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Historia de vida
Crear por un sueño  


Desde hace más de 10 años, y a través de talleres de teatro, música y danza, una fundación trabaja para el desarrollo y el crecimiento profesional de jóvenes en condiciones de pobreza. Y lo logra.

Para comenzar a comprender la siguiente historia, habrá que embarcarse en la máquina del tiempo y viajar un poco más de 10 años atrás. ¿Preparado?
Nos situamos en La Cava, una de las villas de emergencia más conocidas del país. Su territorio, ubicado frente a La Horqueta (paradójicamente, una de las zonas más residenciales de la zona norte del Gran Buenos Aires), está conformado por 18 hectáreas donde priman la miseria, el hacinamiento y la inseguridad. En alguno de sus tantos rincones, un grupo de jóvenes se reúne para escuchar a sus pares con problemas de droga y conducta.
“¿Cómo hacer para mejorar su situación?”, se preguntan los entusiastas. Y el ángel aparece: Inés Sanguinetti, bailarina, coreógrafa y socióloga, les propone montar un espectáculo y así deslindarse de las preocupaciones (al menos, hacerles oídos sordos por unos instantes).
Pasó ya una década de aquel día, e Inés recuerda el suceso en uno de los artículos que figuran en la Web www.crearvalelapena.org.ar: “Ensayamos hasta que consiguieron que les prestasen una sala. En ese momento, yo estaba vinculada con el circuito cultural de los barrios y tenía un contacto con el director de un festival de danzas en Corrientes. Nos invitó a su provincia, pero me fue imposible sacar a los chicos de la villa. Es que el muro de exclusión es muy fuerte. Por lo general, siempre se espera lo peor de ellos, y ellos lo sienten. Eso me hizo pensar que sería importante, además, ocuparse de este tema para derribar barreras”.
Fue el puntapié (y la excusa, por qué no) para darle forma a Crear Vale la Pena (CVLP), una organización que, desde 1997, desarrolla un programa de transformación social a través del arte, para revertir la falta de oportunidades que afecta a los adolescentes (y no tanto) argentinos en contextos de pobreza. Una radiografía más completa de la ONG –que es apadrinada por diferentes programas, bancos y fundaciones–, dirá que trabaja a partir de dos Centros Culturales Comunitarios (Puertas al Arte y Joven Creativo) en los que se forman docentes, artistas, técnicos y animadores socio-culturales, por medio de talleres y acciones comunitarias. Cada año, asisten más de 600 vecinos de La Cava: Bajo Boulogne, Villa Hidalgo, Sauce y San Cayetano, entre otros.
“Apostamos a generar los procesos de transformación social desde la fuerza de la expresión”, explica Inés.

De La Cava y el Bajo
Boulogne a Recoleta

Más de 6000 alumnos ya participaron de CVLP; y en los Centros Culturales, alrededor de 50 docentes (más un centenar de colaboradores) brindan más de 20 talleres semanales.
Ya sea en Puertas al Arte como en Joven Creativo, los cursos abren sus puertas desde la mañana hasta la noche. Allí se dicta plástica, guitarra, pintura, iluminación, teatro, canto, danza, maquillaje, y la lista continúa. Cuentan que los primeros tiempos no resultaron sencillos porque los propios integrantes de las villas robaban los útiles y artefactos; o porque la integración no rendía sus frutos (la gente que no pertenecía a las zonas circundantes tenía miedo de asistir).
No obstante, la semilla del éxito no tardó en florecer. Semejante movida obtuvo reconocimientos locales e internacionales (desde un premio otorgado por la revista francesa Madame Figaro, hasta menciones de las Naciones Unidas). Los “productos” de CVLP son presentados en escuelas, universidades, teatros y festivales de Buenos Aires, Latinoamérica y hasta Europa. A nivel nacional, son recibidos permanentemente por los porteños Centro Cultural Recoleta o Borges (los protagonistas destacan de la experiencia: “Nos miraban con desconfianza, pensaban que iban a ver villeros, y disfrutaron de nuestro arte”). En el exterior, en 2004, trece jóvenes viajaron invitados a Hamburgo (Alemania) para representar, en el Teatro Kampnagel, Die Niemands. Allí, no sólo despuntaron el vicio por la danza, sino que, muchos de ellos, debutaron en más aspectos: tomarse un avión y conocer la nieve.
Cada voz consultada en CVLP afirma lo mismo: “Aquí tenemos la oportunidad de alcanzar metas reales y tangibles para lograr volar por nuestros propios medios”.

