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 Historias de vida

Una Navidad
ESPECIAL

 
Dolores y Martín Chanu, junto a sus hijas Sophia y Catalina en el verano canadiense

Charly Steiger, Paz Villamil,
Analía Brugnoli, Inés Gazcón
y María Sara Brugnoli comparten la Navidad con aquellos que están solos
 

Los doctores María Fernanda Moschione, Alejandro Irastorza, Lisandro Pereyra, Gustavo Serrano Viviana Marco y una Navidad de guardia
 
Para la mayoría de las personas, la Nochebuena es sinónimo de encuentro con la familia y con los amigos. Sin embargo, muchas veces, por distintas circunstancias, éste es un festejo diferente al de los demás. En esta nota, cuatro historias de gente que hoy celebrará la víspera de Navidad de una manera muy singular.

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Tan lejos, tan cerca
Hace cinco años y medio que Dolores Dedyn (29) y su esposo Martín Chanu (33) dejaron la Argentina para irse a vivir a Vancouver, Canadá, con la promesa de un trabajo próspero para él, y una mejor calidad de vida para ambos. Echaron raíces allá: nacieron Sophia (3) y Catalina (1), y, hace cuatro meses, un tercero que planea nacer en mayo se sumó a la panza de Dolores.
En el Norte las cosas iban bien. Aunque con la llegada de los chicos, cuenta Dolores, la ausencia de la familia, los abuelos, los tíos, “una madrina que te ayude...”, se empezó a sentir. Y decidieron volver.
Lo hizo primero ella, que desde fines de noviembre está en la Argentina junto a sus dos nenitas y a la “Panza”, como llama al que está en camino, Martín, por trabajo, deberá quedarse en Vancouver hasta febrero. Así, esta noche, por primera vez en seis años, Dolores volverá a celebrar la Navidad junto a su familia. Pero también, después de seis años, pasará por primera vez una Nochebuena lejos de su amor. “Yo estoy feliz por mí, aunque me da pena que él esté allá solo”, dice Dolores, traga saliva y se convence: “Todo no se puede”.
Estando en Canadá, la familia Chanu volvía a la Argentina una vez cada año y medio, nunca para las fiestas. “Y eso se hacía pesado. Por las nenas, sentía que se iban pasando etapas”. Y a la distancia, esa dolorosa lejanía, cuenta Dolores, se exacerbaba aún más en las celebraciones: “Nosotros tenemos las fiestas muy presentes. Somos familias numerosas: por mi parte, tengo 45 primos, y todos muy unidos. Esa era una de las cosas que más me dolían, pensar que ellos estaban todos juntos y yo allá. Por parte de Martín, tenemos 12 sobrinos, y era duro saber que nuestras hijas prácticamente no se conocían con los primitos de su edad”, recuerda Dolores.
A la tristeza de las fiestas a la distancia, sin embargo, lograron reducirla todo este tiempo gracias a un grupo de amigos argentinos residentes en Vancouver. Con ellos, los Chanu se reunían a celebrar las Nochebuenas “lo más a la argentina” posible. Tarea nada fácil, teniendo en cuenta, entre otras, las diferencias culturales.
“El clima navideño cambia, entre otras cosas, por el frío: allá hay nieve y la temperatura es bajísima, por eso tenés que comer adentro, y no hay asado ni pileta. La sensación era estar viviendo una reunión como cualquier otra. Se perdía lo especial de la fecha, que es reencontrarte con la familia”.

