Esta vez es el turno de la historia. Una propuesta diferente para aprovechar el fin de semana largo y redescubrir los secretos de los antiguos pobladores de nuestro país.
El fin de semana largo invita y los argentinos aprovechamos. ¿Qué mejor que buscar una vuelta de tuerca y transformar esa tradicional escapada en algo más que un simple paseo? En esta oportunidad la propuesta busca acercar turismo e historia. ¿De qué se trata? La ruta de los jesuitas, un recorrido por las ruinas, los centros educativos y las estancias que poblaron los integrantes de la Compañía de Jesús en su paso por la Argentina.
Córdoba. Entre las calles Obispo Trejo, Duarte y Quirós, Caseros y la avenida Vélez Sarsfield se encuentra la Manzana Jesuítica, donada en 1599 por las autoridades del Cabildo a la Orden Jesuita. Allí construyeron la Capilla doméstica, la Iglesia de la Compañía, la Universidad y el Colegio Monserrat. “Los jesuitas no creaban ninguna institución que no tuviera una forma de financiamiento propia –señala el doctor Ernesto J. Maeder, investigador superior del Conicet y miembro de la Academia Nacional de Historia–. Las estancias eran las empresas que podían dar un rédito suficiente con el cual sostener este tipo de instituciones”. Alrededor de la sede cordobesa, entonces, se erigieron las famosas estancias jesuíticas que hasta el día de hoy se pueden visitar: Santa Catalina, Jesús María, Caroya, Alta Gracia y La Candelaria. Estos enormes establecimientos agroganaderos se organizaban en torno a una iglesia o capilla y es tal su importancia, que a fines del año 2000 fueron declaradas Patrimonio Histórico de la Humanidad por la UNESCO junto a la Manzana Jesuítica (en 1941, el gobierno nacional había declarado Monumento Histórico a los cascos de estancia).
A 44 km al norte de la ciudad de Córdoba, por la Ruta Nacional 9, nos encontramos con la estancia Caroya, fundada en 1616. Durante la guerra de la Independencia (1814-1816) se convirtió en fábrica de armas blancas y más adelante fue donada al Colegio Monserrat, por lo que pasó a ser lugar de veraneo para sus estudiantes, entre ellos, Juan José Paso, Nicolás Avellaneda y los hijos del Virrey Liniers.
Cuatro kilómetros más al norte, aparece la estancia de Jesús María (1618). Allí vivían los aborígenes asalariados y alrededor de 300. ¿Su especialidad? La producción de lagrimilla, un vino que se convirtió en el primer vino americano en llegar a la mesa de Felipe V. Desde 1946 funciona como Museo Jesuítico Nacional, y allí atesoran una gran colección de objetos artísticos y documentos de la época.
La tercera fue la estancia de Santa Catalina (1622). Se encuentra a 70 km de la capital cordobesa y es la más grande de todas. Hay que pedir permiso para recorrerla, ya que gran parte de sus habitaciones están ocupadas. En la antigua ranchería hoy funciona una típica pulpería en la que se pueden degustar exquisiteces regionales.
A 36 km al sudoeste de la ciudad está la estancia de Alta Gracia, fundada en 1643. Aunque la agricultura y la ganadería fueron su especialidad, también tuvo producción textil. La iglesia presenta una particular fachada sin torres, algo muy poco habitual en Latinoamérica. En lo que era la residencia funciona el Museo Nacional Casa del Virrey Liniers.
La Candelaria fue la última estancia, fundada en 1683. A diferencia de las otras, tuvo que enfrentarse con el asedio de los malones, es por eso que se asimila a un fortín, con murallas perimetrales y una única puerta de acceso.
Corrientes. “Las misiones jesuíticas eran pueblos organizados en torno a una plaza con una iglesia y un edificio en el que se ubicaba la residencia de los padres y los talleres. Alrededor de la plaza, se agrupaban barrios de casas largas en los cuales había viviendas individuales y convivían distintas familias indígenas –relata Maeder–. Originariamente eran edificios de madera y adobe con techos de paja que, por los reiterados incendios, fueron reemplazados por tejas cocidas”. En Corrientes las misiones ocuparon cuatro localidades: Yapeyú, La Cruz, Santo Tomé y San Carlos. La primera fue una de las más grandes e importantes; en la segunda podemos ver el único reloj de sol que sobrevivió a las misiones; y en San Carlos, 9 km antes de llegar a la frontera con Misiones, nos encontramos con la reducción que más restos conserva.
Misiones. Las ruinas de los pueblos que conformaron las Misiones Jesuíticas Guaraníes fueron declaradas Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO en 1984. La primera de las reducciones que encontramos en la provincia de Misiones es Santa Ana, a unos 40 kilómetros de la ciudad de Posadas. A pesar de los avances de la selva, se distinguen la plaza central, la iglesia, las viviendas, los talleres y el cementerio. En la localidad de Loreto se ubican las ruinas de la misión de Nuestra Señora de Loreto, de la que quedan pocos testimonios. Fue uno de los pueblos jesuíticos más importantes por su gran producción de lienzos y yerba mate; además, contó con la primera imprenta de la época. A 63 km de Posadas, en plena localidad de San Ignacio, divisamos los restos de los gruesos muros rojos de la reducción San Ignacio Miní. Allí se puede disfrutar de un magnífico espectáculo de luz y sonido que recrea la vida cotidiana las misiones. También están bien conservados los muros de la misión de Santa María, en el departamento de Concepción. Una secuencia de plazas y plazoletas la distingue de las otras reducciones de la región.
