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La era de la madurez

Alejandro Awada está en tevé, teatro y cine. Sus personajes jamás pasan inadvertidos. Es el actor que más creció en los últimos tiempos, sin embargo, para muchos aún es un anónimo.

–¿Te acostumbrás a que te reconozcan en la calle?
–Sí, pero nunca me ocurrió lo que me está pasando con Sos mi vida. La gente se acerca con el título del programa en la boca, me dicen “Alfredo” –su personaje en la telecomedia–. Nunca viví tan de cerca un fenómeno televisivo.
–A algunos la tele les resta prestigio. En tu caso, suma…
–Gracias a la tele obtengo trabajos cinematográficos. Alguna vez fui prejuicioso respecto de la televisión: sólo quería ser un actor prestigioso. Hoy me importa el prestigio pero en íntima relación con la gente. Me gusta disfrutar de ser un actor popular.
–¿Te identificás con aquello de que “el artista es del pueblo”?
–Me gusta que la gente se conmueva, se ría, pase un momento agradable, pueda distenderse. Está la señora que me cruza por la calle y me dice: “muchas gracias, la paso tan bien mirando el programa…”. Misión cumplida, aunque reconozco que me gustaría que los intelectuales también me tuviesen en cuenta.
–Para eso tenés tiempo…
–No menos de 45 años más, espero –se ríe–.
–En tu carrera, algunos hechos habrán marcado un hito, una sensación de “llegué o lo logré”… ¿Actuar con Cecilia Roth, por ejemplo, lo fue?
–Sí. Puedo decir “¡llegué!”. Me siento orgulloso de compartir escenario con ella, a la que admiré siempre. Me gusta que esté viviendo un éxito teatral al que la gente acude masiva y fervorosamente; que le esté pasando a ella, y como consecuencia, a mí –se ríe–.

El pasado pisado
Alguna vez Awada se animó a hacer público un pasado poco feliz, un tiempo en el que tocó fondo. Debió sacar fuerzas, que no creía tener, para salir a flote.
–Luego de esa etapa, ¿empezaste a disfrutar de la vida?
–Primero pasé un año tirado en una cama, mirando el techo, sin moverme. Pasado ese momento, recuerdo, como hecho puntual, un viaje que me regalaron mis padres. Caminaba por el borde del Sena –en París– escuchando Weather Report, mi banda favorita. Así empecé a tener contacto con la belleza de la vida.
–Y, ¿cómo saliste?
–Me sacó el deseo. Quería salir adelante y ser actor. Varias veces estuve a punto de entregarme. El dolor era grande pero el deseo fue mayor. Tuve mis idas y venidas: hacía espectáculos de jerarquía, y caía otra vez, hasta que llegué a un punto en el que o me recuperaba o moría: de un lado estaba la muerte; del otro, la vida.
–Elegiste la vida y actuar… ¿te costó llegar a vivir de esto?
–Mucho. Durante 8 años, en el teatro no comercial, no veía un peso; sólo el deseo me movía. Entonces, trabajaba en la empresa familiar. ¡Era el peor cobrador del mundo! Pero agradezco a mis padres por darme ese tiempo para formarme, recuperarme, y poder dedicarme a mi profesión.

Afectos especiales
–En el estreno de Días contados, llamó la atención la presencia de Facundo Arana…
–Vino a “hacerme la pata”: sabía que era importante para mí que viniera a un estreno mío. Y desde el punto de vista marketinero, también fue importante. Me siento orgulloso de ser su amigo y me gusta que él me elija como su amigo porque es un caballero, generoso, amable, comprensivo, respetuoso e inteligente. Cuando digo que es un señor, no me equivoco.
–La obra trata de vínculos entrañables como la de una mujer con su madre, con su hermano, su ex, su hija… ¿Te identifican?
–Sí; lo único que quiero, en esta etapa de mi vida, es estar en paz con todos. Tiene que ver con una transformación interna: elijo estar bien con cada miembro de mi familia numerosísima: somos 5 hermanos, mis padres, creo que tengo 20 sobrinos o más, y una hija a la que amo.
–En ese “estar en paz”, ¿tiene que ver tu terapia?
–Terapia es un lugar fundamental, adonde acudí, acudo, acudiré… De contención y transformación. Es un espacio muy necesario, valorado. Absolutamente mío. Vital.
–Hablando de vital, tu corazón está de 10… ¿Cómo es estar con esta mujer hecha y derecha?
–Es así, vos lo dijiste –es obvio que prefiere no hablar de Marina Borensztein, su compañera–. La quiero mucho. Es a quien elijo y por quien me siento elegido. Con ella aprendo a vivir. Los dos tenemos ganas de aprender mutuamente. Y eso me tiene muy feliz.
–Contame de tu hija… cuando hablás de ella, te cambia la mirada…
–Todo comenzó hace 13 años cuando ella nació. Mi vida se transformó groseramente, y dejé de ser lo más importante. Con ella tengo una relación esencial. Intercambiar con ella, escucharla, ser escuchado, reflexionar juntos, me encanta.
–¿Hacés un paralelismo entre tu adolescencia y la suya?
–Es otra formación, otra sociedad, otro momento histórico. Fui educado en un mundo en el que había que hacer lo que decían mis mayores. Con mi hija, trato de intercambiar opiniones. No hay punto de comparación.
–Vos eras solitario, encerrado…
–Siempre. En mi adolescencia, no encajé en ningún lado. Me arrinconaba, me encerraba, y fantaseaba. Me dedicaba a inventar mundos mejores para mí. En aquel momento, en Villa Ballester, había gente de dinero y gente más necesitada. Yo iba a “potrear” con ellos, y de ellos aprendí mucho.
Franco, de frente, sencillo. Así se muestra Alejandro Awada, uno de los actores que más crecieron en el último tiempo. Y eso que lo mejor aún está por llegar.

 


Awada, Lapacó, Martínez, Roth, Garzón en la obra de teatro Días contados.