Así y todo, los Chanu y amigos cocinaban comidas argentinas, “¡pero nada pegaba!”, recuerda Dolores, “era pleno invierno y estábamos comiendo ensalada rusa. Queríamos igualar a lo que estábamos acostumbrados, pero nunca fue lo mismo. Se hacía pesado esperar la medianoche todos encerrados. Aunque hiciéramos el esfuerzo, nos costaba mucho”, dice.
Este año, sin embargo, no habrá esfuerzos para Dolores, y sí muchas sorpresas y reencuentros: pasará la víspera de Navidad junto a la familia de Martín, y las nenas, por fin, sabrán cuál es el verdadero sabor de la ensalada rusa, pero también lo que es estar cuando den las 12 junto a sus abuelos, tíos y ¡12 primos! Mañana al mediodía, las dos nenas con mamá y la “Panza” partirán hacia una casaquinta, donde los 80 familiares de Dolores compartirán la mesa del mediodía.
“Me imagino que esta Navidad va a ser un revivir, tengo la expectativa de volver a encontrarme con mis navidades de toda la vida”. Papá Martín estará en Vancouver en casa de amigos, haciendo de la Navidad canadiense una fiesta lo más familiar posible, imaginando, tal vez, la alegría de la próxima fiesta de vuelta en casa.

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Que nadie se quede sin su
Navidad

Ellos formaban parte de un grupo de unos 12 jóvenes porteños que salía a misionar por pueblos de Buenos Aires y Entre Ríos. Se llamaban “Pura vida”. Pero los chicos crecieron, lo mismo que sus obligaciones, y los viajes solidarios se tornaron imposibles.
Sin embargo, no quisieron renunciar a su tarea y buscaron otra misión para concretar juntos: acercar un mensaje de paz y felicidad, y un pan dulce para aquellos que no pudieran celebrar Nochebuena sentados a una mesa familiar.
“Teníamos unos veinte años y decidimos que, en vez de ir a bailar después de la cena del 24, íbamos a recorrer la ciudad dejando un presente a la gente que vivía en la calle o estaba trabajando”, cuenta María Sara Brugnoli, hoy contadora, 29 años, quien, aunque lo niegue, se destaca como la voz cantante del grupo, un team de unos 8 amigos autodenominado “Una Navidad para todos”. “La idea fue llevar alegría y esperanza para compartir un rato con las personas –sigue María Sara–. Sabíamos que esto se hacía en una parroquia del partido de San Isidro y quisimos repetirlo”. Lo lograron, y ahora sueñan con que la iniciativa se repita en todo el país.
Actualmente, y luego de seis años, la logística del equipo funciona igual que al comienzo, sólo que más aceitada. “Nos empezamos a reunir en octubre y generamos los contactos. Mandamos mails, hacemos llamados, nos comunicamos con empresas para ver si nos pueden ayudar... Después de este tiempo, muchos ya nos conocen”, cuenta Paz Villamil (26) luego de una sesión de fotos en la que queda evidenciado el espíritu de equipo y la impronta misionera. Charly Steiger, 27 años, de un buen humor incansable, da una mano con la producción fotográfica y no para con las bromas para las chicas: “Parecen estatuas” o “Igualitas a las secretarias de Sofovich”, serán algunas de las que descontracturarán el ambiente.
Pero volviendo a la logística, explican, el encuentro de todo el grupo se produce a las 2 a.m. en su base de operaciones, la sede del Movimiento Schoenstatt en pleno centro porteño. Allí tienen el stock de pan dulces (el año pasado juntaron 3000) y esperan la llegada de sus reclutas voluntarios. Esto es: primos, novios, novias, conocidos y amigos de amigos de amigos que se ofrecen para desandar Buenos Aires regalo en mano y que, en total, logran conformar un pelotón solidario de unas 150 personas. A eso de las 3.30 de la madrugada, entonces, cerca de treinta patrullas de a 5 personas saldrán a recorrer cada una su zona asignada.
“Le damos el presente a cualquiera que nos encontremos en el camino y luego compartimos un rato con ellos”, explica María Sara. Así, sorprenden a aquellos cuyo hogar es la misma calle, y no tienen más opción que pasar su Nochebuena en un banco de plaza, al pie de la escalera de un teatro o en una estación de tren. Si duermen, cuando despierten encontra- rán su presente. Pero también reciben mensaje y pan dulce los que, por trabajo, no pueden celebrar en compañía de los suyos: de esta manera, si en el trayecto pasan por la puerta de un hospital, entran; si pasan por una comisaría, entran; cuartel de bomberos, entran. Las reacciones, comentan, son de sorpresa y agradecimiento.
“También subimos a los colectivos y paramos a los taxis. Algunos nos preguntan si estamos locos, o cuánto tienen que pagarnos”, relata divertida Inés Gazcón (31).
Después de seis años, muchos en Buenos Aires ya saben de sus visitas. Como el sereno de un garage quien, esta noche, igual que la Navidad pasada, después que el reloj marque las 2 de la mañana y cuando todos ya hayan brindado junto a sus seres queridos, los estará esperando.

