La memoria está fresca. Por más que el último episodio inflacionario se remonte a los años 89/90, el tiempo parece no haber pasado. Sólo así se entiende la aversión que produce su sola mención en la sociedad argentina. Esto se observa en lo que reflejan las encuestas, que la ubican en el primer lugar del podio de sus preocupaciones, incluso por encima de la inseguridad. Es que cuando una economía se encuentra inserta en un proceso de constantes alzas de precios, el dinero alcanza para comprar menos cantidades de bienes y servicios.
A nadie le conviene, pese a que muchas veces se subestime la cuestión. La economista Rocío Aranda explica qué reacción producen los tiempos inflacionarios en la sociedad: “Cada individuo trata de protegerse de este proceso y pretende tomar decisiones sobre qué hacer con sus ahorros, para que la inflación lo afecte lo menos posible. Sin embargo, cuando se registran aumentos sostenidos en el nivel de precios de una economía, un inversor pequeño debería conformarse al menos con mantener el valor real de su dinero, es decir, que su capital no pierda poder adquisitivo”.
¿Qué es la inflación y por qué se origina?
Considerada como uno de los grandes enemigos de la sociedad, los economistas identifican tres posibles causas para explicar por qué se origina:
1) de demanda, que tiene por origen un aumento en la demanda superior al de la oferta. Esto muchas veces, aunque no necesariamente, está asociado con un incremento en la cantidad de moneda por encima del alza del Producto Bruto Interno (PBI);
2) de costos, que se produce cuando aumenta algún elemento importante en los costos de producción (por ejemplo, los salarios o la energía);
3) estructural, que se origina en deficiencias e inflexibilidades en los mercados.
Aranda apunta que la inflación “genera una pérdida en el poder adquisitivo de los agentes económicos, es decir, el dinero pierde valor en el bolsillo de la gente”. En la economía local, agrega, se utiliza para medir el Indice de Precios al Consumidor (IPC), que representa el costo de una “cesta de bienes y servicios consumidos”. Asimismo, destaca que “otro indicador podría ser el aumento de la recaudación generado por el Impuesto al Valor Agregado (IVA), que generalmente aumenta cuando se incrementa la actividad económica y por los precios. Entonces, si se desagrega la variable en estos dos componentes, el incremento de la recaudación por precios nos da una idea de la tasa de inflación”.
Por todo esto, si se realiza un análisis relacionado con aquellas personas que tienen ahorros, están quienes ganan y quienes salen más perjudicados. De esta manera, para Aranda, los que se han endeudado a tasa fija son los “relativamente beneficiados”, si es que la tasa de interés del crédito adquirido es menor que la inflación, ya que, en definitiva, devolverán un monto de dinero que alcanza para comprar menos unidades de bienes. “Por consiguiente, es importante tener en cuenta la tasa de interés cuando una persona es acreedora (por ejemplo, cuando hace un depósito en un banco), ya que si la tasa nominal que recibe es menor que el índice inflacionario, quizás existan alternativas donde el dinero puede rendir más o al menos conservar su valor en términos reales”, indica Aranda.
Este es un punto clave y se transforma en una misión sencilla. Si algo tiene que tratar un inversor, eso es mover sus piezas de tal manera que no se descapitalice. Claro que, en un país cuya inflación rondaría el 25% anual, evitarlo no es tarea fácil. Por eso, la primera recomendación que brindan los especialistas pasa por no dejarse llevar por la ansiedad, no entrar en panic attack y, sobre todo, pensar en el mediano y largo plazo. Los analistas de mercado recuerdan lo sucedido en la última crisis financiera de 2001/2002: “Al fin y al cabo, el que esperó y no desesperó tuvo su premio”, destacan.
Hoy, en el menú para evitar perder valor del ahorro propio, aparecen las divisas, los bienes durables y algunos activos financieros indexados. “Son y seguirán siendo las alternativas más comunes para defenderse de la inflación”, destaca Eduardo Fracchia, director de Economía del Instituto de Altos Estudios Empresarios (IAE) de la Universidad Austral.
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Son parte de una tradición. Las opciones que incluye el “manual del inversor” son variadas, pero no se alejan de lo que históricamente se manejó en el mercado local. Estas son las principales variantes:
* Plazo fijo: para ahorristas considerados “conservadores”, es una de las posibilidades que tienen los pequeños ahorristas para conseguir una renta mensual. Actualmente, aunque retribuye una tasa real negativa, es preferible a la opción de “no hacer nada”, o sea, dejar el dinero en el “colchón” y permitir que pierda aún mayor valor. “La ventaja del plazo fijo pasa porque es menos riesgosa que otras”, señala Aranda. La tasa de interés para los depósitos del sector privado para los plazos más cortos –de 30 a 60 días– ronda el 10% anual (según el banco donde se formalice). “Considerando los niveles de inflación actual, los rendimientos son negativos y todo indica que lo seguirán siendo por lo menos por tres o cuatro años más”, agrega Fracchia.
