*España acuna un dato inquietante: en la última década, el consumo de drogas entre los adolescentes se cuatriplicó. Uno de cada diez ingiere cocaína, y cuatro de ellos, marihuana.
*En la Argentina, más del 40% de los jóvenes, de entre 11 y 15 años, ingresan en el mundo del tabaco y el alcohol. La Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico (SEDRONAR) indica que el camino hacia las sustancias prohibidas se inicia entre los 9 y los 12 años.
A semejante panorama, habrá que sumarle condimentos extra como la violencia que encarnan y padecen los adolescentes, y las altísimas horas que manejan en sus salidas, sus vacilaciones vocacionales, sus inseguridades, la invasión de la tecnología (liderada por Internet y los videojuegos) y la omnipresencia de los medios de comunicación.
“Los jóvenes se encuentran con que no tienen límites ni parámetros. Padecen la falta de un horizonte con certezas”, asiente la socióloga Silvia Guemureman. Las palabras “educación” y “trabajo” abandonaron su lugar de privilegio en una generación que se caracteriza por ser flexible, pasiva, desilusionada, desmotivada, y que se erige en un universo tan tecnológico como cambiante.
Con este escenario, la noche emerge como el ámbito por excelencia donde los jóvenes se desinhiben. “Sienten que les pertenece, allí no están los padres ni los profesores, la noche los inmuniza contra ellos. Bailan, gritan y toman, avanzando sobre el placer que se imponen sentir”, agrega la psicóloga y asistente social Eva Giberti. Dicha situación puede generar una violencia que derriba el imaginario de la niñez “obediente y angelical”. La especialista advierte que se incurre en un error si se deduce que los causantes del fenómeno son sólo los ejemplos que imponen los medios de comunicación masiva. “Es la interpretación paranoide de los hechos: la responsabilidad es de los otros”.
Sin embargo, no menos cierto es que, por ejemplo, la TV repercute en la formación de los adolescentes (basta detenerse en el lenguaje que utilizan ciertos programas de moda). “Los medios privilegian una cultura muy hedonista, que tiene que ver con aquello que se puede tener y no con aquello a lo cual hay que esforzarse para llegar a ser –acota Guemureman–. Por otra parte, los hijos nos reprochan mucho más en comparación a lo que sucedía con nuestros padres. Esto configura una distancia mayor; por más que tratemos de acortarla, ellos la van corriendo”. Es aquí cuando gritan “presente” Internet y la paradoja que encierran las nuevas tecnologías: los padres y/o los maestros no son los únicos que enseñan. Hoy en día, los bajitos cuentan con conocimientos tan enriquecedores como sorprendentes, que los adultos no deben desatender.
“Ante tal diagnóstico, los padres estamos preocupados por diversos tópicos”, señala Miguel Espeche, licenciado en Psicología y Coordinador General del Programa de Salud Mental Barrial del Hospital Pirovano. “Al percibir una mayor autonomía de los chicos, subsiste el miedo a los riesgos inherentes de un ambiente que se percibe como peligroso. La luz de alerta se enciende al pensar qué hacen de su tiempo libre y en qué posición de su escala de valores se ubica el esmero y el esfuerzo”.
Es que los tiempos de juventud de los padres fueron diametralmente opuestos a los que transitan los hijos. “Los primeros temen la frustración de los segundos y actúan con culpa. Esa culpa distorsiona criterios y diluye la sana autoridad”, manifiesta Espeche.
Entonces, ¿faltan modelos de adultos atractivos que, sin confundirse con ellos, entiendan sus códigos y sintonicen su frecuencia? “Hay que saber transmitir la pasión por algo. Tanto lo individual como lo familiar dará una forma particular al modo de inserción laboral y social del joven. Estos podrán recuperar anhelos y proyectos cuando quienes dan el ejemplo puedan ceder sus gustos, no olvidando cierto criterio de realidad”, propone Carlos Peláez, licenciado en Psicología del Hospital de Niños Dr. Ricardo Gutiérrez y docente de la Universidad de Buenos Aires (UBA).
¿Se aprende a ser padre?
