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Aferrados a la adolescencia
      


Tienen entre 25 y 40 años y se comportan como si fueran adolescentes. ¿La premisa? Diversión y satisfacción instantánea, sin que importe demasiado lo que el mundo opine al respecto. Bienvenidos al mundo de los “adultescentes”..


Están entre nosotros. Ahí, en la cola del banco, sumergidos en sus auriculares blancos que los llevan a mover el piecito de un lado a otro sin perder el ritmo. O más allá, en el gimnasio abierto las 24 horas para que ellas y ellos puedan acomodar sus tiempos sin dejar de estar en forma, bellos y jóvenes. Están en todos lados. Y lo más curioso, es que estos hombres y mujeres que parecen haberse multiplicado en la última década tienen entre 25 y 40 años, pero en realidad no los tienen. ¿Suena complicado? En el fondo, no lo es tanto: se trata de una nueva generación bautizada como los “adultescentes” ¿El famoso complejo de Peter Pan? No del todo. El saber popular los describe como jóvenes adultos que en su vida cotidiana mantienen conductas adolescentes. Es decir, mantienen un look prolijamente desaliñado, comen golosinas, miran dibujos animados o hasta se matan con amigos jugando con la computadora o las consolas de video (ver Identikit...) En suma, viven rompiendo con lo que –se supone– deberían ser los comportamientos de la gente de su edad. Los abuelos los llaman ‘desubicados’; sus padres les preguntan “¿cuándo vas a madurar?”; y algunos de sus amigos más formales los miran con una mueca que conjuga resignación y un poco de sana envidia. Bienvenidos a un mundo en el que todo está permitido, siempre y cuando sea divertido, claro.

¿Son o se hacen?
“La juventud ya es más que una edad: es un estilo de vida, una manera de presentación social que tiene que ver con valores. Se trata de un estilo joven que atraviesa todas las edades”, define la socióloga Ana Wortman, investigadora del Instituto Gino Germani de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Lo curioso de esto que parecería ser una tendencia es que la juventud no sólo se extiende ‘para arriba’, sino que también lo hace ‘para abajo’. Ya hace tiempo, los estudiosos del tema empezaron a hablar de los chiquiteens, niños de entre 8 y 12 años cuyos hábitos aparecen más ligados a la adolescencia que a la infancia. “En la Argentina, donde la tercera edad y los grupos más grandes están tan marginados, hay una defensa de la juventud que apunta a destacar la infancia, lo lúdico. La gente habla de ‘su época’ como si estos tiempos ya no fueran los suyos y ‘su época’ hubiera sido únicamente la de la juventud”, apunta la socióloga Gisela Laboureau, docente de la carrera de Diseño de Indumentaria de la UBA.
¿Por qué sucede? Como todo fenómeno moderno, se trata de una sumatoria de factores. “Para empezar, tiene que ver con el aumento de la expectativa de vida y con las transformaciones de los vínculos –razona Wortman–. La gente ya no hace nada para toda la vida, los matrimonios ya no duran ‘hasta que la muerte los separe’, no hay un trabajo para siempre y los vínculos son más transitorios, inciertos. Lo que rige es la incertidumbre y ‘mientras exista la incertidumbre, vamos a divertirnos’, parece ser. Y en este contexto encaja perfecto la cuestión de la frescura, la creatividad, el ser informal, de adaptarse a nuevas situaciones en forma permanente. Por otro lado, no podemos olvidarnos de que la diversión es otro de los valores de la sociedad actual. El trabajo no tiene que ser sacrificado, sino entretenido también. De hecho, para muchas de las tareas actuales se requiere del uso de las computadoras, lo que permite ir y venir constantemente entre el trabajo y el entretenimiento”.
Fueron muchas las cosas que cambiaron durante las últimas dos décadas. En aquel momento, era fácil suponer que cualquier joven que rondara los 25 años estaba listo para casarse y formar una familia. Pero ya hace un tiempo, la misma Organización Mundial de la Salud fijó en esa edad el fin de la adolescencia, es decir que recién ahí el individuo comienza a transitar el camino que lo llevará a convertirse en adulto. A medida que la ciencia avanza, los individuos viven cada vez más años y ya no es indispensable que las parejas jóvenes se apuren para ‘escribir a París’ antes de llegar a los 30. Por otro lado, las vicisitudes y los requerimientos del mercado de trabajo actual hacen que tanto hombres como mujeres se vean obligados a esperar a tener cierta posición consolidada para tomar la decisión de formar una familia (léase: trabajo estable, título terciario o universitario y, en muchos casos, hasta un posgrado). Lo que, indefectiblemente, demora más.