San Juan y Tucumán. Aunque Córdoba, Corrientes y Misiones son las provincias que tradicionalmente se asocian con la ruta de los jesuitas, no son las únicas que albergan las huellas del paso de la Orden por nuestro país. En la ‘tierra del sol’ hay que llegar hasta la localidad de Aschango para conocer la capilla jesuítica que data del año 1665 y que, como particularidad, posee piso de tierra recubierto con alfombras tejidas. Con el fin de evangelizar a los indios lules, en 1670 se creó una misión jesuítica a orillas del río que lleva el mismo nombre en Tucumán. La iglesia de la localidad posee un museo con documentos históricos, planos y restos de vasijas de los jesuitas.
LA TIERRA SIN MAL Por Pacho O’Donnell
En 1609, el cacique Arapisandú se presentó en Asunción para pedir audiencia al gobernador. Reclamaba sacerdotes jesuitas para reducir y adoctrinar a su pueblo. El lúcido jefe indígena, convencido de la inevitabilidad inminente de que su pueblo fuese reducido por algún encomendero español, eligió que dicha tarea no estuviese a cargo de algún "pacificador" codicioso y bestial. La orden de San Ignacio de Loyola había llegado al Río de la Plata en 1585 para reducir a los "guaraníes" en el Litoral. Los jesuitas estaban
convencidos de que la evangelización era lo esencial de la Conquista y que los indígenas merecían un trato digno y la posibilidad de educarse. El gobierno de sus misiones estaba, supuestamente, en manos de los indios que conformaban un cabildo de alcaldes y regidores presididos por un corregidor, aunque sus decisiones debían ser aprobadas por un jesuita, el padre Rector. En cada misión había una escuela, los sacerdotes aprendían guaraní y allí se hablaba y se enseñaba en la lengua de los naturales del lugar. Tal eficiente organización no pudo tener otra consecuencia que el rendimiento económico de los "pueblos" jesuíticos fuese muy elevado. Ello generó un excedente financiero que permitió a la Orden participar de importantes emprendimientos comerciales e industriales. Es de destacar el desarrollo cultural alcanzado por las misiones, del que quedan valiosos edificios, retablos, esculturas y pinturas. También obras musicales. La primera imprenta que existió en nuestro territorio fue allí fabricada por jesuitas e indígenas. Pero también organizaron ejércitos con cañones y arcabuces que derrotaron repetidas veces a las fuerzas luso-brasileras y que en 1705 respondieron al llamado de José de Garro, gobernador de Buenos Aires. Pero las cosas no se presentaron fáciles: por un lado la inquina de gobernantes, obispos y comerciantes retrógrados, que los celaban y que alarmaban a la Corona ibérica con informes sobre ese "imperio dentro de otro imperio", donde ni siquiera se hablaba el castellano y que no respondía al rey de España sino al Papa. Por otro, estaban los "bandeirantes", bandas organizadas de asaltantes que desde Brasil se internaban en tierras "guaraníes" para capturar indígenas y venderlos como esclavos. Finalmente las misiones serían entregadas a los portugueses y los indígenas exterminados y esclavizados a pesar de su heroica resistencia debido a que en el "Tratado de Permuta" de 1753, España las cedió en un acuerdo favorable para Portugal. Ello no impidió que el enclave en la banda oriental del Río de la Plata continuara en poder de Portugal, lo que obligó al gobernador Pedro de Cevallos a ocuparla por la fuerza en 1762, aunque nuevas negociaciones diplomáticas, esta vez en París, obligaron a su devolución en el año siguiente. Finalmente el Tratado de San Ildefonso, del 1º de octubre de 1777, otorgó la posesión definitiva de la colonia a España. Los jesuitas serían expulsados del Río de la Plata y de todas las colonias americanas por decisión de Carlos III, quien no toleró tanto poder dentro de su reino, y para ello se designó gobernador de Buenos Aires a Francisco de Paula Bucarelli, quien cumplió la orden con energía en 1766. Por entonces la "tierra sin mal" de guaraníes y jesuitas era un indignante páramo de destrucción y muerte.
Por Einat Rozenwasser / Fotos: revista Nueva y gentileza Secretaría de Turismo de la Nación y Agencia Córdoba Turismo
1. En las cercanías de la ciudad de Posadas, Misiones, se conservan las ruinas de algunas de las reducciones de las Misiones Jesuíticas Guaraníes. Fueron declaradas Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO en 1984. 2 y 3. La vista de una de las galerías y el parque de la estancia Santa Catalina, en Córdoba. 4. Las ruinas de la fachada de la estancia de Alta Gracia, en Córdoba.
“Las estancias daban rédito suficiente como para sostener las misiones jesuíticas”.
Arriba, la estancia La Candelaria, en Córdoba. A diferencia de las otras, está rodeada por un muro y tiene una sola puerta de ingreso. Abajo la pionera, Casa Caroya.
1. Atardecer en la estancia de Alta Gracia, en Córdoba. 2. Un gran porcentaje de las habitaciones de la estancia Santa Catalina, en Córdoba, todavía se encuentran habitadas.