El hombre irrumpe ágil en la oscuridad del teatro. Deja una estela de su perfume flotando en el aire y se adueña del escenario. Se adueña, con todas las letras y con todo su talento. Aparece no se sabe de dónde, lo hace entre las filas de público que, desprevenido, de repente se encuentra frente a él, virtuoso, mágico: no es el hombre Acertijo, es Hernán Piquín, uno de los bailarines argentinos de mayor proyección y, según dicen, el sucesor del Gran Julio. Aquel viernes de calle Corrientes, quien escribe, al verlo moverse (flotar) sobre las tablas, pudo constatar algo: Piquín no baila… vuela.
En la entrevista, el artista desanduvo su pasado hasta llegar al presente, el que por estos días lo tiene de vuelta en Buenos Aires, luego de haber presentado en Centroamérica y en Madrid el espectáculo Hernán Buenosayres, Angel y Demonio, obra que protagoniza e interpreta junto a su propia compañía, Fuga en Danza, y que, en abril de este año, repuso en escena por segundo año consecutivo. Además de todo esto, 2007 tuvo a Hernán, hace muy poquito, como invitado especial de Julio Bocca en El hombre de la Corbata Roja, en el Opera. Su futuro inmediato prevé para él algo novedoso: el estreno de El Romance del Aniceto y la Franciscana, una nueva versión musical del filme dirigido por Leonardo Favio en el cual Piquín también es protagonista.
A todo esto, decíamos, en esta nota desanduvo su pasado: “Mi historia, a ver… –comienza a relatar–: A los 4 años le dije a mi mamá que quería ser bailarín. Vivíamos en Villa de Mayo, Don Torcuato, en una casa muy grande, con un jardín amplio y pileta. Yo era muy hiperactivo, a los 4 ya nadaba solo porque nadie me quería enseñar. Corría por el parque, montaba mis propios espectáculos… Y un día, mirando Noches de Gala, por ATC, le dije a mi mamá que quería ser primer bailarín de ‘eso’”. “Eso”, era nada menos que el Teatro Colón.
–¿Recordás ese preciso momento?
–Sí. Yo estaba en mi habitación, mirando la tele, mi mamá me llamó a comer y, como yo no bajé, ella subió a buscarme. Entonces la miré y le dije, señalando la pantalla del televisor: “Mamá, yo quiero ser primer bailarín de acá. Quiero hacer esto”. Y mi mamá quedó sorprendida –relata–. Y bueno: me mandaron a natación, a tenis, a gimnasia deportiva y a patín, todo para ver si realmente era vocación. Y fue tan fuerte, que en cualquier cosa siempre me pasaba algo: en los clavados se me salía el hombro de lugar, en tenis se me salía el hombro de lugar, en gimnasia se me salía el hombro de lugar, y en la danza… nunca. Hice, hice, hice, hasta que… –se interrumpe–.
Hasta que a los 10 años, ingresó por fin al Instituto Superior de Arte del Teatro Colón. “Entré sin saber nada, después de tomar tres clases de ballet para ver qué era ese mundo, qué era Grand plié, qué significaba tandiu… Eramos 2500 chicos y quedamos 17. Uno de los exámenes era improvisación: tocaban el piano, y los postulantes teníamos que inventar. ¡Yo empecé a hacer una clase de gimnasia deportiva! Hacía flic flac, rondeau, la vertical, me abría de piernas… La mesa me miraba como diciendo ‘Vos estas loco, ¿qué estás haciendo? ¡Esto es el Teatro Colón!’”, recuerda hoy divertido, y concluye: “Y bueno, entré, quedé, y me formé. Después me fui a vivir a Londres, luego a París, hasta que volví y entré al Ballet Estable del Colón”.
Ahondando acerca de dónde viene esa vocación que hizo sacar su hombro de lugar en cualquier disciplina que no fuera la danza, Hernán dice, al menos, que no encuentra el origen en su familia, y eso que investigó en la rama de su papá, inmigrantes españoles, “gente de campo”, que llegó escapando de la guerra y se instaló como comerciante, línea que continuaron su propio padre, hoy fallecido, y su mamá, su queridísima mamá Irma.
“La verdad es que el apoyo que tuve de mi familia fue incondicional, mis horarios eran... Imaginate: yo vivía en Villa de Mayo, y para llegar a Capital, iba en tren. A las 12 años viajaba solo, y a las 12 de la noche, cuando terminaba el espectáculo en el Colón, tenía que salir volando porque 12.45 salía el último tren. A veces me quedaba dormido… ¡Y mi mamá con mi hermano se quedaban en el auto esperándome en la estación! Y yo que seguía de largo, asustadísimo, ocho estaciones más allá”, recuerda Hernán, un poco con humor y otro poco con ternura.
Igual que cuando trae a la memoria a aquel jovencito que, en 1985, a los 16 años, también viajaba sólo con su alma en el metro londinense, en plena medianoche, en las épocas en que fue invitado por la escuela del English National Ballet. “Era la primera vez en mi vida que viajaba sin mi familia… era la época de los punks, un momento difícil. Pero la pasé súper bien”, recuerda. Más tarde lo invitaron de Francia, luego de Venezuela, y así...