“Matías tiene 15 años y para él nunca tengo razón, estoy fuera de onda o soy exagerada. Siento que no le soy útil y tengo miedo de lo que le pueda pasar fuera de casa”, confiesa angustiada mamá Silvia. ¿Acaso los padres tienen la culpa de todos los males de sus criaturas? Se sabe que no hay una universidad para aprender esta “profesión”, ni existe un manual de recetas, pero una vieja/flamante tendencia suma cada vez más adeptos. Se trata de las escuelas para padres, una movida que, si bien ahora cobra popularidad, encuentra sus inicios en la Europa de la década del 40. Grupos de psicopedagogos, psiquiatras, psicólogos y sociólogos enseñan a los papás los mejores procedimientos para orientar la vida de sus hijos.
Hace seis años, Eva Rotemberg inauguró su Escuela para Padres en la Capital Federal (a principios de los 90 ya había incursionado en el tema en un colegio de Barcelona). “El proyecto nació como resultado de mi larga experiencia como profesional de la patología mental severa. Me propuse utilizar la teoría y técnica de la Terapia Multifamiliar para brindar dicha experiencia al servicio de la prevención”, explica la psicóloga y psicoanalista. “Es un espacio de orientación y sostén profesional para encarar y elaborar las dificultades constitutivas del ser padre. Pero se parte de la base de que no existen las recetas, ya que las dificultades son, por un lado, intrínsecas del rol; y por el otro, que los problemas son, generalmente, producidos por motivaciones inconscientes y no por mala voluntad. Del mismo modo que, ante la menor duda, se llama al pediatra, las familias cuentan con talleres tanto para orientarse frente a una duda, como para resolver problemáticas severas. Lo más importante, los hijos, son el resultado del ‘ensayo y error’ de muchos padres ‘bien intencionados’, pero que, ante las dificultades, tardan años en consultar. Cuando lo hacen, ya hay síntomas o conflictos importantes que demoran años en remitir”.
Las sesiones –de dos horas de duración– se llevan a cabo una vez por semana y participan una veintena de papás y, según el caso, hasta los hijos, abuelos o tíos. Las angustias y dudas resultan los disparadores de la charla que coordina un profesional del staff. “Las consultas son variadas y esa es la riqueza del modelo –asume Rotemberg–. Vienen tanto padres primerizos como familias de adolescentes con temas evolutivos ‘normales’ y otras más perturbadas por conflictos crónicos. Es fundamental trabajar sobre los vínculos, ya que el mundo interno se conforma a partir del modo en que fueron vivenciados los encuentros, cuánto uno se sintió tenido en cuenta y cómo las experiencias fueron internalizadas dentro de la mente. Así se constituirá la realidad psíquica que condicionará su modo de percibir ‘la realidad’”.
Rotemberg siente que los padres están muy solos, con sus responsabilidades económicas a cuestas, y se preocupa por lo que denomina “hagamos lo que se nos cante”: en criollo, dejar a los chicos a la deriva. ¿Existe una desconexión entre los padres y los hijos? Espeche contesta: “Por la forma de vida moderna, la conexión emocional no tiene un ambiente propicio para transitar fluidamente. Padres e hijos se quieren mucho, pero no encuentran las formas de expresar o vivir ese afecto. Por ejemplo, la tecnología interfiere en ello, ya que lo que atenta contra el contacto natural es la falta de actividades en común”.
Por su parte, Giberti, que también coordina cursos, apunta a que los padres logren no aislarse del joven o desaparecer de su entorno. Ahora, eso no debe implicar hacerse su amigo, ya que desvirtúa la función continente en la crianza. Asimismo, aconseja escuchar, alimentar la autoestima, generar confianza y no ser prepotentes ni juzgar los dilemas de los chicos, ya que, aunque ellos (con el tiempo) les den la razón, en un principio, estas últimas actitudes provocarán aislamiento.
De cualquier manera, para Espeche no hay fórmulas mágicas para seguir. “Nada puede suplir la intimidad y el contacto entre padres e hijos. Eso sí, el miedo no es un buen consejero; mejor confiar con inteligencia, que desconfiar metódicamente”. Rotemberg concluye: “No se puede criar a un hijo con los parámetros medievales de obediencia a la autoridad, ni tampoco, como en el siglo XX, con el deseo de evitarles todo tipo de sufrimiento. En el siglo XXI, época en la que es necesario saber cambiar el rumbo, se trata de que los hijos puedan aprender a pensar por sí mismos, que confíen en sus propias posibilidades. Esta seguridad interna es su mayor riqueza. Para eso se abren estas escuelas y talleres: para ayudar a que cada uno potencie al máximo sus recursos internos”.
|