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Actualidad
“Mucho más que buenos vecinos ”
 
 
 
 
 
 
 
Cada vez mas argentinos viven en edificios donde comparten charlas casuales en el garage, mateadas en la pileta, cruces de miradas en el ascensor... Los consorcios se erigieron en novedosos ambitos de socializacion. El fenomeno ya llego a la tele.

En el palier, el presidente del consorcio, Raúl Taibo, lidera una asamblea extraordinaria para tratar un tema delicado: Pablo Codevilla, el portero, se dio a la fuga con las expensas como botín. Entre los presentes están el administrador, Rodolfo Ranni, y Miguel Angel Rodríguez, encargado de un edificio vecino. ¿Acaso es un inmueble vip habitado por famosos? No; se trata de una de las escenas de Por amor a vos, que emite canal 13, de lunes a viernes a las 21.30.
No es la única telecomedia que transcurre en apartamentos y exteriores de un edificio. Telefé también estrenó Aquí no hay quien viva, coprotagonizada por Daniel Hendler, interpretando a un desopilante portero, Eduardo Blanco, quien encarna al titular del consorcio, y Roberto Carnaghi, entre otros actores.
Que estos dos sucesos de la tele estival hayan apostado a la fórmula “historias de personajes heterogéneos con un denominador común”, en este caso, el sitio donde viven, no es casual. Cada vez se construyen más edificios en todo el país; de hecho, sólo en la ciudad de Buenos Aires, cada 10 metros cuadrados que se edifican, 8 se destinan a torres con viviendas. Por ende, más y más argentinos que residían en casas, hoy habitan propiedades horizontales.
El fenómeno está cambiando la forma de vivir: en los edificios modernos, los espacios comunes, los deberes compartidos, las preocupaciones frente a una causa común como la inseguridad, llevan a encontrar entre los vecinos, amigos (e infaltables enemigos), contactos laborales, parteneurs deportivos y ¡hasta pareja! Surge así, un ámbito social poco explorado hasta ahora: el consorcio.

Pinta tu aldea
A pesar de las individualidades, la comunidad de vecinos de un edificio tiene rasgos comunes: un mismo techo que alberga a propietarios o inquilinos; un código de convivencia (reglamento de copropiedad); representantes; administradores y un grupo de vecinos que, con los dedos en cruz, espera que cada cual cumpla su rol en pos del bien común. “Bien puede afirmarse que el consorcio es una suerte de pequeña república en miniatura, pues todo debe resolverse por mayoría de votos de los propietarios en asambleas”, asegura Osvaldo Loisi, abogado, presidente de la Fundación Liga del Consorcista de la Propiedad Horizontal y autor del libro Todo sobre Consorcios.
Al respecto, la licenciada Gladys Adamson, psicóloga social, discípula directa de Pichón Rivière, añade: “Podemos considerar que se expresa en ese hábitat la heterogeneidad propia del ser humano, con sus diferentes perfiles, profesiones, etc. Están quienes son sociables y gustan de los encuentros múltiples y aquellos que gozan estableciendo diferencias de estatus, compitiendo o discriminando. Algunos utilizan los lugares de esparcimiento para ‘hacer negocios’ y otros disfrutan simplemente de los deportes; unos rehúyen a todo contacto y otros palian con ello su soledad”.
La vida en un edificio plantea nuevos modos y vínculos. Juan Carlos Santana y Daniel Parmucci, de Mendoza capital, decidieron “sacarles el jugo”. Al principio, no se dedicaban más que un “hola” y “chau” en el ascensor, pero congeniaron en una reunión del consorcio y, entre charla y charla, descubrieron potenciales proyectos en común. Hoy son dueños de un microemprendimiento gastronómico y confirman que “pertenecer tiene sus privilegios”. “Cuando me vine a vivir a este edificio rechazaba bastante todo lo referido a la vida en comunidad, los ‘dimes y diretes’, pero en este caso, la proximidad con gente con distintos trabajos, edades e intereses, jugó a favor”, admite Daniel, a lo que su socio agrega: “Para mí, los beneficios llegaron por partida doble; por subir tan seguido al cuarto piso para reunirme y hablar de nuestros temas, terminé conociendo más íntimamente a su vecina, que dos años después, hete aquí, es mi novia”.

