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Célebres frases desde Calcuta
“El amor no puede permanecer en sí mismo. No tiene sentido. El amor tiene que ponerse en acción. Esa actividad nos llevará al servicio.”
“Si no se vive a los demás, la vida carece de sentido.”
“Muchas veces basta una palabra, una mirada, un gesto para llenar el corazón del que amamos.”
“La revolución del amor comienza con una sonrisa. Sonríe cinco veces al día a quien en realidad no quisieras sonreír. Debes hacerlo por la paz.”
“Hay una cosa muy bonita: compartir la alegría de amar. Amarnos los unos a los otros. Amar hasta el dolor.”
“Preferiría cometer errores con gentileza y compasión antes que obrar milagros con descortesía y dureza.”
“No hay mayor pobreza que la soledad.”
“El amor es un fruto que madura en todas las estaciones y que se encuentra al alcance de todas las manos.”
 
 
Podrían no haber congeniado nunca y, sin embargo, lograron traspasar cualquier diferencia social y aunar sus “manos a la obra” en pos de los más necesitados. Se cumplen 10 años de la muerte de la Madre Teresa de Calcuta y de Lady Di: dos mujeres diferentes, un mismo amor.

Diana me ayudó a ayudar a los pobres. Y eso es algo maravilloso”, dijo la Madre Teresa el día de la muerte de Lady Di. Paradójicamente, ese mismo corazón agradecido –pero fatigado por el paso de los años–, fue el que le impidió despedir a la princesa de Gales con una solemne misa en su homenaje, como lo tenía planeado. El 5 de septiembre de 1997 en Calcuta, muere a los 87 años la “Monja de los Pobres” a causa de un paro cardíaco, cinco días después de que la “Reina de los Corazones” falleciera a sus 36 años en un trágico accidente de auto, en París.
Dos mujeres diferentes, dos cunas diferentes, dos estilos de vida diferentes y hasta dos maneras muy distintas de morir, pero con un mismo interés: asistir a los más desprotegidos y necesitados y aportar –cada una desde su lugar–, ese granito de arena que contribuyera a cambiar aquello que les hacía doler en lo más profundo de su alma. Una supo desde siempre que esa era su misión en la vida. La otra debió pasar por desencantadores momentos (¿golpes de la vida?) para darse cuenta de que podía torcer el rumbo de su existencia y hacer que la solidaridad formara parte de su rutina diaria. Fue en Roma, allá por 1992, cuando la Madre Teresa de Calcuta y Lady Di pudieron mirarse a los ojos por primera vez y entender que podían ayudarse a ayudar, más allá de cualquier consideración social. Desde entonces, esas enormes ganas de socorrer a los demás y esa amistad capaz de hacerle frente a cualquier mirada prejuiciosa llevaron a estas dos mujeres a cruzarse, más de una vez, en viajes de auxilio humanitario alrededor del mundo.
La Madre Teresa nació bajo el nombre de gua Yugoslavia, el 27 de agosto de 1910, en el seno de una familia de la pequeña burguesía. Muy de niña, debió afrontar dos duros momentos que marcaron su vida: la muerte de su padre y, por ende, una gran crisis económica familiar. Entonces, fue su madre quien tomó las riendas de la casa y puso un negocio de ropa de encajes para poder continuar con la educación de sus hijos. En aquel lugar, la pequeña Agnes comenzó a escuchar –por boca de algunos misioneros–, historias de hambre y sufrimiento en la India. A los 18 años, ingresó en la Congregación de Notre Dame de Lorette, en Irlanda, y al terminar su postulado se dirigió a la India para su noviciado. En 1937, hizo los últimos votos en Darjeeling –uno de los centros culturales británicos más importantes del país asiático–, y tomó el nombre de Madre Teresa en honor a una monja francesa Teresa Martin, conocida como “Santa Teresita del Niño Jesús”.
Un día caminando por las calles de Calcuta, tropezó con el cuerpo de una mujer moribunda. “La levanté, caminé hasta un hospital cercano y pedí un lugar para ella”, supo contar en varias oportunidades. Finalmente, la mujer murió en esa primera y última cama de su vida. En ese mismo instante, comenzó la lucha de ese ser –pequeño de estatura e inmenso de espíritu–, por los humildes y desamparados. Lo primero que hizo fue pedir permiso para vivir fuera del convento sin perder su condición de monja y trabajar en los barrios pobres de Calcuta, autorización que incluyó largos años de negaciones, pero que finalmente le fue concedida en 1948 por el Papa Pío XII. Entre 1949 y 1950, pudo iniciar verdaderamente su labor cuando recibió la aprobación de Roma bajo el nombre de Misioneras de la Caridad.
Once años más tarde de aquel permiso papal y en otro continente, comenzó a escribirse –con tinta de diferente color–, la historia de Diana Spencer, quien dejó escapar su primer llanto en el condado inglés de Norfolk, el 1 de julio de 1961. Hija menor de John Spencer –octavo conde de Althorp–, y de Frances Ruth Roche, creció al mejor estilo de las pequeñas noblezas. Pasó los primeros años de su vida en la residencia familiar de Sandringham, donde recibió su primera educación de manos de institutrices. En 1968, tras el divorcio de sus padres, Diana quedó bajo la custodia paterna y aquel año ingresó en la escuela de King´s Lynn. Luego le siguieron dos internados de señoritas, uno en Riddlesworth Hall y otro en West Heath, para finalmente terminar sus estudios en Suiza. Londres fue la ciudad elegida por Diana para comenzar a trabajar hasta que, en noviembre de 1977, conoció a Carlos, heredero del trono británico, con quien se puso de novia dos años después. La historia que sigue es conocida. El príncipe Carlos y Lady Di se casaron el 29 de julio de 1981 en la catedral londinense de Saint Paul, y en 1982 y 1984, respectivamente, nacieron William y Harry, los únicos hijos de la pareja.

