Cada año, quince osos polares mueren en la bahía de Hudson por el calentamiento global. Sin embargo, unos cuarenta y nueve son matados a balazos. Y, lo que es más, reducir las emisiones de carbono salvaría a un promedio de 0,06 ejemplares al año. Entonces, ¿qué es más sensato: proteger a cuarenta y nueve osos polares de forma sencilla y barata evitando que los cacen o beneficiar a 0,06 más a largo plazo y al elevadísimo costo que implica el Protocolo de Kioto? Este no es más que un ejemplo, pero sirve para graficar lo que el politólogo danés Bjørn Lomborg intenta decir en su último libro, En frío. Según Bjørn, a la hora de analizar el cambio climático no estamos considerando todas las variables ni dando en el clavo con las soluciones. “Cuando hablamos de calentamiento, nos obsesionamos con regular un único parámetro, es decir, el co2. Pero aunque la reducción de co2 pueda ser parte de la solución, no hay duda de que nuestro principal objetivo sigue siendo aumentar al máximo el beneficio humano y medioambiental, y aquí aparecen otros factores para analizar. Hay otros asuntos más importantes que el calentamiento global: el hambre, la pobreza y la enfermedad. Si centramos nuestros esfuerzos en estos objetivos, podremos ayudar a mucha más gente, gastando menos dinero y con más probabilidades de éxito que mediante políticas drásticas sobre el clima, que nos costarían miles de millones de dólares”, explica Lomborg.
–Luego de El ecologista escéptico, ¿cuál era su objetivo con este nuevo libro?
–El calentamiento global es un tema importantísimo. Mi propósito con En frío era llamar la atención sobre la necesidad de tener un pensamiento más racional acerca de cómo manejarlo, de la misma manera que se tratan otros temas ambientales. Se trata de un problema real, causado por el hombre, y que tendrá impactos en la vida y el medio ambiente hacia fines del siglo. Pero mi punto es que no estamos manejándolo de una manera sensata. El enfoque actual basado en la reducción de la emisión de gases suena bien y nos hace sentir bien, pero, en realidad, logra muy pocos beneficios en cuanto al clima a largo plazo, y a un precio demasiado alto. Mi propósito es plantear si esta es la única respuesta posible al cambio climático.
–¿Qué pretendió sugerir con Cool it (título original en inglés)?
–Lo que intento decir es que necesitamos encontrar la manera de enfriar el planeta; de frenar el calentamiento global y también de enfriar la discusión. Al calentamiento global se lo ha pintado como el malo de la película. Hoy en día, a quien no apoya las posturas más radicales, se lo acusa. Mucha gente cree que tenemos que reducir las emisiones de carbono per se, pero lo que en realidad necesitamos es lograr un mundo mejor para las personas que viven en él, y la reducción de gases no siempre es la mejor manera de hacerlo. Tenemos que entender, por ejemplo, que el calentamiento global reducirá el número de muertes.
–¿Cómo es eso?
–Las altas temperaturas causarán más cantidad de muertes por calor. Pero también evitará muchas más muertes por frío. Entonces, debemos enfocar el tema no sólo desde el incremento en muertes por calor, sino también desde las muchas más muertes por frío que se evitarán. La cifra total disminuirá. Con esto no quiero decir que no debemos hacer nada para evitar las muertes por calor. Pero, al reducir las emisiones, estaremos reduciendo muy levemente estas muertes. Quizás una solución más sensata sea enfriar las ciudades, que se logra con más espacios verdes, utilizando superficies más claras que, por ejemplo, el pavimento y haciendo el aire acondicionado más accesible. Estaríamos logrando mucho más por las personas en las ciudades –y a un precio mucho más bajo–, que reduciendo el carbono, que no tendría casi efectos para ellos.
–A su entender, ¿cuáles son los principales fallos del Protocolo de Kioto?
–Básicamente, tiene dos fallos. El primero es que se trató de un montón de naciones que prometían que iban a hacer muchísimo bien para todo el mundo, de una manera que les costaría demasiado dinero. Estados Unidos, por ejemplo, no firmó el acuerdo porque le pareció inútil. Otras naciones lo firmaron y no hicieron nada. De la misma manera que el acuerdo anterior firmado en Río de Janeiro en 1992, Kioto fue algo ingenuo. Kioto es fundamentalmente un fiasco porque significa un gasto enorme de dinero con resultados positivos virtualmente nulos.
–¿Y en qué deberíamos invertir nuestros recursos? ¿Cuáles deberían ser nuestras prioridades?
–Deberíamos pensar en la mejor manera de ayudar a las personas. En 2004, en el Consenso de Copenhague, se reunieron los principales economistas del mundo, incluidos cuatro premios Nobel, para analizar todas las cuestiones en que se necesitaba ayuda, como el cambio climático, conflictos, enfermedades, educación, etc., para fijar las prioridades. Y llegaron a la conclusión de que si uno realmente quiere ayudar a las personas, entonces debe concentrarse en el SIDA, la desnutrición, el libre comercio y la malaria. Un dólar gastado en esto genera entre 10 y 40 dólares de beneficio social. En cambio, por cada dólar gastado en Kioto, el beneficio para el planeta es de 0,30 centavos. Si realmente queremos lo mejor para el bienestar de las personas, entonces preguntémonos: ¿no deberíamos hacer mucho bien por poco dinero, en lugar de tan poco a cambio de tanto?