Depende de uno
Cuando Daniel Cerezo se acercó a CVLP, sus sueños de tecladista no eran pretenciosos; sin embargo, con el tiempo puede enorgullecerse de algunos logros conseguidos (para nada menores, por cierto). Pero empecemos por el principio.
“A CVLP llegué por medio de un compañero de la primaria. Le pegué duro con las clases de piano hasta los 14 años”, relata quien hoy tiene 25. “Hasta que me propusieron enseñar. Y allí conocí a los que son los integrantes de mi banda, que bautizamos Bajo suburbio. ¿Por qué el nombre? Porque la palabra suburbio nos convencía, viene de los barrios carenciados, vivimos en el Bajo Boulogne, tiene su significado”.
Bajo suburbio es una apuesta made in CVLP. A Daniel lo acompañan cuatro personas más –de las cuales se destaca el dato pintoresco de que, entre ensayo y ensayo, se enamoraron entre ellos y ¡terminaron casándose!–, Marcela Tula y Edgardo Cañete (tecladista y baterista, respectivamente), y Cecilia Ortiz y Diego Acosta (bajista y guitarrista). “Antes nos inclinábamos por el rock, el reggae y la salsa. Hasta que nos cruzamos con Juan Carlos Cuacci, el director musical de Susana Rinaldi, y le dio un giro de 180 grados al grupo. A partir de que tocamos con él, ahora hacemos tango, fusiones, interpretamos a Piazzolla, clásicos como El choclo, y componemos nuestras propias canciones”, desliza Daniel.
Hablábamos de los laureles alcanzados por Bajo suburbio. Y cualquier artista de primera línea tendría suficientes motivos para envidiarlos: compartieron escenario con Adriana Varela, Susana Rinaldi, Alejandro Lerner, Soledad Pastorutti y Luciano Pereyra. “¿Sabés lo que se siente cuando ‘monstruos’ como ellos te felicitan y te elogian? Nos dedicamos a esto por lo placentero que nos resulta, no por la plata que pueda llegar a dejarnos. Por ejemplo, en la actualidad, nos estamos presentando con chicos con síndrome de Down en un espectáculo en el que ellos hacen las coreografías de nuestras melodías. Para identificarnos, elegimos el lema Iguales, pero diferentes, el espíritu de CVLP ”.
En cuanto a su función específica en CVLP, Daniel se encarga de la formación profesional de quienes asisten a la fundación (algo que funciona más allá de los talleres abiertos y la instrucción de los futuros docentes). “El arte no tiene que ver con las diferencias económicas, sino con expresarse y redescubrirse; poder aprender, de alguna manera u otra, los conocimientos que uno tiene y potenciarlos –subraya Daniel–. En el presente, no hay muchas posibilidades para desarrollarse; CVLP lo permite. Se aprende de uno y del prójimo. Recibimos información, pero críticamente; la cuestionamos, no somos pasivos ante ella. En los contextos de pobreza, el individuo sólo espera recibir. Aquí intentamos inculcar que también hay que ofrecerse, poner las cartas sobre la mesa y jugársela. Las cosas dependen de uno, nadie nos va a regalar nada”.
¿Cómo incentivan a los jóvenes a participar? “Salimos con batucadas a repartir volantes, funciona muy bien el ‘de boca en boca’. Lo importante es lograr que el adolescente recupere la sensación de querer ser protagonista, use sus ideas y tome decisiones en un proyecto. Debe concientizarse de que sus sueños pueden convertirse en realidad –como me pasó a mí–; cuando lo cumple, la satisfacción es enorme”, concluye.
Como Daniel, otros tantos casos afloran en CVLP. Allí dentro, los ingredientes de la receta perfecta parecen ser una pizca de esperanza, otra de solidaridad, y las ganas incansables de querer –ínfulas de grandeza al margen– cambiar las cosas. Ya lo dice su lema: “Apoyar esta propuesta es alentar a que, a través del arte, niños y jóvenes con menores oportunidades sean protagonistas de un futuro mejor”. N



 
Por Mariano Petrucci / Fotos: Gentileza Crear vale la pena