 

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Guardianes en Nochebuena
A la pregunta de si la de hoy será la primera Nochebuena que pasarán trabajando, la respuesta colectiva será “NO”, y, entonces, una rara mezcla de melancolía y sabia resignación aparecerá en sus rostros y relatos.
Es que Alejandro Irastorza (39), de Buenos Aires; Gustavo Serrano (32), de Cutral-Có, Neuquén; y María Fernanda Moschione (37), de La Plata, son médicos emergentólogos que, como tales, esta noche no podrán moverse de sus puestos, el Servicio de Emergencia del Hospital Alemán. Allí, en cualquier momento y sin aviso, podrá llegar un paciente con una urgencia, y serán ellos quienes lo reciban y comiencen a tratar inmediatamente.
Con absoluta naturalidad, cuentan que en la carrera de todo médico, y sobre todo al comienzo, las guardias son una obligación ineludible, no importa fecha ni celebración. Por eso, ellos ya están... ¿acostumbrados? Algo así: “Desde que me recibí en 1999, me toca estar de guardia para todas las fiestas”, dice con una media sonrisa Gustavo Serrano, y pregunta si puede invitar a la nota a Viviana Marco (30), cutralquense también y odontóloga del mismo hospital. Y claro que puede: ella es su esposa y, no podía menos, eligió estar de guardia esta noche para celebrar (¡y trabajar!) junto a él.
Otro que se suma espontánea y voluntariamente a la nota es Lisandro Patch Adams Pereyra (30). Lisandro es del área de Internación y también estará hoy de guardia. Como los demás, tiene vasta experiencia en esto de trabajar en las fiestas... y a miles de kilómetros de los amigos y la familia porque, como el resto, sus afectos quedaron en su ciudad, Cipolletti, Río Negro, bien lejos de Buenos Aires. Resume serio, en un instante en que deja de hacer gala del alias que le otorgaron sus colegas: “Se siente una sensación rara, como de melancolía. Quizás estás atendiendo a un paciente mientras escuchás los fuegos artificiales... Pero, por otro lado, es lindo, te hace sentir bien saber que estás ayudando a alguien”.
El contexto no impide que ellos también celebren. Para hoy, y al cierre de esta edición, los docs planeaban lo mismo que el año pasado: hacer una “vaquita” entre los compañeros del servicio y comprar un lechón, mandarlo a cocinar a una panadería y servirlo en la mesa de esta noche. “Se arma una especie de confraternidad”, dice Alejandro, y explica que allí la organización de Nochebuena es igual que en la de una familia: “Todos traemos algo –señala–, es a la canasta”. Así, Viviana, por ejemplo, aportará un jamón casero.
De esta manera, la fiesta para ellos será distinta. Sólo gaseosas, comida, quizás postre, algún turrón. “Nada de alcohol –enfatiza Fernanda–, tenemos que estar súper alertas”. La hora: cuando se pueda. Y si dan las 12 en medio de una emergencia, entonces habrá que posponer el brindis para más tarde.
Explican los doctores que el saldo típico de Nochebuena en los centros de salud son pacientes lastimados por pirotecnia y mordeduras de perros que se alteran con el estruendo de los petardos. Y que los casos más graves son politraumatismos provocados en accidentes de tránsito. Cuentan también que, a eso de las 6, 7 de la tarde del 24, “cuando empieza a caer el sol”, es común que llegue gente sin un cuadro concreto, sólo “manifestando angustia”, quizás con el dolor que provoca la soledad. En ese caso, y como tantas otras veces, ellos estarán ahí para recibirlos: firmes, y de blanco, como guardianes en la Nochebuena.

