Tiene el entusiasmo de una adolescente y la lucidez que aportan los años. También tiene talento, simpatía, el pelo rojo y el tatuaje de una lagartija en su brazo derecho. Rosa Montero es una mujer sin edad, pero llena de fábulas en su cabeza, y cuadernitos en la cartera. De allí, nacen las historias que cada tres años vuelca en papel, así como las columnas que semanalmente escribe para el diario El País, y cada mes en el diario francés Liberation. Todo aquello que llame su atención, ella lo apunta en su libreta: una imagen, una frase o cualquier cosa que la inquiete y se encienda en su cabeza. Y entonces… “te inventas una historia”, cuenta. “Una novela mía nació de una frase, de repente se encendió en mi cabeza la frase: Hay un momento en que todo viaje se convierte en una pesadilla, y me inquietó tanto que escribí Bella y Oscura”. Algo cansada de las giras de promoción, asegura que está decidida a hacer un cambio en su vida: “Es que cuando mejor te va es cuando peor la pasas”, ironiza. Aun así, la Argentina, tiene para ella un sabor especial, porque aquí se siente como en casa. Para su mirada crítica y experta, estamos cada día mejor, al menos de la última vez que vino, en el mes de octubre. Esta vez, la trae la promoción de la Historia del Rey Transparente, una novela mágica que cuenta la vida de Leola, una campesina adolescente, del siglo XII, que debe disfrazarse de caballero para sobrevivir en una época de guerras y cruzadas. Ya desde el primer renglón, Leola manifiesta un tono desafiante cuando escribe: “Soy mujer y escribo. Soy plebeya y sé leer. He visto en mi vida cosas maravillosas. He hecho en mi vida cosas maravillosas. Durante un tiempo el mundo fue un milagro. Luego regresó la oscuridad.”
En esta historia, que sirve de telón de fondo para “iluminar un poco la oscuridad del corazón humano”, Rosa Montero se da el lujo de vivir otras vidas y aprender con humildad lo que cada personaje le va enseñando.
–¿Cómo nació esta historia?
–Pues, porque uno no escoge las historias que cuenta, sino que estas te escogen a ti. Es como soñar con los ojos abiertos. Y de la misma manera que no puedes escoger lo que sueñas por la noche, pues tampoco puedes hacerlo con estas imágenes que aparecen. La Historia del Rey Transparente apareció como una imagen.
–¿Cómo era esa imagen?
–Vi a unos campesinos trabajando la tierra. Medievales. Arando con la fuerza bruta, allí sufriendo, viviendo una vida embrutecedora. Y en el campo de al lado vi varios cientos de hombres de hierro, pegándose mandoblazos, empujándose y matándose. Yo estaba entre los dos campos, capaz de ver el sudor de los campesinos y escuchar sus imprecaciones, así como la sangre de los guerreros. Estas imágenes se encendieron con tanta fuerza, que fue como una visión.
–¿Y por qué en un escenario medieval?
–Hace unos años me dio una pasión lectora por la historia medieval y durante dos o tres años, leí muchísmos libros de esa época, así como textos de autores medievales, como Chrétien de Troyes y Cristina de Pisán. Yo estaba en ese hábitat mental, por eso el huevecillo de la novela se fechó en el siglo XII, que fue, además, un siglo de frontera, en donde hubo una explosión de modernidad, de luz y de progreso tremenda y un salto del mundo hacia adelante.
–¿Es una casualidad que la novela hable de cruzadas y guerra de religiones y de temas tan actuales?
–No creo que sea una casualidad, pero no lo he elegido yo deliberadamente. Así como los sueños se impregnan de cosas que te han pasado durante el día, de lo que preocupa y demás, bueno evidentemente las novelas simbolizan el inconsciente de alguna manera.
–¿Cuáles son los puntos en común entre el siglo XII y los tiempos que corren?
