Buscar
 
Cocina Investigacion Moda Personajes Turismo Contactenos
 
 
 
 
Actualidad
ARGENTINA
país... ¿honesto?
 
Honestidad y deshonestidad Luz y oscuridad
Para Paola del Bosco, profesora del Area Empresa, Sociedad y Economía de la Escuela de Negocios IAE, hay que tomar conciencia de que, por pequeña que sea, cualquier falta de honestidad nos afecta. En las relaciones humanas, dicho valor es imprescindible para llevar una auténtica vida comunitaria. La deshonestidad implica falsedad e injusticia; ésta no respeta a la persona en sí misma y resulta una disposición a vivir en la oscuridad. Como oposición, la honestidad abarca a la confianza, la sinceridad, y expresa la tendencia de vivir a la luz de la verdad. Según del Bosco, la persona que actúa honestamente será una mejor persona, pero, a su vez, mejorará el entorno en donde realiza ese acto de honestidad. ¿Por qué es tan difícil alcanzar este valor? “Porque son bienes arduos, no son lo que primero le sale a uno, sino que necesitan un entrenamiento, un acostumbramiento y una educación”.

Un curioso test ubicó a la capital del país en la cola de un ranking que mide la honestidad. El estudio resulta una buena excusa para pensar la problemática a nivel nacional: ¿qué lugar ocupa este valor en nuestro ADN?

El desafío de la honestidad puede afrontarlo en este preciso instante: si encontrara un celular en la vía pública, ¿qué haría? ¿Lo devolvería o se lo quedaría? Puede que usted se incline por la primera opción, o, tal vez (vamos…), por la segunda. El mismo test organizó la revista Selecciones de Reader´s Digest en 32 ciudades del mundo. ¿La mala nueva? Representando a la Argentina, la ciudad de Buenos Aires quedó en el puesto 25, muy cerquita de las últimas posiciones. Entre los destinos en los que se recuperaron mayor cantidad de teléfonos, figuran Liubliana (Eslovenia), Toronto (Canadá), Seúl (Corea del Sur), Estocolmo (Suecia), Mumbai (India), Manila (Filipinas), Nueva York (Estados Unidos), Helsinki (Finlandia) y Budapest (Hungría). La porteña ciudad comparte el fondo de la tabla con Taipei (Taiwán), Lisboa (Portugal), Amsterdam (Holanda), Bucarest (Rumania) y Hong Kong (China).
Polémicas al margen, el estudio –más allá de analizar el comportamiento “de las personas comunes y corrientes” (tal como lo definen sus organizadores)– resulta un disparador para reflexionar a nivel nacional: ¿qué es la honestidad y qué preponderancia tiene entre nuestros valores?
“La honestidad en un individuo tiene que ver con los valores que ha tenido en su formación: el reconocimiento de los derechos del semejante, la pertinencia de una conciencia moral, la autocrítica que debe diferenciarse del autocastigo, y el anhelo de poder construir y beneficiarse sanamente de una estructura comunitaria”, aporta José Eduardo Abadi, médico psiquiatra, psicoanalista y autor del libros como No somos tan buena gente o Tocar fondo. “La honestidad exige la internalización de las normas y una noción de su indispensabilidad, si lo que pretendemos es conformar una sociedad, a mediano y largo plazo, justa y pujante”.
En su escrito Hecha la ley, hecha la trampa, Abadi afirma que el argentino siente dificultad a la hora de incorporar los valores. Esto le devuelve una sensación de vacío, que es un lugar vacante para ser cubierto por principios de signo negativo o contravalores, los cuales terminan imponiéndose como tentación inevitable. Este imaginario de enorme peligrosidad plantea la siguiente opción: o se es corrupto o no se es nada. Ejemplifica con la afamada coima y dice: “En ese acto tan cotidiano, no existe la mediación de la solidaridad, el derecho y el beneficio común, sino su distorsión y perversión. Implica el menosprecio por la ética individual, la trasgresión en beneficio propio; cosas que nos seducen sobremanera”.
“Los argentinos encarnamos a la perfección el paradigma ético posmoderno, en el que la responsabilidad, como explica Zygmunt Bauman, flota sin posar sobre ninguno”, agrega Mariano Ure, doctor en Filosofía y profesor de Etica en la Universidad Católica Argentina (UCA). “Pensamos que las cosas pasan, pero no por nuestra culpa. Las tendencias sociales responderían a causas complejas, y mi acción individual no tendría incidencia en ellas. Así, nos sentimos legitimados para hacer cosas que no desearíamos que los demás hicieran con nosotros. Encuentro un celular y me lo quedo, pero, en cambio, si yo lo hubiera perdido, me gustaría que me lo devolvieran”.