Manos a la obra
La imagen de aquella mujer desvalida que moría en las calles de Calcuta rápidamente se transformó en cientos –miles–, de voces necesitadas que pedían a gritos ponerse en acción, hacer algo, auxiliar, amparar, remediar, albergar... Un llamado desesperado, que encontró rápida respuesta en esa mujer de típico atuendo blanco con bordes azules que puso manos a la obra, sin dudarlo un segundo. ¡Allí está! Recorriendo los suburbios apestados por basura y cloacas que desbordan, recogiendo leprosos, tuberculosos y borrachos, serenando a enfermos mentales y dando refugio a niños abandonados en tachos de basura. Una tarea ardua y desoladora si, además, se tiene en cuenta que, durante algún tiempo, sólo recibió burlas y humillaciones por parte de parroquias que hubieran podido ayudarla y que, en cambio, la apodaban “la monja de los callejones”. Firme en sus convicciones, la Madre Teresa siguió caminando las calles –al ritmo de su enorme corazón y sus pequeños pies descalzos–, sin permitir que la duda o el cansancio la asaltaran ni siquiera por un instante. En 1957, logró inaugurar la primera clínica móvil en Calcuta para poder expandir la ayuda a todos los necesitados, y en 1963 nació una nueva rama de la Congregación, los Hermanos Misioneros de la Caridad. Luego le siguieron la fundación de los Sacerdotes Misioneros de la Caridad y la de los Laicos Misioneros de la Caridad. En 1965, el Papa Pablo VI autorizó a la Madre Teresa a expandir la Orden religiosa a otros países y así se hizo. En la actualidad, existen cerca de 700 casas de las Misioneras de la Caridad repartidas en 130 países, inclusive la Argentina. En 1979, como reconocimiento a su incansable labor recibió el Nobel de la Paz, premio que aceptó en contra de su voluntad y que agradeció en nombre de “los pobres, los hambrientos, los enfermos y solitarios”.
Para Lady Di, convertirse en una princesa humana y solidaria implicó –entre otras cosas–, desafío, romper con ciertas reglas del rígido protocolo de Buckingham y hasta enfrentar a la poderosa corona británica, de la que nunca había tenido demasiada aceptación. Sus viajes a Angola y a Bosnia, su apoyo a mutilados de guerra, ancianos y enfermos de Sida y su aguerrida lucha para prohibir la fabricación y el uso de minas antipersonales en conflictos bélicos hicieron que esa imagen frívola y distante que le traía aparejado su lugar dentro de la realeza dejara paso a la “Reina de los Corazones”. Tras su divorcio con el príncipe Carlos, Diana puso sus energías en obras benéficas, incluidos Centrepoint, un grupo londinense para jóvenes sin hogar, y la organización internacional Leprosy Mission. Para demostrar sus ansias alquimistas, remató 79 vestidos de fiesta de su “época real” con los que logró recaudar más de tres millones de dólares. Sin duda, un gesto que hizo escuela. Por estos días, uno de sus trajes favoritos será subastado a través del sitio de Internet e-Bay y se estima que el precio puede alcanzar los dos millones, suma que será donada al grupo de caridad The Promise Alliance, que asiste a niños de la calle en los Estados Unidos.
La última vez que la Madre Teresa de Calcuta y Lady Di pudieron tomarse de la mano y comprobar que el camino de la solidaridad recorrido hasta entonces y el compromiso adquirido eran los correctos fue en junio de 1997, en Nueva York, pocos meses antes de la muerte de ambas (foto pág. 20). Sin dudas, un encuentro que volvió a confirmarles que cualquier tipo de diferencia que impone el mundo material puede desvanecerse con un gesto de amor hacia “los pobres, los hambrientos, los enfermos y solitarios”.