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Cultura
San Juan y Bohedo
 
 
¿Y donde se reunian?
Hay una discusión (ociosa, tal vez) sobre el lugar en donde se reunían a principios del siglo xx los intelectuales que pertenecían al Grupo de Boedo. Algunos afirman que en el café Margot, que todavía existe; otros, dicen que en el café Manzi, en la esquina de San Juan y Boedo, que por entonces no se llamaba así, sino Cafetín, a secas, y recibió su actual nombre en homenaje al autor de la letra del tango Sur, Homero Manzi. La música fue de Aníbal Troilo, y el bar se llama así desde 1951, cuando murió Homero. De todos modos, es probable que Victoria Ocampo, Pepe Bianco, Jorge Luis Borges, Leopoldo Marechal, Ricardo Güiraldes, Macedonio Fernández, Roberto Arlt y otros fueran tanto a un lugar como al otro. La rivalidad literaria entre los grupos de Florida y de Boedo, por lo demás, era sólo una broma entre escritores, que iban tanto al café Florida, en el centro de la ciudad, como a los de Boedo.
 
 
¿Por que Boedo?
El barrio, cuyos límites son la avenida Independencia, Loria, Caseros y avenida La Plata, fue llamado Boedo en homenaje al salteño Mariano Boedo, vicepresidente del Congreso de Tucumán en 1816, cuando fue declarada la Independencia. La nominación ocurrió en enero de 1881. Hasta entonces, pertenecía al pueblo de Flores, independiente de Buenos Aires. Conviene recordar que en esa época tanto Flores como el recién nacido Boedo eran arrabales de calles de tierra y que la mayor parte de los ocupantes eran quinteros que producían hortalizas y frutas para la cercana ciudad de Buenos Aires, a la cual se incorporó el barrio de Boedo desde el principio.
Nada de antigüedades. Celebrado por el diario The-New York Times (uno de los más importantes del mundo) como pujante y con bohemia siglo XXI, el barrio de Boedo se ha convertido en una atracción para turistas y visitantes. Barrio de tango, pero también de teatro y de restaurantes, tiene todo lo que hay que tener.

Lo afirma nada menos que el New York Times, uno de los diarios más influyentes del mundo: “Renacimiento de un barrio bohemio”, dice el título y luego, en una extensa nota, el colega Ian Munt señala las particularidades de Boedo. Lo de “renacimiento” es discutible. Cuando el director cinematográfico Francis Ford Coppola, autor de la excelente saga de El Padrino, descubrió Boedo, el actor Viggo Mortensen (el héroe de El señor de los anillos) hacía ya más de diez años que frecuentaba los bares, los restaurantes y los teatros independientes de Boedo.
¿Y qué tiene Boedo para ser un barrio singular, tanto como para que el Times diga que nadie debe dejar de visitarlo? Empecemos por la biblioteca Miguel Cané. Allí, entre los años 1937 y 1946 trabajó como empleado auxiliar Jorge Luis Borges, el escritor más importante de la Argentina en el siglo xx. Claro que en ese entonces era desconocido, por más que ya había publicado media docena de libros. Esa ocupación tiene dos anécdotas desopilantes. La primera la contó el propio autor de El Aleph: “Mis compañeros de trabajo hablaban todo el tiempo de fútbol o de carreras de caballo y soslayaban deliberadamente los libros. Un día, uno de ellos (creo que confundido) abrió un diccionario enciclopédico y me gritó ‘Eh, Jorge, aquí hay un tipo que se llama igual que vos’, absolutamente ignorante de que se trataba, precisamente, de mí”· La segunda anécdota tiene que ver con la pérdida del trabajo. Borges no era peronista y firmó algunas protestas públicas, en 1946, censurando al gobierno de Perón, por lo cual lo trasladaron de la biblioteca y lo nombraron inspector de huevos en el Mercado Spinetto. Renunció.
Hace poco vino de visita otro escritor, el peruano Mario Vargas Llosa (autor de La casa verde; La guerra del fin del mundo y otras novelas excelentes), declarado huésped de honor por el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y visitó el lugar de trabajo de Borges. Luego escribió una nota en el diario español El País sobre ese acontecimiento. Ponderó, desde luego, a Borges, dijo que Buenos Aires, y París son las dos ciudades literarias más importantes del mundo, recordó cuando la Argentina era “el faro cultural y económico de toda América” y lamentó que ahora esté “en decadencia”.