–¿Cuál debería ser nuestro plan de acción frente al cambio climático?
–Lo primero es ser conscientes de que el calentamiento global es un problema a 50 ó100 años. La gente tiende a tomarlo como si fuera una cuestión urgente que deberíamos resolver ya, y no es posible.
Dos veces intentamos reducir las emisiones y fracasamos cada vez más espectacularmente. Necesitamos encontrar una solución más sensata a largo plazo. Pongo un ejemplo: los paneles solares cuestan 10 veces más que los combustibles fósiles. Por lo tanto, sólo muy pocos ricos pueden tenerlos, y seguro que nadie en el Tercer Mundo los tendrá. Por lo tanto, no son la solución a las emisiones. ¿Deberíamos encontrar la manera de bajar sus precios? Entonces, es necesario invertir en investigación y desarrollo. Mi propuesta es que en Copenhague en el 2009 nos comprometamos a invertir 10 veces más en investigación y desarrollo en energías bajas en carbono; un costo 10 veces menor que Kioto. Utilizando un 0,05 % del PBI –25.000 millones de dólares anuales–, podríamos estabilizar el clima en un nivel razonable. Si pudiéramos bajar los precios de los paneles solares para hacerlos accesibles a todos, entonces, el problema de las emisiones para 2060 estaría resuelto. Con soluciones más económicas, todos podremos subirnos al mismo barco.
–¿Por qué los países en vías de desarrollo son los más afectados por el cambio climático?
–Básicamente, esto se debe a dos cuestiones: el calentamiento global afecta más negativamente a las regiones más calurosas del mundo, y es allí donde se encuentran la mayoría de los países en desarrollo. Y, además, el calentamiento global perjudica más al Tercer Mundo porque perjudica más a los pobres. Por eso, si a uno le preocupa el bienestar y la felicidad de las personas qué es lo correcto: reducir las emisiones a un costo altísimo o asegurarnos de que se enriquezcan? Si ayudamos a las sociedades que sufren de malaria a enriquecerse, las estaremos ayudando a combatir la enfermedad. En estas sociedades, por ejemplo, dos personas realizan el trabajo de una, porque uno de ellos suele estar enfermo. Si frenamos la malaria, podrían enriquecerse de dos a tres veces para fin de este siglo.
–¿Por qué crees que a los ambientalistas no les gustan tus argumentos?
–Si le dices a alguien que no está utilizando sus recursos correctamente y que sus soluciones no son buenas, es lógico que se incomode y que no le gusten tus ideas. La realidad es que no utilizamos el dinero de forma apropiada en el área ambiental. Los problemas que tratan son reales, pero no lo son las soluciones que plantean: significan una forma muy pobre de ayudar al mundo. Por otro lado, muchos expertos en malaria, HIV y desnutrición apoyan totalmente lo que yo sostengo.
–¿Quiénes son los responsables del “pánico” generado en torno al calentamiento global?
–Muchas personas en el mundo están declarando que se trata de una cuestión importantísima, y por supuesto que todos se basan en buenas intenciones. Por ejemplo, Al Gore ha estado hablando del tema genuinamente por 30 años. Y es real que debemos hacer algo al respecto. El problema es que muchos defienden campañas que tratan de un solo tema, en lugar de mirarlo como un todo. Pero la realidad es que existen muchos problemas, y no somos capaces de resolverlos todos. Entonces, debemos plantearnos qué es mejor: ¿hacer poco por mucho dinero o empezar por donde podemos lograr muchos beneficios a un bajo costo? Las campañas de un tema no se hacen esta pregunta.
–¿Cuál es tu respuesta para quienes declaran que tus libros están llenos de errores y que estás equivocado en tus argumentos?
–Es cierto, mucha gente sostiene que estoy equivocado. Ha habido incluso libros en contra de mis argumentos; y he contestado a todos. En 2003, el Comité Danés de Deshonestidad Científica me condenó por “deshonestidad científica” por El ecologista escéptico. Pero fue denegado en una instancia mayor, por el Ministerio de Ciencia y Tecnología, ya que su planteo carecía de argumentos. Estoy seguro de que en un libro tan grande como el mío y con tanta información, habrá errores. Pero la línea central es correcta, simplemente por el hecho de que es lo mismo que dice el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), de las Naciones Unidas. Por ejemplo, Al Gore dice que si Groenlandia se deshiela, el nivel de los mares subirá seis metros. Pero que Groenlandia se deshiele no es más que una hipótesis. El nivel aumentará unos veintinueve centímetros para 2100, y eso es lo que dice el IPCC. Lo cual puede no ser exacto, pero seguro es la mejor información de que disponemos hoy.
|