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Roxana Carabajal
La
heredera

A fuerza de talento, Roxana continúa con éxito el legado familiar. Con su folclore a cuestas, deja sus huellas dentro de la música argentina. Aquí, la historia de una mujer con pasado doloroso, pero
futuro prometedor.


Soy latido, soy tu bombo, hija única en tu tierra. Voy camino hacia tu abrazo, soy mujer, soy chacarera”. Acaso la frase represente algo más que el estribillo de Latido, una de las canciones que Roxana Carabajal compuso para su último disco. Acaso, permita bucear por la intimidad de una artista que, desde hace seis años, abandonó el amparo de un apellido con pergaminos dentro de la música argentina.
Mal no le fue: desde que inauguró su etapa como solista, la Carabajal editó tres compactos, se ganó un lugar en el mundo del folclore y, en febrero de 2005, conquistó la Gaviota de Plata a la mejor intérprete en el Festival Internacional de Viña del Mar (monstruo de la Quinta Vergara mediante).
Con look casual, porte melancólico y una paz made in Santiago del Estero, Roxana nos recibe en su búnker, a cuadras del Obelisco. Allí no sólo se entusiasmará con su presente, sino que también desnudará un pasado que supo de alegrías, pero también de decepciones.

Primeros acordes
Amor, sangre y silencio, su última producción discográfica, es la excusa perfecta para dar el puntapié inicial. “Es el trabajo más auténtico y personal; cuento mi historia, lo que aprendí y cuánto maduré. Además, incluyo ritmos que no son tan folclóricos”, diferencia de sus dos primeras entregas Astilla (2000) y Fe (2001).
Como buena santiagueña (aunque, en realidad, nació en Buenos Aires, un 21 de junio de 1973), sus pasos fueron pausados; pero a quien madruga... “La primera vez que me subí a un escenario tenía ¡5 años! Fue a fines de los ‘70, en la época en que toda la familia venía a probar suerte a la gran ciudad. Una noche, en una peña en Ramos Mejía, no llegaban los Carabajal y ¡no sabían como llenar el escenario! Entonces, mi papi Carlos me dijo: ‘Roxana, cantá conmigo una chacarera’. Y me mandé a cantar La Telesita, a viva voz, feliz y ¡fue un furor!”.
Estaba predestinado: Roxana escribiría otro capítulo dentro de la dinastía Carabajal. Un libro que enriquecieron autores como el legendario Carlos, Cuti, Roberto y Peteco; y que ahora cobra perfume de mujer.
Durante la adolescencia, y de la mano de Peteco, fue que comenzaron a soplar los primeros vientos de profesionalismo. Con tan sólo 17 años, Roxana empezó a recorrer el país a fuerza de giras y conciertos. Como todo, tuvo su final. “Independizarme de mi tío fue un gran cambio, pero se dio naturalmente. Me preparé durante 10 años al lado de quien me enseñó y aprendí mucho. Cada pueblo que visitábamos me pedía que me largara como solista. Por eso creo que yo no busqué las cosas, sino que me llegaron de una manera que no esperé, ni imagine.”
A pesar de que ahora las responsabilidades recaen sobre su espalda, Roxana reconoce que tomar el timón no fue para nada traumático. “Fue en el momento justo. Muchos me dijeron que tendría que haber sido antes, sin embargo, no me apuré porque no me interesaba ganarle la carrera al tiempo. Una vez, en Cosquín, canté el gato El bailarín de los montes y la plaza entera me ovacionó. Sin embargo, nadie quiso hacer un negocio conmigo y yo seguí mi camino, tranquila, aprendiendo, trabajando y esforzándome”.

