Desde que el hombre es hombre, existen los dualismos. Al principio, fue la dualidad mente-cuerpo. Una vez superada, allá por el siglo XVII, se puso sobre el tapete la cuestión mente-cerebro, entidades a las que se consideraba diferenciadas. En ese tiempo, y basado en principios hidráulicos, René Descartes, filósofo francés, científico y matemático, hoy conocido como el fundador de la filosofía moderna, planteaba que el cerebro enviaba líquidos a presión que inflaban los músculos y otorgaban movimiento al cuerpo; y que la mente era digitada por Dios.
Más tarde, a comienzos del siglo pasado, se intentó estudiar el cerebro, comparándolo con una central de teléfonos. Típico de la época. Y promediando la década del ‘50, se buscó similitudes entre el funcionamiento cerebral y el de una computadora.
¿Conclusión? Como todo modelo, ninguno se adaptó 100% a la realidad, pero cada uno contribuyó a tomar la actividad mental como emergente del funcionamiento del cerebro. Pero… ¿cómo estudiarlo?
Algunos, observando lesiones cerebrales en varias personas –veteranos de guerra, por ejemplo–, concluyeron que dañada determinada área, la persona en cuestión no podía realizar ciertas tareas. Así se fueron describiendo las distintas patologías con sus correspondientes síntomas.
Pero aún no se sabía qué pasaba en el cerebro sano. Hubo algunos aventureros que aplicaron corrientes eléctricas de baja intensidad y duración a la cabeza de sus pacientes –voluntarios– para observar sus reacciones ante la estimulación de cierta zona de su corteza. Así nació la codificación anatómica que permitió dividir el cerebro en áreas funcionales –área del lenguaje, motora, auditiva, de asociación, visual, entre tantas otras que suman más de cuarenta–.
Pero el dilema continuaba: detectadas las diferentes regiones cerebrales y su utilidad, restaba poder registrar la actividad cerebral propiamente dicha. Esto fue posible gracias al avance de la tecnología. La técnica pionera fue el encefalograma.
En el siglo XXI, el hecho de poder ver y estudiar el cerebro en vivo no es una utopía. En la actualidad, es posible advertir, mediante neuroimágenes funcionales, qué áreas cerebrales se sobre-excitan o quedan en reposo cuando hacemos tal o cual tarea; y partir de esa evidencia, diagnosticar de manera certera un normal funcionamiento del cerebro, o, por el contrario, una disfunción para tratar. “Efectivamente, uno puede estudiar el cerebro en plena acción, viendo qué partes del mismo se activan”, confirma el doctor Facundo Manes, Director del Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro, Profesor de Neurociencias Cognitivas –UCA– y Director del Instituto de Neurología Cognitiva –INECO–.
Ver lo que antes era
invisible
Las neuroimágenes funcionales generaron una verdadera revolución en el campo de la Neurología, ya que muestran aquello que hace unos años permanecía imperceptible a los ojos de los médicos. “Permiten evaluar las funciones cerebrales mientras se realizan los estudios de resonancia magnética –RM–, y conocer los déficits de dichas funciones en relación a las diferentes patologías. Esto es evaluado mediante los denominados ‘paradigmas’ que consisten en pruebas funcionales sencillas, motoras, visuales o auditivas que se ejecutan mientras se realiza la resonancia magnética. Estas pruebas permiten activar ciertas áreas cerebrales relacionadas con la patología que se estudia para diagramar la táctica quirúrgica y prever eventuales complicaciones post-quirúrgicas. Un estudio por resonancia magnética funcional es la espectroscopia, método no invasivo capaz de ofrecer información metabólico-bioquímica sobre el tejido encefálico normal y sobre varios procesos patológicos, permitiendo una mayor caracterización tisular que la RM convencional. Inclusive es capaz de identificar, en algunos casos, las alteraciones metabólicas que preceden a las anomalías estructurales. No sustituye nunca a la RM convencional; sí complementa la información ofrecida por ésta”, explica el doctor Santiago E. Rossi, Director Médico del Centro de Diagnóstico Dr. Enrique Rossi.
A esto, el doctor Manes agrega: “Con algunas técnicas de imágenes modernas, como la Difusion Tensor Imaging –en inglés, DTI– o tractografía, se puede evaluar el trayecto de las fibras de la sustancia blanca –tractos– que no se podían ver bien en el pasado. Si bien se están empezando a evaluar sus posibles aplicaciones, veo un gran futuro para esta técnica”.
Qué es y en quiénes se aplica
Las imágenes de las funciones cerebrales se captan mediante una resonancia magnética funcional –RMF–. Según explica Susana Pérsico, Neurorradióloga del Centro de Diagnóstico Dr. Enrique Rossi, “es la que permite observar, mediante pruebas específicas, el funcionamiento cerebral. Pero este nuevo método debe ser evaluado por un especialista para su correcta indicación y aplicación médica. No a todos los pacientes, indiscriminadamente, se les pueden realizar estos estudios. Hay que evaluar la patología y elegir al paciente que pueda, eventualmente, beneficiarse con esta nueva tecnología”.
Sus aportes más importantes a la práctica médica, según el Dr. Manes, son fundamentalmente dos: “1) cuando el neurocirujano tiene que operar un tumor que, por ejemplo, está cerca del área motora, se puede estudiar al paciente con resonancia magnética funcional previa a la cirugía y ver la activación de las zonas motoras. Esto le brinda una guía para el abordaje quirúrgico buscando dañar lo menos posible las áreas motoras; 2) para el estudio de pacientes con trastornos de conciencia secundario o traumatismo de cráneo. Aunque esto es todavía experimental, puede tener un gran futuro para predecir quién tiene más posibilidades de recuperarse”.
¿Hacia la era del
Neuromarketing?
Una resonancia magnética funcional puede registrar la actividad cerebral cuando dormimos, comemos o hacemos el amor; desde la intención hasta los recuerdos, la diferencia entre el orgasmo femenino y masculino o qué áreas del cerebro se activan cuando una persona tiene sensaciones placenteras o displacenteras. “En los últimos años, ha revolucionado la manera de estudiar la relación entre el cerebro y la conducta in vivo”, asevera el director de INECO, quien aconseja ser cautos en la interpretación de los resultados “ya que solo provee una asociación entre un área cerebral y una conducta o proceso cognitivo determinado. Para afirmar que cierta área cerebral es necesaria para una función cognitiva o conducta específica, se precisan diversos experimentos con diferentes metodologías de investigación, tanto en personas normales como en pacientes con lesiones cerebrales”.
Lo cierto es que las imágenes funcionales del cerebro con la tecnología como aliada abren nuevos horizontes y no sólo en lo que se refiere a la medicina. Sus posibilidades alcanzan al marketing, que con su aporte, por estos días se transforma en Neuromarketing, capaz de estudiar a los consumidores a través de su funcionamiento cerebral ante determinadas formas, colores, olores, gustos, marcas, imágenes de famosos. El doctor Manes comenta que “teóricamente es una posibilidad. El problema, en lo inmediato, es que se trata de técnicas muy caras que requieren de un sofisticado análisis de los datos, por lo que debemos ser extremadamente prudentes con este tipo de estudios y sus resultados”.
¡Cuánto camino recorrido! De pensar al cerebro como centro de un sistema hidráulico a estudiar, en detalle y en movimiento, sus funciones. Las neuroimágenes funcionales constituyen sólo un primer paso; aún resta mucho por descubrir y conocer acerca de la máquina más compleja jamás inventada.
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