San Telmo es uno de esos barrios porteños en los que el día amanece agitado. El gris del cielo no logra amedrentar a las decenas de turistas que quieren aprovechar cada minuto, cada instante para aprenderlo –y aprehenderlo– todo. La esquina de Defensa y Humberto 1º se convierte en epicentro de la movida. Allí, donde el tango se vuelve historia, la historia es sinónimo de arte y hasta las veredas tienen un matiz diferente, aparece una puerta de madera. El pequeño cartel de letras azules confirma que estamos en el lugar indicado. Una escalera nos separa del universo Pallarols. Ese primer piso amplio y, sin embargo, repleto de objetos, fotos y recuerdos en el que conviven museo, taller y centro de operaciones del Maestro orfebre Juan Carlos Pallarols. Así, con mayúscula, porque este hombre afable que nos recibe con tanta calidez es, sin lugar a dudas, el gran platero argentino. Miembro de una dinastía de orfebres que ya lleva 6 generaciones, es el encargado de confeccionar los bastones presidenciales, y sus trabajos relucen en las vitrinas de los reyes de España, Inglaterra, Holanda, de celebridades como Joan Manuel Serrat y Plácido Domingo y hasta en el mismísimo Vaticano.
Esta sucesión de nombres rutilantes no parece encandilarlo. “Para que una pieza sea una obra de arte tiene que haber mucho amor y mucho conocimiento, y, en general, estos personajes tan famosos no tienen tiempo para dedicarle al proceso de creación –reflexiona Palllarols–. El cliente que a mí me hace sentir que realmente vale la pena ser orfebre es el desconocido, ese que se viene una semana entera al taller para conversar y ver entre los dos qué hacemos y cómo lo hacemos”. Es que, por sobre todas las cosas, este gran artista prioriza la comunicación. “Yo no soy orfebre porque me guste hacer piezas lindas. Hoy estoy absolutamente convencido de que me dedico tanto a hacer un objeto porque detrás hay una persona. Si fuera únicamente por el objeto, ya no lo haría. Cuando aparecen las vivencias, la vida real de esos que pisamos la tierra, me apasiono”.
Y si en esa sucesión de vivencias se conjugan muchos –muchísimos– actores, el camino se vuelve todavía más interesante. No es la primera vez que Juan Carlos Pallarols invita a su público, a la gente, a que sume su golpe para cincelar objetos que terminan representando a los argentinos en el mundo. “Siento que se cargan de energía, que ahí se hace la verdadera obra. Empecé a trabajar con el que luego sería el bastón de Raúl Alfonsín, en 1982. En el cáliz de Benedicto XVI participaron 200 mil personas y, de hecho, casi la mitad ni siquiera eran católicos. Pero les emocionaba la idea de participar de un acto colectivo de fe, de cultura”, recuerda. Ahora se encuentra en pleno proceso de reconstrucción de la máscara de Eva Perón, un trabajo que había comenzado su padre en 1952 (ver En el nombre…), y ya está delineando un proyecto todavía más ambicioso. “Me aflige muchísimo lo que sucede en Medio Oriente –revela con el ceño fruncido–. Son hermanos y se están desangrando, están destruyendo el patrimonio cultural, humano, todo. Tengo ganas de hacer una pieza que, al mismo tiempo, sea un plato de Pesaj, una patena de la liturgia cristiana y una bandeja que utilizan los musulmanes para las ofrendas. La idea es llevarlo por el mundo, trabajar en Israel, en Palestina, que sea un llamado de atención. Quiero que la platería sirva no solamente pare decorar mesas, sino para unir a las personas”.
El alquimista
Apenas promedia la mañana y los teléfonos de Juan Carlos Pallarols no paran de sonar. Una multinacional que lo requiere para una campaña publicitaria, los organismos solidarios con los que colabora, la restauración de antiguas piezas del Teatro Colón, clientes que llegan desde el exterior únicamente para encargarle trabajos especiales… “El hecho de vivir intensamente mi vida de hombre-platero, o de platero-hombre, hace que vaya quedando una estela. Todo eso llevará a que algún día se pueda decir ‘acá vivió un señor que hacía esto’. Y eso me pone muy feliz, porque creo que un verdadero artista es aquel que puede dejar testimonio del lugar donde vivió, de cómo vivió, en qué época vivió”, sostiene.
Los golpes de cincel marcan el ritmo del taller. Detrás de las herramientas y las grandes llamaradas de fuego, aparecen colaboradores y aprendices que buscan el visto bueno del Maestro. Hay un puesto de trabajo vacío. Al acercarnos, una hilera de lapiceras revela que ese es el lugar donde despunta el vicio el mismísimo Pallarols. Es que el orfebre es de los que prefieren desarrollar la tarea codo a codo, mezclado entre los suyos. “Me gustaría poder recibir a toda la gente en el taller, para que pudieran ver, tocar. Mi próxima exposición va a tener ese concepto. Es una idea que se fue forjando a partir de observar a uno de los críticos más severos pero más acertados que he tenido: Borges. El agarraba una sopera y me decía: ‘qué linda forma que tiene’. Entonces yo pensaba, ‘¿cómo puede ser que lo sepa si no puede ver?’. Hice muchas veces el experimento, y descubrí lo poco que veo con los ojos y cuánto más ‘veo’ con el tacto, con el olfato, con el oído. Y lo quiero compartir con mucha gente”, se entusiasma.
Proyectos, pensamientos, reflexiones, una interminable sucesión de ideas se amontona en la cabeza de este hombre. “No sé cómo surge todo, es la gran vorágine. Ayer empecé a trabajar en una vaina de un cuchillo para un amigo, y me olvidé de llevar la luz. El sentido común dice que sin luz no se puede ver. Pero trabajé perfectamente y terminamos una hoja y unas flores de cardo que son casi una miniatura. ¿Y sabés qué sentí? Que la plata me iluminaba los ojos. Era una sensación inversa, nueva, y eso me sugirió un montón de cosas en las que esta misma mañana empecé a trabajar. Pero sobre todo es el vértigo, y eso es algo que les debo a mi padre y a mi abuelo, que son los que me educaron en el oficio y para la vida. Es la sensación de no saber si alguna vez dejé de jugar y estoy trabajando, o si sigo jugando desde que era chiquito”.
Es tan intenso el contacto que se genera con los materiales con los que está trabajando, que Pallarols prefiere evitar el uso de la máscara. “Me enseñaron a esquivar las chispas, a que mis ojos se cierren con la velocidad necesaria como para que las pestañas actúen”, cuenta. Y ese probablemente sea el momento que más disfruta durante el desarrollo de una pieza. “Cuando llevás al fuego los materiales más resistentes, estás jugando en el límite. El punto de pre-fusión le da una textura y unos colores maravillosos. Y es ahí donde el juego se hace apasionante. Yo no pierdo la capacidad de asombro. Cada vez que doy un golpe y observo la respuesta del metal noble, desde el sonido, el movimiento, la forma que toma, el brillo que levanta. Es un espectáculo difícil de definir, porque dura un instante”, describe. Y su entusiasmo basta para imaginarlo. Al fin y al cabo, es palabra de platero. |