Chacarera triste
Hubo un click, un momento determinado, en el que Roxana decidió componer y agregarle un plus a su papel como intérprete. Ella explica el porqué: “Sentí una conexión con la guitarra que antes no tenía. Comencé a investigar, a jugar y a escribir cosas que necesitaba decir, pero dudaba darlas a conocer. Cuando me preguntan si mi apellido representa un peso para mí, creo que sí lo sentí a la hora de escribir mis temas”.
Un hecho trágico le dio el impulso final. “Me animé después del asesinato de La Dársena (NdR: el 6 de febrero de 2003, a 12 km de Santiago, se encontaron los cuerpos de Patricia Villalba y Leyla Bshier). Y nació el tema Sangre y silencio, desde un lugar de desazón y desgarro. Se lo dediqué a Olga, la madre de Patricia, al ver su sufrimiento… ¡Pero no me animaba a mostrarla! Hasta que Peteco la escuchó y me dijo ‘Si es lo que te surgió de tu corazón, desde lo más profundo de tu alma, jugate’”.
Sin dudas, el desconsuelo es su principal fuente de inspiración. Nada es casualidad. Parafraseando a León Gieco, la infancia de Roxana no llegó a ser un monstruo, pero pisa fuerte en ella. “En el escenario trato de abrirme y emanar felicidad, pero a la hora de componer, me aparece la contradicción, la soledad y el sufrimiento. Se lo atribuyo a una parte de mi historia, muy íntima, de la que me cuesta salir. Una cosa oculta que llevo en mi interior. Es que en mi infancia hubo un hecho que me marcó mucho”, adelanta y resultará inevitable preguntarle cuál fue ese suceso.
A modo de introducción podemos decir que aunque Roxana se refiere a Carlos y Zita Carabajal como “sus papis”, en realidad ellos son sus abuelos. “Lo que pasó es que mi madre biológica, Graciela, me entregó a una familia. Mis abuelos se enteraron de mi existencia cuando yo tenía tan sólo nueve meses y, prácticamente, me secuestraron y me llevaron a vivir a Santiago. Es como que ahí volví a nacer. Ese hecho marcó una especie de no sé… algo adentro mío que hace que me sienta más identificada con las cosas tristes que con la alegría”. Con los años, Roxana conoció a su verdadero padre, con el que nunca más tuvo contacto. ¿En cuanto a Graciela? “Para mí es como una tía porque yo me crié con mis abuelos. Los años han hecho que fuera algo natural. No guardo rencores, ni mucho menos. Lo tengo asumido. Considero haber tenido una infancia feliz con mis abuelos y eso lo supera todo. Pero tengo esa otra parte que me pega, porque hay una sangre que tira y que no termino de cerrar”.

Catarsis sobre el escenario
Allí Roxana mitiga al dolor. Allí vibra, se emociona y transmite la energía de la chacarera que tanto ama (no por nada, el mismo Gieco la definió como “la chacarera hecha mujer”). Un sentimiento sólo superado cuando recibe el abrazo de su pequeño hijo Lautaro, a quien tuvo con su ex marido Sebastián.
A lo largo de la charla, insistirá en remarcar lo diferente que es su vida en Bs. As. Cierra los ojos y se sueña en el barrio de Los Lagos, en La Banda, su Santiago. “He nacido y crecido en un patio de tierra. Vivíamos con mi papi, mi mami y mis dos hermanos en la casa de mi abuela Luisa. Yo salía del dormitorio y a las 7 de la mañana ya estaba rodeada de cantores y violinistas. ¡Era una fiesta!.”
–¿Tu realidad musical responde más a un legado familiar que a una elección personal?
–No lo sé, porque de muy chiquita me fui envolviendo con esa tradición de poesía y composición. Al empaparme de esa idiosincracia, no quise saber nada de dejar todo esto que es tan místico. Aunque, alguna vez, se me pasó por la mente hacer otra cosa.
–¿Como por ejemplo?
–¡Profesora de educación física! (se ríe). Es que, al principio, uno no sabe si podrá vivir de la música; hoy estás, mañana no. Y te diría que no es una cuestión de talento, sino de suerte y carisma.
–¿Con qué soñás?
–No tengo grandes ambiciones. Lo mejor es ir paso a paso. Me siento muy afortunada de ser lo que soy. Mi única responsabilidad es mantener la lucha de los Carabajal para que la chacarera sea aceptada a nivel nacional. Por lo demás… agradezco a Dios tener un espacio dentro del cancionero popular argentino y de que me acepten como una cantora más.