De todo aquello, sostiene, no fue él el impulsor: “La verdad es que de todo lo que hice en mi vida, nada me lo propuse. Sólo lo que me propuse, y dije ‘quiero como meta esto’, fue decirle a mi mamá que quería ser bailarín del Colón’. Eso lo logré. El resto, te juro, lo que me vino después, fue un regalo de Dios. No busqué irme a París, no busqué irme a Londres, fueron becas porque vinieron a verme mí, yo estaba tomando las clases en el Colón, me vieron y me llevaron”.
Hoy Hernán lleva 23 años de carrera, en los cuales, la historia del ballet nacional dirá que hizo una excelente carrera en el Ballet Estable del Teatro Colón y que fue una de las grandes figuras del Ballet Argentino de Julio Bocca, donde se lució a pleno en dúos con la bailarina Cecilia Figaredo.
–En este tiempo, ¿a quiénes reconocés como tus maestros?
–A Aída Micón, a Vasil Tupin… tuve muchos, pero en formación clásica, te puedo mencionar a ellos. Y como artista, a Julio… a Julio Bocca –aclara–.
–¿Cómo es tu relación con él? ¿Son amigos o simplemente colegas?
–Nos conocemos hace 20 años y somos muy buenos amigos. Yo estuve en su Compañía, y cuando me llamó Favio para filmar la película, le dije a Julio que no iba a poder firmar contrato ese año. Y me dijo, “Perfecto, es lo que te conviene, es maravilloso, una buena experiencia, además, yo me estoy retirando y la Compañía te la voy a dejar a vos, o sea, te nombro mi heredero”. Fui convocado por él al Opera para su despedida, me invitó a su cumpleaños en Madrid… Sí, somos muy buenos amigos –resume–.
–Cuando la prensa habla de vos como del sucesor de Julio Bocca, ¿cuál es tu sensación?
–Para mí es un honor. Hay muchos bailarines en la Argentina y en el exterior; y muchos, buenos, y él podría tranquilamente nombrar a otro o no nombrar a nadie. Eso habla de la generosidad de Julio. Para mí, te repito, es un honor impresionante. Obviamente me llena de responsabilidad, pero no tengo ningún miedo ni problema en llevar este “peso” por decir algo, porque no lo siento como un peso. Me llena de felicidad… espero estar al nivel de él.
–Vas por el camino...
–Parece, ¡pero me tengo que apurar, porque ya tengo 33! Pero sí, la verdad, estoy feliz de haber logrado tener mi propia Compañía, de viajar por Europa y Centroamérica… Es difícil salir del país y que alguien de afuera invierta en algo que vos hacés.
–Se puede imaginar que alguien con una carrera como la tuya vive para la danza, se levanta con la danza, se va a dormir con la danza… ¿Cómo es la vida cotidiana de un bailarín como vos?
–Mi vida es totalmente normal (¡!): me despierto, voy como cualquier persona al trabajo, me gusta hacerlo, amo lo que hago, no me cuesta. Ensayo, termino, y ahí culmina mi día de ballet. O sea: llego a mi casa, estoy descalzo, en shorts, remeras, cocino y limpio; y si hay que planchar, plancho.
–Sos doméstico, se ve…
–Me gusta mi casa, cortar el pasto, arreglar las plantas. Soy casero.
–¿La experiencia en el cine, tiene que ver con algún deseo de ser actor o con algún cambio de rumbo?
–Mirá, yo creo que los bailarines somos un poco actores. De hecho, cuando estás interpretando un rol, estás actuando. Me gusta mucho la actuación, dirigir, me gustaría estar en un canal, no me cohíben las cámaras, los micrófonos. ¿Cambio de rumbo...? Puede ser para un futuro, cuando deje de bailar, me atraería hacer televisión. El cine me encantó, es una experiencia maravillosa.
Acerca de si asiste a funciones ballet, contesta que no: “No soy de mirar un video de baile, si tengo que aprender algo, y bueno, no queda otra: tengo que sentarme a mirarlo. No me gusta ver películas ni funciones, me aburren, porque no estoy yo bailando”, afirma. Verse grabado tampoco lo apasiona, asegura que siempre se ve feo, y que se dice a sí mismo “¡Qué horror! ¿Cómo pude hacer eso? ¡Estoy chueco, me quiero matarrrr!”, ríe. Sin embargo, asegura que no es exigente consigo mismo y que suele perdonarse cosas, que “hoy sale, mañana no, y bueno, pasado va a salir”.
Concluye: “En el escenario doy absolutamente todo. Como en la vida: doy todo –repite–. Creo que eso es lo que te hace ser un artista, entregarte y que quien está en primera fila y quien está en cazuela sientan la misma vibración que estoy sintiendo yo en el escenario”.
Algo que logra, sin dudas, el hombre que no baila… porque vuela. |