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“Un guitarrista
loco y genial”


Así lo definió el brasileño Baden Powell, una autoridad mundial en materia de música. Es que el bonaerense Luis Salinas ha asombrado a públicos de veinte países y ha grabado con Mercedes Sosa, con BB.King, Chick Corea, Tomatito, Paco de Lucía y otros músicos excelsos. No es todo: al margen de la música, la suya es una personalidad singular y vale la pena conocerlo.


Si uno lo ve por la calle y no sabe de quién se trata, y si no repara en sus manos finas y aristocráticas, de artista, o en su mirada en donde brilla la inteligencia, puede pensar que este hombre de más de 1,80 de estatura, ciento veinte kilos de peso, larga cabellera y hombros anchos es un luchador de catch. Y hasta no cuesta nada imaginarlo torciéndole el brazo a un rival o pegando cortitos como hacía Karadagián. Pero Luis Salinas es uno de los mejores guitarristas del mundo, un creador casi inigualable a quien han aplaudido públicos especializados en música tanto en el Teatro Colón como en los mejores coliseos de veinte países del mundo. Un oso guitarrista, digamos, pero un oso genial. Grandes de la música como BB.King o Baden Powell lo han considerado como a un número uno indiscutido. No lo comparan con nadie, y es más que posible que sea incomparable. “Todo lo que quiero es tocar mejor que Luis Salinas, todo lo que quiero es superarme –dice. Pero no podés tratar de ser otro. Admiro a muchos guitarristas, pero no quiero ser como ellos. Cuando hay imitación o copia no hay arte”.
–¿Nunca te gustó el fútbol?
–Jugué al fútbol cuando vivía en La Villa y también en Monte Grande, en donde nací. Era arquero, un buen arquero.
Monte Grande está situada unos treinta kilómetros al sur de la Capital Federal, en el Gran Buenos Aires, y La Villa, un barrio de emergencia llamado Villa Diamante, en La Matanza. “Cuando mis padres se separaron, mi madre se casó con un correntino. Lo que recuerdo de esa etapa es que éramos pobres, pero no miserables. Comíamos todos los días, después volvimos a Monte Grande, a un barrio de clase media baja”.
–¿Y por qué dejaste el fútbol?
–Porque me gustaba más la guitarra. Mi padre toca bien la guitarra, y mi padrastro también. No teníamos guitarra, pero yo la pedía prestada a los vecinos y cuando tenía seis años ya tocaba chamamés, después temas tropicales y de los Wawancó y de Bovea y sus Vallenatos. Pero una vez me lastimé la mano jugando al fútbol y tuve que elegir entre ser arquero de Boca –no es que Boca me haya convocado, sino que soy hincha de ese cuadro– o guitarrista.
–¿Cómo hacés para superarte?
–Cuando un tipo, o varios, estudian o practican con su instrumento, hay una cosa casi matemática, hasta aquí aprendiste, hasta aquí llegaste. Pero cuando se llega a ese lugar, uno quiere algo más. Y ese algo más está en el misterio. En el arte, las cosas son de muchas formas. Pero el misterio siempre está. Es un misterio que alguien agarre una cosa inanimada, como una guitarra o un piano, y de ahí salga una energía espiritual, o emocional o intelectual. Es algo raro, y muchas veces no sabés por qué ocurre. La creación tiene esas cosas. No conozco a ningún músico que diga “mañana, a las tres de la tarde, voy a estar inspirado y voy a componer una sinfonía muy buena”. El arte es siempre un misterio. Por eso algunos se encomiendan a Dios y le piden ayuda.

Ser elegido
–¿Por qué elegiste la guitarra?
–Mi madre me decía: “Vos no podés decir que elegiste la guitarra, sino que la guitarra te eligió a vos. Cuando tenías dos o tres años dejabas los juguetes en cualquier lado y no les hacías caso. En cambio, tenías una guitarrita de juguete, de plástico, y cuando tu padre tocaba la guitarra, vos lo acompañabas con tu guitarrita”. Lo único que puedo decirte es que la música, y en mi caso la música y la guitarra, son una necesidad. Hay músicos que si no tocan se mueren. Es como el amor. No es lo mismo que le digas a una mujer “quiero verte” o que le digas “necesito verte”. Y yo necesito a la música.
–¿Era difícil vivir en una villa?
–No. Recuerdo que hubo incendios, o inundaciones, y todos ayudaban a todos a salvarse y a recuperarse. Hay gente muy buena. Es un prejuicio eso de que los villeros son delincuentes. Los hay, claro, pero también hay gente mala en los barrios caros.
–Ya me dijiste que lo primero que tocaste fue el chamamé, porque era lo que escuchabas a tu alrededor. ¿Y después?
–Seguí aprendiendo de mi padre. Cuando volvimos a Monte Grande, mi madre me decía “andá a ver a tu padre”, que vivía a seis cuadras, así que seguí aprendiendo de él; es chaqueño, como Oscar Alemán, un gran guitarrista. Nunca fui a una academia, y nunca tuve otro maestro que mi padre. Y con guitarra prestada, porque no tenía viola. Se la pedía a un vecino por unas horas y se la devolvía una semana después. No la quería largar. Estaba horas y horas practicando. Hasta dejé de ir a ver a Boca para tocar la guitarra, solo, en casa.
–¿Cuándo y cómo debutaste?
–En Monte Grande, con un grupo que se llamaba Juventud Tropical. Tocábamos cumbia, música vallenata, y también rock, Santana, esas cosas. Y por mi lado tocaba cosas de Yupanqui, y tangos también. Y poco a poco fui tocando en lugares más importantes y un buen día empezaron a venir a buscarme para contratarme.
–Luis, ¿cómo se concilian músicas tan diferentes? ¿Es lo mismo tocar un tema de los Wawancó, que tocar Los ejes de mi carreta de Yupanqui o el Concierto de Aranjuez de Manuel de Falla?
–No, no es lo mismo, pero todo es música, y lo importante es tratar de hacerlo de la mejor manera posible. A mí me gusta el tango, y el jazz, y la música tropical y la música clásica. La música te habla al espíritu, o al intelecto o al cuerpo. Una cumbia es recibida por el cuerpo con el baile. La música de Yupanqui te habla al corazón, como también muchos tangos, y a los sentimientos, y algunas músicas clásicas al intelecto. Si son buenas, si están bien tocadas, todo vale, Beethoven, Piazzolla, Salgán, Yupanqui, Santana o Dino Saluzzi, o el flamenco de Camarón de la Isla o de Tomatito. No tenés por qué elegir esta sí y esta no. Es como la pintura: el hecho de que te guste Picasso no quiere decir que no puedas admirar a Van Gogh. Los dos son geniales. La música es una energía espiritual, y tiene colores diferentes no importa qué ritmo.Y nada de ego: cuando toqué con Saluzzi en el Colón, me dediqué a acompañarlo. El bandoneón de Dino tocaba la melodía y yo me puse en segundo plano, y lo disfruté, porque Dino es un grande. Cuando la música suena bien, lo disfrutamos tanto los artistas como el público. Pero tenés que sentirla, que necesitarla. B.B. King me dijo un día que estábamos ensayando para tocar juntos: “Dios tiene que ponerse la mano en el oído haciendo pantalla, para escuchar mejor, y decir Mirá vos, es Luis que está tocando. Si no creés que eso es posible, concluyó B.B., mejor no toques nada.