Pueblo chico…
En este ir y venir de gente con múltiples ocupaciones, horarios que cumplir y disímiles problemáticas en sus cabezas, hay una figura central. Sí, el portero (o portera, porque cada vez más mujeres ocupan estos puestos), barriendo la vereda o sacando lustre al herraje del hall, merece un capítulo aparte. “Toda institución tiene al menos una persona que asume el rol de reservorio de la información que circula. En los hospitales suele ser una enfermera, una monja o encargada de limpieza; en las empresas, este rol suele recalar en Recepción o en una Secretaría; en los barrios es ‘Don José del almacén’ o ‘Pepa, la verdulera’. En los consorcios, este papel es asumido por el portero o encargado. Si posee capacidad de escuchar y albergar esa información transformando esto en simple diálogo y está legitimado por las personas más significativas o que poseen autoridad, lo suyo no tendrá más trascendencia que la chismografía habitual en la convivencia humana. De lo contrario, puede transformarse en policial o en una caricatura de la CIA o la KGB”, se explaya Adamson, quien es, además, rectora de la Escuela de Psicología Social del Sur y coordinadora de la Licenciatura en Psicología Social de la Universidad CAECE.
Este es uno de los pros y los contras (por ser un arma de doble filo) de vivir con otros compartiendo espacios, deberes y obligaciones. “Encontramos aquí la lógica de las pequeñas comunidades”, señala. “Entre las ventajas, uno es reconocido por otros, tiene un lugar y una significación en la trama vincular, no es anónimo, existen muchos espacios de convivencia donde lograr una representación social y, en ese sentido, son nuevas oportunidades para amistades, negocios o parejas; pero también hay un dicho popular que dice ‘pueblo chico, infierno grande’. Las pequeñas comunidades también son contextos propicios para el control social, la competencia y el establecimiento de jerarquías de estatus con todo su séquito de formalidades, exigencias de estéticas corporales, indumentaria, estilo de vida, etc.”, agrega. Y destaca algo importante desde la Psicología Social: “La salud física y mental del grupo familiar y las instituciones dependen de si se rigen por lógicas de apertura que dan lugar a los cambios en la dinámica interna y de las relaciones, o por lógicas de clausura que impulsan el control, rigidización de los roles sociales, estereotipia de rituales, fundamentalismo reglamentario, con su secuela de malestar y sufrimiento anímico. Un consorcio puede ser un espacio para disfrutar si permite y tolera una dialéctica de control-descontrol (inevitable en toda convivencia humana) o puede transformarse en una institución total (lugares donde se vive de la mañana a la noche) como las cárceles, los hospicios o reformatorios”, puntualiza la Licenciada.

Lucha de poderes
Por último, existe otro espacio común que, en ocasiones, se convierte en un ring de lucha libre: las reuniones de consorcio. “En ellas se suelen tocar temas muy relevantes y que comprometen seriamente el bolsillo del propietario, sus modos de comportarse como vecino y hasta su moral, cuando se debate sobre fulano que no paga las expensas o mengano que ‘se colgó’ del cable (servicio de TV privada)”, opina Carolina Martínez, contadora pública nacional y administradora de varios edificios en la zona norte del Gran Buenos Aires. Y comenta: “He presenciado asambleas en las que vecinos discutieron hasta llegar a las manos, y gran parte de los consorcistas terminaron testificando en una comisaría”.
La licenciada Adamson explica estas luchas de intereses, y de poder: “Hay en los consorcios una dialéctica de lo propio y lo común difícil de conciliar. En las asambleas suelen surgir demandas del tipo ‘que lo compartido me beneficie personalmente’, por ejemplo: que se invierta o no en el edificio de acuerdo con el beneficio que esto me trae. Aquí las autoridades deben asumir un papel regulador que ya Hegel señalara para el Estado: lograr que los poderosos no hagan primar sus intereses por sobre los más débiles; que no haya interés privado que supere al bien común”, concluye magistralmente. N