Los chicos sólo quieren divertirse
Santiago tiene 33 años, es profesional, está casado y vive con su esposa en un departamento de dos ambientes de una ciudad céntrica. “El ‘mundialito’ del fin de semana es sagrado. Y más ahora que conseguí dos joystick inalámbricos con los que podemos jugar desde cualquier rincón del living. Los juegos para las consolas de video son tan reales que nos sentimos adentro de la cancha. Además de jugadores somos todos DT, podemos hacer cambios, modificar la estrategia. ¿Si me siento infantil? No, nosotros crecimos con este tipo de juegos y forman parte de nuestra vida. ¿O se supone que por ser más grandes deberíamos pasar a jugar a las cartas?”. A veces, las chicas también se animan a la pantalla animada. Y si no, ¿qué mejor que tenerlos ocupados para poder ponerse al día?
“Hay una cuestión actitudinal bastante marcada que apunta a la necesidad de gratificación instantánea en distintos ámbitos de la vida, y en eso se centran todos los comportamientos de estos grupos –sintetiza Carol Murphy, directora de Planeamiento Estratégico de la agencia DDB Argentina–. Ya no existe esa idea de las generaciones pasadas que pensaban en matarse trabajando y esperar a que llegue ‘la buena’. La gente ya no relega el disfrute. Por supuesto que, en el caso de la Argentina, el contexto histórico y la coyuntura acentúan esta tendencia. Las proyecciones son más cortas y se trata de aprovechar cada momento”. Por caso, las consolas de videojuegos, los teléfonos celulares o los nuevos y modernísimos equipos de imagen y sonido no son otra cosa que ‘chiches’ para adultos. Basta con mirar cualquiera de los avisos publicitarios de estos productos para entender que, tanto los que venden como los que compran, lo entienden de esta manera.
En plan de diversión entonces aparecen los ‘dibujos animados para adultos’, acompañados del merchandising de rigor (un adultescente que se precie se declara fanático de cualquiera de estos personajes y se provee regias colecciones de muñecos, remeras, golosinas, fondos de pantalla, ringtones y todos los etcéteras que pueda imaginar). Además de las películas ‘aptas para todo público’ a las que nos tienen acostumbrados los estudios de Hollywood (con personajes como Shrek o Los Increíbles a la cabeza), los canales de cable promocionan bloques de animación exclusivos para gente grande. Uno de ellos es No Molestar!, presentado por Fox en Latinoamérica en abril de 2005. “Si bien fue concebido específicamente para hombres, la respuesta fue masiva”, informan desde el canal. Un estudio, realizado en el año 2003 por la consultora Nielsen Media Research en los Estados Unidos, establecía que había más adultos de entre 18 y 49 años mirando Cartoon Network que CNN.
Y sin ir más lejos, la última campaña de una reconocida (y muy clásica) marca de jabones femeninos propone a sus clientas “jugar con la belleza”.

Modelo para armar
En estos tiempos en los que ‘una imagen vale más que mil palabras’, el cuerpo también habla. “Se genera cierta ficción, en tanto y en cuanto hablamos de sujetos que viven de las apariencias. Estamos bombardeados de imágenes que hablan más de una simulación que de algo real. Esta cultura de masas convirtió al mito de la eterna belleza en un ideal. Los programas que se usan para retocar las fotografías terminaron acostumbrando al ojo del sujeto a ver de esta manera. Hay una imposibilidad de ver la realidad humana. Pero es un mito que no se sostiene porque morirnos, nos vamos a morir todos. Al contrario, genera más angustia”, apunta Laboureau. Y agrega: “Por otro lado, la necesidad de ‘lo joven’ está profundamente dirigida por el mercado, que entiende que al borrar ciertas barreras generacionales puede ampliar su nicho de ventas. Al igual que los niños, los jóvenes, la moda es inquieta, necesita renovarse. Y esto resulta muy funcional para la lógica del consumo. Entonces aparece esta vuelta a los jóvenes que, en cierto sentido, también entra por el lado de las antimodas, los propios jóvenes que por fuera del sistema quisieron romper con la lógica de la moda. Y como la moda entiende muy bien las reglas del juego, tomó estas antimodas, las vació de su primer contenido ideológico y las volvió moda. Así aparece todo eso que había sido excluido como lo roto, lo sucio, lo desprolijo, y se vuelve un estilo de vida desaliñado, despreocupado... El universo de la indumentaria deportiva también comprende muy bien está lógica, y por eso se sumó tan rápido a esta tendencia”.
Así son ellos, y la impresión es que les importa bastante poco la opinión que el mundo tenga al respecto. Al fin y al cabo, los tiempos cambian, las sociedades evolucionan y así se produce esta sinergia que permite seguir avanzando en constante movimiento. ¿Será que el futuro no sabe de trajes ni de corbatas? Imposible saberlo.