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Relax rural


En las escapadas de fin de semana, las estancias cotizan en alza. Allí se
organizan innumerables actividades con la premisa de tomar un respiro de
la rutina cotidiana.
Propuestas en diferentes puntos del país.

En más de alguna ocasión, quisiera hacerme perdiz, para ver de ser feliz en algún pago lejano. Pero la verdad paisano, me gusta el aire de aquí”. Y vaya si le gustaba el aire de aquí al trovador Héctor Roberto Chavero (o Atahualpa Yupanqui, como guste). El Cerro Colorado, los eucaliptos, las florcitas de retama… ‘el payador perseguido’ era un auténtico peón de la Estancia Vieja. Y precisamente las estancias –aunque no pertenezcan al partido de Magdalena–, permiten sentir ese espíritu campesino, rural, de paisano argentino.
Córdoba, Mendoza, Tucumán, Buenos Aires, el Sur… Para ganarle de mano al verano y dejar a un lado el estrés de la ciudad: residencias en diversos paisajes para relajarse… y dedicarse a gozar.

Placentero aire cordobés
Al pie de las sierras cordobesas se encuentran las estancias La Paz y Dos Lunas.
La primera de ellas, que combina un estilo colonial con italiano renacentista –y era la preferida del ex presidente Julio A. Roca–, es atravesada a lo largo de ocho kilómetros por el río Ascochinga. Se puede disfrutar de las canchas de golf, de tenis y de polo; de las cabalgatas por sus más de 2000 hectáreas; y de los paseos en carruajes y botes (en el lago creado por el paisajista francés Charles Thays). Bicicletas, 4x4 y caminatas completan el plan. Visitar la capilla de arquitectura jesuítica es otra de las posibilidades.
La centenaria e inglesa Dos Lunas (3000 hectáreas) se ubica en el Valle de Ongamira. Rodeada de bosques, arroyos y varias especies de árboles, desde los jardines del casco puede vislumbrarse los Terrones: formaciones de roca sedimentaria del período cretácico (con 130 millones de años de antigüedad; allí se encontraron restos arqueológicos que datan del año 5000 a.C.). Puede llegarse a caballo o haciendo trekking. Cuatriciclos y parapentismo también son de la partida. Las excursiones alternan entre el pueblo de Ischilín (donde vivió el pintor Fernando Fader) y el avistaje de aves rapaces como cóndores, águilas y halcones peregrinos.

Altura mendocina
El lugar estremece con sólo imaginarlo: al oeste de Tupungato, a 2000 metros sobre el nivel del mar, y a merced de la cordillera de los Andes y del volcán homónimo de la ciudad. En Mendoza, la estancia San Pablo, cuya superficie es de 43.000 hectáreas, se extiende hasta el límite con Chile.
Con la ganadería como prioridad, nos espera un día de campo arreando vacas hacia los valles cordilleranos o realizando alternativas tareas rurales. Perdido entre las montañas, se encuentra un pueblo minero abandonado. En la actualidad, es morada de animales silvestres. Se desemboca en él (con la opción de pasar la noche) ensillando un potro y ladeándose de baqueanos. Para los amantes de la pesca con mosca, el hábitat es ideal para capturar la trucha arco iris.
En la misma provincia, y a 10 minutos de la ciudad de San Rafael, Viñas del Golf se presenta como un rincón para fanáticos del vino y del deporte madre de Tiger Woods. En los viñedos y bodegas, es posible participar de tareas como la molienda o el bazuqueo (por supuesto, con degustaciones al concluir la misión). Y a su vez, claro, intentar algún tiro y hacer hoyo en uno. Aventureros: en el río Atuel y Diamante mandan el rafting, el buceo, las escaladas y la pesca de pejerreyes.

Jesuitas tucumanos
Cabalgar por senderos de cornisa, mesadas y cañadas de pastizales. Y sorprenderse por la presencia de guanacos y llamas, o por el vuelo de cóndores y águilas. En Tafí del Valle (a 100 kilómetros de San Miguel de Tucumán), la escena se hace realidad.
La hostería Las Tacanas, construcción jesuítica del siglo XVIII, oficia como base de operaciones. Los cerros y lomas de la zona, invitan a protagonizar el trekking arqueológico y conocer El Pelao, cimiento indígena que se erige como testimonio vivo de las culturas que nos precedieron.
Nada falta en Tafí del Valle. Tenis, paddle, coplas, cuentos alrededor del fuego… y pesca. El dique La Angostura y el río Los Sosa se destacan por sus truchas y pejerreyes. La práctica se lleva a cabo desde sus orillas o en pequeñas embarcaciones.
La capilla jesuítica de la Banda, el parque de los Menhires, las Queserías, las Ruinas de Quilmes se transforman en paradas inevitables. Siempre bajo la mirada atenta de los Valles Calchaquíes.

Las cuevas de Balcarce
Enmarcada por la laguna y el cerro La Brava, se asoma Piedra Naranja, la casa de campo situada en Balcarce (a 400 kilómetros de Buenos Aires). Quienes gustan de los desafíos y la adrenalina, podrán despuntar el vicio practicando mountain bike, escaladas, rappel, vuelos en parapente y kayak (recorriendo 500 hectáreas). A puro trekking descubriremos cuevas oscuras e inhóspitas y bellísimas cascadas.
El windsurf, el safari fotográfico y el avistaje de la flora y la fauna típica son algunas de las restantes atracciones. ¿El epílogo de la travesía? Apreciar cómo el crepúsculo se cuela entre las sierras de Balcarce.

Vientos, campos y caminos para dejar azuzar al corazón caminero. Multiaventuras, deportes, historia, arqueología, naturaleza viva, ecoturismo… Las estancias brindan mil y una opciones. Aunque, sin dudas, la más importante… es el descanso.