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Navidad con sabor a nuevo
Si fuera posible reproducir en estas líneas su voz y canto al hablar, sería mucho más fácil describir a Susan Verónica Parra Rueda. Pero intentemos con palabras: ella es colombiana, tiene 28 años y la alegría de la que, afirma, también goza su país. “Todo en Colombia es alegre”, asegura esta joven ingeniera industrial que hace 9 meses está en la Argentina haciendo una pasantía de postgrado, y se quedará en Buenos Aires hasta marzo de 2007.
Así las cosas, Susy celebrará la Nochebuena por primera vez lejos de su “abuelita” (¡de 98 años!), de papá y de sus dos hermanos varones. Y claro, también de su amada Bogotá.
Que en parte, y de alguna manera, estará presente con su mamá, Soledad, que llegó a la Argentina hace unos días para estar con ella durante un mes, y hoy celebrarán juntas la esperada Nochebuena.
Soledad es, cuenta Susan, quien año tras año para la cena del 24 prepara unos exquisitos ajiacos santafereños: plato colombiano que consiste en una sopa de pollo, crema de leche, maíz, papas y alcaparras, típico de sus navidades.
Es lindo escucharla contar sobre los festejos en Colombia, lo hace con un amor incondicional por su pueblo y también con mucho detalle, tanto que hasta es posible imaginar el clima festivo que se vive por esos lados: “En diciembre, allá la energía cambia: suenan canciones navideñas por todos lados, y la ciudad entera se ve más colorida. A veces, el paseo es ir en el carro de alguien a mirar lucecitas”, relata, y agrega: “Para mí es la mejor época del año… de un momento a otro el aire se colma de alegría, le gente está más contenta que de costumbre, los almacenes se engalanan con adornos y luces, los niños se ponen inquietos porque saben lo que se viene. No importa el clima, las dificultades o las circunstancias, la Navidad en Colombia es una gran fiesta, ¡llena de alegría, color, música y sabor a lo nuestro!”.
Cuenta que la Nochebuena, al igual que en la Argentina, generalmente se comparte en familia y amigos con una cena.“Y el 24 a medianoche –agrega–, después de los abrazos, todo es alegría y parranda”. Es que apenas entrado el 25, vecinos, parientes y otros seres queridos, se reúnen para compartir el brindis y festejar bailando al ritmo de la salsa o el mambo.
Entre otras costumbres de la tradición navideña colombiana, Susan destaca el Día de las Velitas: es el 7 de diciembre, cuando todos los hogares encienden velas en balcones, ventanas y veredas, y las calles quedan iluminadas por pequeñas llamitas. Recuerdan de esta manera el anuncio del arcángel Gabriel a María, y muchos hasta se apuran a salir del trabajo para llegar a casa y cumplir con la ceremonia. También, relata, es común reunirse en familia o con compañeros de oficina junto al pesebre a rezar la Novena: “Se hace desde el 16 hasta el 24, al son de oraciones y villancicos, después, siempre se comparte algo para comer, como buñuelos o natillas”, explica Susan.
¿Que si está triste porque hoy le toca estar lejos de tanto color y alegría? “Se siente raro –confiesa–. Pero que haya venido mi mamá para mí es una dicha muy grande. De seguro será una linda experiencia para las dos, a pesar de que extrañemos todo y a todos, pero estas son fechas para compartir, celebrar, darle gracias a Dios por las bendiciones recibidas en este año que termina y comenzar con gran entusiasmo y nuevos planes para el año nuevo”, resume Susan. Pero claro: “Recordaré sin duda la natilla, los buñuelos, adornar la casa, armar el pesebre y disfrutar los alumbrados de la ciudad donde las calles se llenan de luz y de esplendor…”.

 
 
Por Carolina Cattaneo. Fotos: Macarena Otero y gentileza familia Chanu