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Isabel
del alma mía


La novelista Isabel Allende cuenta cómo se prepara para escribir sus libros. Tiene una cábala: los empieza los 8 de enero a las 8 de la mañana, y todos ellos se convierten
en best seller.



La pregunta es: ¿cuántas personas hay dentro de una sola persona? Mejor: ¿cuántas Isabel Allende hay? Porque está la hija que le escribe todos los días –todos– una carta manuscrita a su madre; está la abuela que en homenaje a uno de sus nietos escribió sobre El Zorro, ese héroe compensador generado por la desdicha de un pueblo; está la esposa que apoya a su marido, que fue abogado durante cuarenta años y ahora se dedica a ser novelista, como ella; está la sobrina de Salvador Allende, el presidente chileno, sobre el cual Isabel está un poco harta de contestar, y ella, con paciencia chilena, recita repuestas estándares o irónicas o politizadas, según sea su humor del día; y está la novelista, la autora de La casa de los Espíritus, Cuentos de Eva Luna y De amor y de Sombra, y ahora de Inés del alma mía, una novela que era best seller en el mundo entero antes de editarse, porque sus fieles lectores la pedían con anticipación.
Isabel, que nació en 1942 y lleva casi cuarenta años de exilio, pasó por Buenos Aires, amable como siempre, y más fatigada que otras veces: “Es que en estos días un escritor o una escritora no se limitan a lo suyo, es decir, a escribir, sino que tienen que presentarse en público, y dar conferencias de prensa, y dar reportajes”. Se queja, y tiene razón, porque solamente en la Argentina habló con una docena de periodistas, y todos le preguntaron por Inés Suárez, la protagonista de su última novela, y por Salvador Allende, y por cómo es eso de vivir hablando en inglés, con marido norteamericano y escribir en español, y por el lugar de la mujer en el mundo, y siempre, siempre, una de las Isabelas, la hija, o la madre, o la abuela, o la escritora o la política, respondieron disciplinadamente.
–¿Todos los días? ¿De veras le escribe a su madre una carta manuscrita todos los días?
–De veras. Se lo prometí cuando marché al exilio, cuando llamarse Allende era muy peligroso en Chile.
La mamá de Isabel vive en Santiago, la capital chilena; Isabel, tiene domicilio en California pero vive en el mundo. Ha vendido más de 30 millones de libros, es una de las latinoamericanas que más libros ha vendido.
Una pregunta más o menos original, antes de ir a Inés del alma mía, es si del mismo modo que ciertas enfermedades son contagiosas, la literatura también lo es. En otras palabras, si el abogado William Gordon, su marido, a los setenta años novel autor de Duelo en Chinatown, se contagió de ella y, ya que estaba, se puso a escribir novelas.
Algunas preguntas le divierten a Isabel: “Yo lo alenté sin desmayo, y desde luego que no se trata de un contagio personal ni de alguna forma de epidemia. Siempre escribió. Lo que ocurre es que ahora se decidió a publicar”.
Hablemos de Inés Suárez, por favor.

La mujer, esa víctima
En su primera juventud, Isabel, y su mamá la acompañaba, fue feminista en el buen sentido de la palabra, e hizo cacerolazos en Santiago de Chile para manifestar a favor de la igualdad con el hombre, igualdad en asuntos laborales, políticos y sociales, y con respecto a lo ancestral es de las que opinan que ‘viva la diferencia’. “En el Chile donde crecí la desigualdad entre mujeres y hombres era abismal, no teníamos derechos, y la historia, ya se sabe, la escriben los hombres, y no todos los hombres sino los vencedores”, opina. Cree, no obstante, que “algo ha mejorado, y ahora en Chile tenemos a una presidente, hay una energía femenina que se nota en el aire del país”.
–¿Inés Suárez es tan real como usted la pinta o se trata de una versión feminista, de una personalidad magnificada por necesidades literarias?
–La tal Inés era costurera en España, en donde nació en el año 1507, y un buen día tiró la aguja y el dedal a la basura y se embarcó para América del Sur, en donde todo era posible. Fue la cofundadora del reino de Chile, junto a Pedro Valdivia, de quien, de paso, fue amante, qué horror, imaginate lo que se comentaba en el siglo XVI.
–De Inés, destaca tres rasgos, uno de ellos casi mágico…
–Ella tenía una gran pasión amorosa. Fue capaz de ir a lo que por entonces era el fin del mundo y de enfrentarse a los mapuches solo por amor. Lo hizo porque estaba enamorada de Valdivia. Su segundo aspecto destacable era que tenía estirpe civilizadora. Ella fundó la catedral, sembró, trajo ganado, era una fundadora. Y, por fin, tenía el don de encontrar agua. Era zahorí.
Una zahorí, como se sabe, es una persona a quien se le atribuye la capacidad de ver lo que está bajo la tierra. Entre otras cosas, agua. No necesita, como un rabdomante, una varita de almendro que lleva apoyada en el pecho y cuando pasa sobre el agua subterránea trácate, la varita señala para abajo. No. Una zahorí ve el agua sin necesidad de varita. Los 120 españoles a las órdenes de Valdivia se hubieran muerto de sed en el desierto de Atacama si Inés no hubiera dicho caven acá, y así encontraron agua, agua potable, nada del líquido salobre que suele haber en esas latitudes.
–Bueno, ¿no habrá encontrado agua como el burro de Samaniego, de casualidad?
–Claro que no. Son datos que registra la historia.
–¿La verdad histórica condiciona al novelista? Entre una versión muy interesante pero ficticia, y otra que se corresponde con la realidad pero que es medio aburrida, ¿no es preferible la primera?
–Inés tenía la aventura en su cuerpo y en su piel. Yo sentí que tenía que ser fiel a la historia. Desde luego, la historia no cuenta todo. Me encontré con un mundo que había que explorar, había 120 españoles, 120 bribones corajudos, que protagonizaron una masacre brutal. Lo único que añadí, y estaba un poco en el poema La Araucana, de Alonso de Ercilla, es la participación de los mapuches en esa gesta, porque los historiadores españoles los ignoraron. Sí, Ercilla era español, pero cantó la bravura indómita de los mapuches.
–Cuando habla así es como si estuviera de parte de los araucanos…
–Siempre tuve mi corazón con el indígena, con el derrotado, con el que soportó siglos de ocupación.
–Pero Inés era, entonces, una invasora. Dicho sea de paso, con el transcurso del tiempo Valdivia la ignoró.
–Y ella casó con el capitán Quiroga y fue feliz.

Inés fue feliz, decíamos. ¿Es feliz Isabel Allende? El hecho de ser una de las escritoras más leídas en lengua castellana no interfiere en su trabajo: “Me alegra que elijan mis libros, pero como todas, escribo para ser leída”, dice. Pasó, se sabe, por trances muy amargos, pero en la madurez, ya abuela, parecería haber encontrado el equilibrio emocional que su juventud le negó. Ello no implica que sus días sean plácidos. Tiene demasiadas cosas que hacer –nuevos libros; el cuidado de sus nietos; regresar, siempre, a su Chile muy amado; su marido– como para permitirse días en blanco. Sólo se encierra en sí misma para emprender una nueva obra. Afortunadamente, porque la calidad de su prosa y el interés de sus argumentos crecen a medida que pasa el tiempo.