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¿Cómo se hace
un best seller


Repudiados por los intelectuales, buscados por el público, ambicionados por las editoriales, y secretamente estudiados por más de un escritor, los best sellers convierten a la literatura en un producto masivo, y a sus autores, en celebridades. Sin embargo, están rodeados de prejuicios y especulaciones. ¿Qué hay detrás del fenómeno?.



Un libro aparece en la lista de best sellers cuando lo compran muchas personas en muy poco tiempo. Después, el solo hecho de aparecer en las listas hace que se venda aún más, en parte porque para mucha gente la sola denominación de best sellers basta como recomendaciones de lectura y en parte, porque si se pone de moda, es tema de conversación y nadie se quiere quedar afuera. Quizás por este motivo, hay quienes sostienen que las listas de best sellers son simplemente un reflejo de la cantidad de dinero invertido por la editorial en publicitar los libros que terminan en la lista.
Ignacio Iraola, director editorial de Planeta, reconoce que cuando un libro lleva vendidos 20.000 ejemplares, es habitual apostar a que venda más con una fuerte campaña de publicidad. Los afiches, las pilas dentro de las librerías, las fotos en las vidrieras y el escritor invitado a cuanto programa de televisión haya, son estrategias de venta que pueden rendir sus frutos.

Olfatear un best seller
Los motivos por los cuales un libro se convierte en best seller siguen siendo bastante misteriosos. Se sabe que el éxito de Harry Potter desató una fiebre de despidos en las editoriales inglesas. ¿Quiénes habían sido tan ciegos como para rechazar esa novela que había estado dando vueltas por las editoriales durante meses sin que nadie detectara su potencial para generar millones de libras esterlinas? “Es más fácil tener olfato para un buen libro que para un best seller, explica Iraola. Y hay muchos editores que prefieren publicar buena literatura independientemente de las ventas, pero son editoriales más pequeñas que cubren sus gastos generales con ventas de 2000 ejemplares. Los grandes grupos tienen distintos sellos, y hay sellos que no tienen ninguna obligación de venta masiva. Por eso hay distintos editores para diferentes sellos”. Y sigue: “El manuscrito del Código Da Vinci estuvo varios meses dando vueltas por la editorial y no nos decidimos a publicarlo. Ahora estamos sacando dos o tres libros por mes relacionados con el tema y en la Feria del Libro armamos una mesa entera con libros en órbita con El Código...A esta altura casi se podría decir que Dan Brown empezó un nuevo género”.
Y él es el primer sorprendido. “Me encantaría decir que el éxito de mi libro se debe a la escritura, pero creo que es el tema lo que lo convirtió en un best seller”, dice en sus entrevistas, en donde atribuye el éxito a las locaciones misteriosas en Europa, las sociedades secretas de la antigüedad, los rituales, los cuadros de Da Vinci y al hecho de que el libro trata sobre uno de los secretos mejor guardados de la humanidad. Asegura que su novela se basa en hechos reales y que lo único de ficción son los personajes. En lo literario, la novela tiene deslices del punto de vista, errores y anacronismos, pero los lectores se la devoran y hacen la vista gorda a sus defectos en honor al entretenimiento. La Iglesia y sus fieles ayudan a las ventas con sus acalorados debates rebatiendo las teorías del libro.

Convertirse en un best seller
Claudia Piñeyro es autora de Las viudas de los jueves, Premio Clarín 2005 y best seller desde diciembre. “Umberto Eco con El nombre de la rosa y García Márquez con Cien años de soledad, entre otros, fueron best sellers. Lo que no me gusta a mí es la idea del úsalo y tíralo. Como dice Rosa Montero, el trabajo del novelista es muy descarnado porque es como si vos te sacaras un hígado y lo pusieras sobre la mesa y los llamás a todos a que opinen y te dicen ‘¡pero qué asco!’ o ‘¡qué lindo es tu hígado!’ Todos queremos que nos digan qué maravilloso es tu hígado y eso, en definitiva, se traduce en ventas”, confiesa. Su novela recibió críticas que la calificaban como “una novela para el verano y punto”, pero ya lleva vendidos miles de ejemplares y sigue en la lista de best sellers. “Yo me pregunto: ¿Qué es mejor: ¿vender menos y que te digan que tu libro es buenísimo o vender muchísimo? Es claro que tengo prejuicios con los best sellers y no leería uno a menos que alguien muy afín a mis gustos literarios me lo recomendara”.
Claudia, quien durante mucho tiempo escribió para la televisión, atribuye parte del éxito de su libro a esto. “Me quedó la deformación profesional: el final del bloque, el final del capítulo. Al principio de la novela aparece gente muerta y después se desarrollan los diez años anteriores en un barrio cerrado para que entiendas por qué aparecen muertos. Pero lo del medio es como las miniseries. Vos podés leer un capítulo solo y entender todo lo que pasó. Aunque sigue para adelante, podrían ser cuentos separados. Me sale así. Yo tengo miedo de que la gente se vaya, escribo con esa sensación. Algunos dicen que es especulativo. No es así, eso es tener en cuenta al que va a leer”.