–Este período, que duró un siglo y pico, fue una lucha entre ese impulso de modernidad y también, de represión. Claro, esos saltos de progreso tan grandes levantaron en su contra una fuerza reaccionaria. Bueno, ahora mismo resulta que estamos en un momento muy parecido, casualmente, porque es un mundo de trincheras en donde también hay un enorme impulso de progreso con todas las tendencias para superación de los nacionalismos, que han sido siempre tan carniceros.
–Y también la democracia….
–Sí. En el siglo XX ha habido como 70 países que entraron en diversos estados de democracia. O sea que ha habido un progreso enorme, contrarrestado efectivamente, por todas las fuerzas integristas por la añoranza de la tiranía. Y el integrismo no es solo islámico –que lo es y muy peligroso–, sino que también hay otras formas de integrismo, como por ejemplo, el hipernacionalista, que ha creado esas carnicerías espantosas como la de Yugoslavia. Estamos en un mundo muy semejante al de la Edad Media.
–Y aun así ¿se puede decir que el hombre ha progresado?
–Sí, el ser humano es siempre el mismo pero, de alguna manera, ha logrado instaurar la democracia. La paradoja es que éste es un sistema pesimista, porque está basado en la desconfianza en el ser humano, por eso intenta crear unos acuerdos globales, tomados libremente por todos, para contrarrestar y poner límites a los excesos…
–¿Al Leviatán?
–Sí, al Leviatán. La conciencia colectiva ha creado marcos para ser mejores. Y hay avances obvios, aunque sean pequeños para lo que querríamos en el mundo: la esclavitud y la tortura hoy son una aberración. No quiere decir que no existan, pero son condenadas y perseguidas legalmente. Hasta el siglo XVIII, tú venías al mundo y podías pensar que dentro de tu paisaje vital estaba la tortura y era una cosa normal. Todo eso son logros de ese impulso colectivo de ser mejores.
Escribir es fabular
Rosa Montero escribe desde que tiene memoria. Hoy, la escritora de cuentos y novelas, reparte su tiempo con la periodista que cada semana difunde una mirada crítica y poética de la realidad, al punto que, para muchos, sus columnas prácticamente constituyen un nuevo género literario. Aunque se manifiesta expresamente caótica, conoce al dedillo sus tiempos de inspiración. “Si tengo que escribir algún artículo, pues lo planifico por las mañanas porque escribo mejor por las tardes. Pero, de lo contrario, me pongo de lleno con la novela”, cuenta.
–¿Cuándo decidiste que querías ser escritora?
–Pues, es que eres escritor porque eres escritor. Ni decides serlo, ni es algo que en un momento se te ocurre. El otro día leí una entrevista a J.K. Rowling, la creadora de Harry Potter, que contaba que su primera novela, la escribió con 6 años, y era de un conejito que hablaba. Yo, mis primeros cuentos los escribí a los 5 y eran sobre ratitas que hablaban. Es absolutamente normal que los novelistas hayamos empezado a escribir de niños. Tan de niños que yo, desde que me recuerdo como persona, me recuerdo escribiendo. Escribir, forma parte de lo que soy. Porque no se escribe solo físicamente, sino que, sobre todo, se hace desde aquí (se señala la cabeza). Es una fabulación constante. Muchas veces, –te diría que el 80% de las veces o más– esas fabulaciones no terminan en el papel. Pero eso, eso es escribir.
–¿Todos los niños tienen esta capacidad de fabulación?
–Yo creo que sí. Que todos, desde pequeños, hemos vivido entre lo real y la fabulación. Lo que sucede es que el proceso de sociabilización y educación pasa por coartar eso, porque “hay que es ser adulto”. De alguna manera los novelistas no hemos madurado. Seguimos igual…
–¿Cuánto tiempo lleva escribir una novela?
