mar del Plata, el oficial Eduardo Misermont, quien desde hace 24 años presta sus servicios en los faros nacionales. Sus compañeros lo describen como “un tipo muy comprometido con su trabajo” y aseguran que “al que mandan a Mogotes lo están premiando”. Se entiende, es el faro urbano por excelencia. Está enclavado en medio de la ciudad y además, se les permite vivir con su familia.
Del faro se puede decir que fue inaugurado en 1891. Su fin es el de advertir sobre unos fiordos semisumergidos en esta punta del Mar Argentino. La torre data de fines del siglo XIX y lo curioso es que fue comprado a una empresa francesa que, antes de trasladarlo en barco hacia Mar del Plata, armó la intrincada arquitectura de hierros en París. Sí: nació en París, durmió durante meses en un barco y cobró vida nuevamente aquí, en la Costa Atlántica.
El tacto de Quequén
Aquí, en Quequén, hay que entender la función del faro. Es la principal guía de entrada y salida al puerto, el tercero más activo del país luego de Bahía Blanca y Buenos Aires. Para entender lo que hace, hay que tener tacto.
Luego de varios años de zozobra, en 1922 el Puerto de Quequén tuvo su primer año de actividad y despachó 16.845 toneladas de cereales en 85 buques. Al finalizar aquel exitoso debut como dársena, se hizo evidente la necesidad de que hubiera guías para la entrada y la salida de los barcos. El faro surgió algunos meses después y desde ese momento su actividad no cesó. Incluso más: se propagó y multiplicó. Para explicar eso, claro, nadie mejor que el capitán José Martí, un agrimensor que a los 30 años, ya recibido y ejerciendo su profesión, quedó encandilado “con la publicidad del ancla”. “En esta delegación somos ocho personas. Las tareas que se realizan en Quequén son bastante diferentes de las del resto de los faros, porque también tenemos a cargo las distintas balizas del puerto”, recalca Martí.
Las balizas del puerto de Quequén son una invención casera de Martí. “Cuando me asignaron aquí, a Quequén, una de las prioridades era que hiciera una evaluación de las balizas que ha cían falta comprar para mejorar los accesos al puerto”, explica. La forma de abaratar costos para Martí fue construir él mismo un sistema de luces. En poco tiempo, reemplazó las balizas rotas u obsoletas, valuadas a nuevo en U$S 4.000 cada una, por luces que diseñó con lamparitas convencionales. “Cada una me terminó costando $ 16”, dice. Y con un guiño canchero agrega: “Parece que le arruiné el negocio a alguno”.
El faro de Quequén, como el de Mogotes o el Querandí, cumple con su función de iluminar. Los que se desviven por ellos, gustosos de ver que otra noche ha llegado y nada ha sucedido más que lo que debía acontecer, no se permiten sorpresas y pispean los destellos para certificar que el faro, ese tubo de hormigón hueco, entienda el mensaje y no traicione. Así pasan los días. Así pasan las horas, y los minutos de muchas vidas que, por cierto, merecían ser contadas.N |