Frivolidad y hedonismo
“Estamos en un país frivolizado, farandulizado, de hedonismo estúpido”, sentencia Abel Posse en su libro La santa locura de los argentinos. “Aquí, para sobrevivir hay que ser vivo, salirse siempre con la suya, por encima del otro. Hemos entronizado como valor la viveza, que es como la hija bastarda de la inteligencia”. Para el escritor y diplomático, la honestidad es un valor soterrado. “Somos pasivos ante la generalizada falta de honestidad. La escuela de la honestidad, como la de la disciplina, se fue perdiendo. Y el problema se extiende desde el colegio hasta la política. Es un país que perdió la vergüenza de no ser honesto. Es algo muy grave, porque en la Argentina el no ser honesto es una posibilidad que no tiene castigo”.
Por su parte, Abadi sostiene que la deshonestidad aísla; genera, cuando existe una instancia moral, sentimientos de culpa, y, por lo tanto, provoca tensiones persecutorias que llevan al empobrecimiento y la violencia. “Hay espacios en los cuales la laxitud en el cumplimiento de las reglas –debido a tolerancias cómplices– estimula la propensión de algunos a la infracción y la trasgresión. La impunidad desorganiza y disuelve cualquier iniciativa que se sostenga en la verdad y el interés en el otro. En nuestro país, desafortunadamente, hubo períodos en los cuales la trasgresión se naturalizó de tal modo que contaminó nuestra vida ciudadana encubriendo el carácter adictivo que tenía”.
Es interesante detenerse en el siguiente punto que expone el psicoanalista: en la Argentina, se da el caso paradójico de que, aquel que respeta la ley, muchas veces se siente solo y con sus fuerzas disminuidas, y provoca en aquellos que la cumplen una sensación de aislamiento, exclusión y soledad “brutal”. Respetar la ley, ¿significa simplemente no infringirla, o tener un rol acusador, ser un defensor activo de ella?

¿Se aprende a ser honesto?
Ser genuino, franco, transparente, justo, objetivo, auténtico. Cada vocablo es primo hermano de la honestidad. ¿Cuán lejos estamos de eso? “No hay que ser apocalípticos. La deshonestidad no constituye nuestra idiosincrasia”, completa Ure. “Antes que malintencionados, somos miopes morales. Actuamos sin preguntarnos cómo afectamos a los otros. Sobre todo en las grandes ciudades, en las que las relaciones suelen ser más distantes. Quizás por eso, difícilmente vemos un rostro detrás de los bienes. Si el celular ‘no es de nadie’, guardárselo es simplemente aprovechar la fortuna de haberlo hallado primero”. Como solución, Abadi asegura que la honestidad se enseña y también se exhibe con el ejemplo. Se la preserva, no sólo con los controles adecuados, sino con la aplicación de la ley cuando la infracción tiene lugar. “De todos modos, en el terreno ético, los consuelos huelen a excusa –concluye Ure–. Un puesto tan bajo en el ranking obliga a afrontar las cuentas pendientes. El primer paso es instalar la pregunta moral, que no es otra cosa que prestar atención a los efectos de nuestras decisiones en la vida de los demás”.

 
Por Mariano Petrucci / Fotos: Noticias Argentinas