Paredón y después
La nostalgia es un sentimiento engañoso, porque pretende instalar el pasado en el presente. Una de las joyas de Boedo fue el bar Manzi, aquel que perduró hasta principios de los años ’80. El autor de este informe tiene el doble de años de los que le gustaría tener. La ventaja es que conoció al Manzi cuando era un bar mistongo, con piso de baldosas descoloridas y con una concurrencia entre las cuales había punguistas furtivos, quinieleros discretos, borrachos de vino suelto y escritores alcohólicos que habían fracasado antes de escribir una sola frase. Ya no andaban por ahí Roberto Arlt, autor de Los siete locos y de El juguete rabioso, y tampoco sus amigos. Arlt incurría en miles de faltas de ortografía, y desafiaba: “Yo no escribo ortografía; yo escribo literatura”; tampoco se ven ya los grandes del Grupo de Boedo. Y nadie que aguarde impaciente la llegada de su amor lanza nerviosas miradas de tero “recostao en la vidriera, y esperándote”, como dice la letra del tango Sur, que canta precisamente a la esquina de San Juan y Boedo, corazón del barrio. La vidriera es hoy elevada y hay que saltar para sentarse junto a ella.
Si el tango de Manzi y Troilo ya fue nostalgia (aunque, conviene reconocerlo, acepta el inevitable paso del tiempo), el boliche caduco, convertido en una tanguería más o menos lujosa, también lo es. Pero es el lugar, y sus shows deslumbran a los visitantes. Es posible amanecer allí, por más que “ya nunca alumbraré con las estrellas/nuestra marcha sin querellas” y que “las calles y las lunas suburbanas/ y mi amor en tu ventana/ todo ha muerto, ya lo sé”.
Françoise Sagán, la francesa autora de Buenos días, tristeza, escribió, además, un libro titulado La nostalgia ya no es lo que era. No es verdad. Cada generación inventa su propia bohemia, que con el tiempo se transforma en nostalgia propia. La gente apiltrafada no tiene derecho a robarle esa expectativa a nadie.

Todo tiempo pasado…
En las cercanías del Manzi están el Margot y la biblioteca Cané, con un rincón de homenaje a Borges, visitado por miles de admiradores. Y restaurantes regionales independientes, como Pan y Arte, con el que quedó deslumbado el ya mencionado Coppola, por más que sentó sus reales en el Palermo Hollywood.
Pero volvamos a Boedo. Es, en estos días, un barrio de clase media. Teatros como el Timbre 4 o restaurantes exóticos como Kensho atraen tanto a lugareños como a turistas. Ya no andan por ahí las carretas rumbo al corralón, y en sus esquinas nadie se trenza en un duelo criollo a cuchillo. Afortunadamente. Es, en la zona de los boliches bailables o de shows, y de los teatros y los restaurantes, un lugar razonablemente seguro, con epicentro en la esquina de San Juan y Boedo. ¿Es un barrio de tango? Sin duda, pero no es el único ni quiere serlo. El autor de letras de tango Enrique Cadícamo (La casita de mis viejos, entre otros) murió centenario. Conoció a Gardel, fue su amigo, tomó ginebras de madrugada en San Juan y Boedo, y alguna vez dijo que “tangos eran lo de antes y Boedo era el de antes”. Todo tiempo pasado fue mejor sólo en la memoria de quienes se niegan a adaptarse a la actualidad. El Boedo de hoy mezcla la zona bohemia, auténtica y pujante, con un comercio activo y miles de personas que viven allí. De día es una cosa, de noche otra. De día es un barrio de trabajo. Con las primeras sombras, comienzan a escucharse tangos en los recintos donde acuden visitantes y en los clubes de barrio, como, por ejemplo, el Almagro. Es que el tango nació muy cerca de Boedo. Según los historiadores, en Corrales Viejos, que estaban sobre la avenida Caseros, uno de los límites del barrio de Boedo. Es antiguo, pero todavía sigue creciendo junto a la bohemia, que es su hermana menor.N