–Yo tardo, en promedio, tres años desde que se me ocurre ese huevecillo. En el primer año y medio, me la paso tomando notas en miles de cuadernitos que llevo a todas partes. Como soy muy caótica en mi vida, le doy mucha importancia a la estructura de la novela. El huevecillo va creciendo –en mi cabeza y en mis cuadernos– y voy haciendo mapas de la estructura de la historia, fichas de los personajes, etc. Al año y medio, tengo toda una planificación: ya sé que la novela va a tener 52 capítulos y lo que va a haber en cada uno, entonces me siento frente al ordenador, por otro año y medio más. Y quizá, en vez de 52 capítulos termina teniendo 67 o uno de los personajes que tenía que llegar hasta el final se muere en el capítulo 43. La historia va cambiando constantemente.
–¿Como si tuviera vida propia?
–Totalmente. Y tú vives dentro de eso, sabes. La novela es una experiencia vital y va desarrollándose y te va sorprendiendo y te va llevando por sitios que tú conscientemente no tenías previsto.
–¿Y para eso son buenos los horarios y las rutinas?
–No para mí. Porque yo trabajo muchísimo, pero soy tan claustrofóbica que detesto hacer lo mismo cada día. Te diré que ni me levanto siempre a la misma hora.
–¿Qué consejos le daría a alguien que se quiere dedicar a escribir?
–Lo primero, que no espere vivir de la narrativa. Hay mucha gente, jóvenes por lo general, que hacen lo posible por dejarlo todo y dedicarse a escribir. Este es un error inconmensurable.
–¿Por qué?
–Porque la novela debería se un ámbito de libertad. Ya bastantes expresiones tiene del mercado, todos esforzándose por entrar en las listas de las súper ventas. Y, además, está tu madre que te llama para decirte “hija, has bajado al cuarto puesto”, y eso es bastante duro. Hay que hacer una gimnasia mental diaria para lidiar con eso y, si encima hay que vivir de lo que escribes, está claro que no vas a ser libre. Menos aún si debes pagar la hipoteca, la comida y eso…
–¿Cuál es el secreto, entonces?
–Vivir de otra cosa y ser humilde en tus aspiraciones de vida económica. Si quieres ser rico, hazte notario, pero no novelista. Hay que buscarse algo con lo que pagues las cuentas y que deje el máximo tiempo posible par escribir. Y luego, leer y escribir. Escribir muchísimo en un filo muy delicado entre la ambición literaria y la confianza –o esperanza– en uno mismo. Y pensar: “Voy a escribir una novela maravillosa, la mejor que se haya escrito”. Porque hay que aspirar a una novela maravillosa para poder hacer siquiera, una mediocre. Si no ansías al máximo no harás nada. Es como un faro, a lo lejos… algún día se llegará.
–¿Llegará…?
–La novela es un género de madurez, un camino de conocimiento. Mucha gente es tan ambiciosa que pretende desde la primera novela, escribir El Quijote. Y eso no es así. Hay que ser humilde en lo real, y ambicioso en lo aspiracional.
–¿Y cómo lidiar con el crítico interior?
–En la gente que escribe, lo que es una verdadera plaga, es enamorarse de sus propios textos, y no cortarlos. Pues no, justamente hay que ser salvaje y tirar y cortar.
–¿Y, luego?
–Crecer y reflexionar. Aprender a vivir, no como una maleta que se va cargando, sino reflexionando sobre el por qué de las cosas, de las personas, de los hechos humanos. Vivir con conciencia del vivir.
–¿Ya comenzó a gestarse el huevecillo de la próxima novela?
–Sí, ya está ahí, creciendo. Creía que esta vez se iba a tratar una novela muy sencilla y estaba contentísima, porque La Historia del Rey Transparente ha sido muy compleja, de hecho, la más ambiciosa que he hecho. Me enorgullece que esa complejidad no se note, porque creo que el destilado de la sencillez es un logro de la madurez. Pero, la verdad es que se me ha complicado muchísimo. Y esa idea sencilla, se está convirtiendo en un lío de novela.
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