* Inmuebles: de acuerdo con estadísticas del sector, un 60% de las inversiones de los argentinos están puestas en inmuebles. En este contexto, la construcción seguirá siendo la alternativa para los ahorristas que apuestan por el largo plazo por excelencia y para los segmentos de mayores ingresos que buscan protegerse de la inflación. El operador Juan Badino destaca que “mucha gente con dinero elige a los inmuebles como destino de su capital porque no ve otras alternativas”. Germán Gómez Picasso, de la consultora Reporte Inmobilario, coincide: “En estos momentos, el segmento más explotado es el del ahorrista minorista, una persona que, ante la falta de opciones de inversión, se vuelca al negocio inmobiliario”.
Esta realidad se genera por la sensación de seguridad que otorga el tradicional “ladrillo”. Un dato: quienes pusieron sus fichas en este negocio durante los últimos cinco años obtuvieron márgenes de rentabilidad, no sólo a través del alquiler, sino sobre todo por la revalorización de las unidades. No pasa inadvertido el hecho de que los precios de las propiedades perdieron mucho terreno en 2002, pero luego recuperaron y hasta tuvieron alzas en dólares: el promedio de los departamentos nuevos y usados desde el 2003 hasta finales de 2007, expresado en dólares constantes del año 2000, creció un 133%. Mariano López Sartorio, de Capital Markets, señala que, inicialmente y ante una evaluación, las propiedades no son una “buena opción”, ya que considera que todos los precios de los activos en dólares caen. “Eso sí, una vez que cayeron fuerte en dólares, suelen ser una buena oportunidad”, destaca. Y Gómez Picasso completa: “Por eso, la demanda de bienes raíces sigue estable a pesar de que algunos indicadores ya no son tan buenos como lo fueron después de la crisis para los inversores”.
Por otra parte, Fracchia destaca que la falta de créditos hipotecarios de mediano y largo plazo –para los estratos medios de la población– traba el acceso de ellos a este tipo de inversiones. No obstante, nadie duda de que son una alternativa en contextos inflacionarios, siempre y cuando se piense como una apuesta en un horizonte temporal de mediano o largo plazo, ya que sus rendimientos generalmente se dan con el tiempo y, con más razón, si esto se produce en una economía con incertidumbre como la actual.
* Autos: nunca fueron una inversión aconsejable como resguardo de capital. Pero la situación actual los transforma en una opción, como pocas veces en la historia económica argentina lo ha permitido. “Por lo menos en los últimos tres años, el precio tanto de los vehículos nuevos como de los usados ha crecido casi al ritmo de la inflación real”, destaca Fracchia. Aranda, por su parte, sugiere darle importancia al objeto de la compra, es decir, si es para uso personal o se lo destinará para una actividad productiva. “Además, no hay que olvidarse de que estos pierden valor con el tiempo. De todas maneras, si se lo adquiere sólo para uso personal y la operación es a crédito, se debe analizar cuidadosamente, ya que quizás no es conveniente al ser los intereses a pagar mayores que la tasa de inflación”, recomienda Aranda. López Sartorio ofrece otra visión: “Es lo mismo que sucede con los inmuebles, pero con el efecto negativo de la amortización”, concluye.
* Compra de electrodomésticos a crédito: suele ser una buena opción cuando la tasa es menor que la de la inflación. Las principales cadenas tienen acuerdos con los bancos más importantes, a través de los cuales ofrecen a sus clientes descuentos del 10% sobre la compra y financiación hasta en quince meses sin interés.
* Inversión en moneda extranjera (euro, yen, yuan, lira, franco suizo): otra de las alternativas, como también adquirir oro o petróleo.
Fracchia redondea: “Las cuotas fijas con tasa cero o con aquellas cercanas al 20%, cualquiera sea el plazo, parecían ser una buena opción. Una tasa de interés activa del 20% anual ha existido en contextos donde la inflación era muy baja o nula. Por lo tanto, en el escenario actual resultaría un buen negocio”. Y Aranda completa: “Existen muchas opciones para protegernos del contexto inflacionario reinante, así como de la incertidumbre, por lo que es conveniente diversificar la cartera para reducir el riesgo”. Todo un cierre para esta receta de bolsillo. N
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