Cada cual atiende su juego
Las novelas de John Le Carrè son best sellers hace años, y hasta el mundo del espionaje en la vida real ha incorporado términos que él le inventó para sus personajes. “Creo que lo primero que tiene que hacer un escritor es tomar a su lector de la oreja y hacer que se siente a escuchar. Hacerlo reír. Hacerlo sentir. Todos queremos que nos entretengan, dice, es el principio de la relación: la simbiosis entre el escritor y el lector”. Por su parte, John Grisham, el escritor estadounidense de thrillers legales que siempre son best sellers, soñaba el “típico sueño de los abogados: hacer mucha plata en poco tiempo” (sic). Un día, en la Corte, escuchó la historia de una chica de doce años que había sido violada. Grisham empezó a fantasear con las consecuencias legales que tendría que sufrir el padre de la chica si decidía hacer justicia por mano propia. Durante un año escribió de cinco a seis de la mañana y después trabajaba en la oficina diez horas. Terminó Tiempo de matar, su primera novela, la mandó a editoriales, recibió rechazos hasta que una aceptó publicársela. Así logró su primer gran best seller. Ahora escribe seis meses por año. “Algún día, seguramente escriba historias que no tengan que ver con la abogacía, dice, pero sería un tonto si abandonara este género ahora que encontré la gallina de los huevos de oro”.
En cada novela de Judith Krantz se describe un mundo diferente. Los dos temas comunes en todas sus novelas son el sexo y el shopping que, según ella, son las fantasías más buscadas por las mujeres. El otro punto en común es que sus heroínas son siempre mujeres que triunfan en un mundo de hombres. Danielle Steele sabe que no es una escritora literaria y no le importa. Empezó a escribir a los 48 años, luchando contra el prejuicio de que ella nunca haría literatura. “Ahora les digo a las mujeres jóvenes: si lo sientes verdaderamente, escribe, no te preocupes por el talento. Que tu meta no sea una obra de arte, una meta modesta puede llevarte más lejos de lo que hayas soñado”. Stephen King se ocupa de nuestras peores pesadillas con un estilo que fue puliendo con los años pero que siempre rebosó de una sinceridad que, según Norman Mailer, estaba presente en cada una de sus páginas. Sydney Sheldon ya había hecho 28 películas y 250 guiones para televisión cuando escribió su primera novela. Estaba tan seguro de que no iba a vender ningún ejemplar que fue a la librería y se compró uno. Hoy, con decenas de best sellers en su haber, no tiene problemas en revelar su fórmula: “Escribo novelas de suspenso sobre gente interesante que se ve atrapada en situaciones peligrosas. Y trato de mantener al lector adivinando hasta el final”. Paulo Coelho apostó a los símbolos, al costado femenino de la existencia, a la intuición y al lenguaje de las señales en un universo espiritual y religioso. Y no le fue nada mal: El Alquimista es uno de los libros más vendidos de la historia.
“Yo creo que las personas que escriben best sellers escriben bien, tienen una llegada a la gente, manejan el suspenso, conocen los mecanismos de la trama –dice Ignacio Iraola–, pero las fórmulas son a posteriori. Cada uno de estos autores escribió una novela sin saber lo que iba a suceder. Después del éxito es más fácil deducir la fórmula”.

Y cuál es su fórmula
Dan Brown escribe en bloques de noventa minutos. Entre bloque y bloque, se cuelga boca abajo de un aparato para que la sangre le irrigue mejor el cerebro y le fluyan las ideas. Sus novelas le llevan dos años de investigación, que hace con la ayuda de su esposa, una historiadora de arte que fue quien lo convenció de escribir sobre los símbolos en las pinturas de Da Vinci. Stephen King escribe todas las mañanas, incluidas la de Navidad, el 4 de Julio y la de su cumpleaños. Le gusta llenar diez páginas por día y no para hasta terminar. Sus novelas aparecen cuando encuentra, repentinamente, el vínculo entre ideas sueltas que parecían no tener ninguna relación entre sí. Claudia Piñeyro junta papelitos tipo Minguito Tinguitella y se le pierden. “Para hablar del golf me reuní con mediomundo, para escribir el capítulo de los perros me leí todo sobre perros. Uno tiene que saber la parte interna de sus cosas. Para resolver el crimen consulté a gente experta para que me dijera si estaba bien”. En general tiene la trama esbozada, pero lo que la impulsa hacia delante es una imagen disparadora.
Danielle Steele parte de una imagen, un personaje o una situación que la afectan, toma notas, escribe escenas y se sumerge en situaciones durante semanas e incluso meses hasta que las ideas empiezan a bullir por sí mismas, el mundo de la novela toma forma y los personajes se vuelven tan reales que ella se convierte en una espectadora. Trabaja de ocho de la noche a dos, tres y hasta cuatro de la mañana y se levanta a las siete todos los días.
Sydney Sheldon le dicta sus novelas a una secretaria. Nunca conoce la trama de sus novelas, lo único que tiene al empezar es un personaje.
Sean cuales fueren los hábitos de trabajo de cada uno, hay algo que queda claro y es que los escritores de best sellers además de una buena fórmula –si es que la tienen– trabajan muchas, pero muchas horas. Después vendrán los estudios de marketing, la repetición de fórmulas exitosas y los intentos de convertir la literatura en un producto. Por supuesto también importan la publicidad, los premios, el lenguaje accesible, el tema y el autor. Pero hay dos cuestiones irrefutables: el primer best seller de un autor seguirá tomando al mundo por sorpresa y, la última palabra fue, es y será siempre la del público.