Aún no ingresamos al departamento donde vive Ligia Piro, y ya desde el ascensor se escuchan sonar los palillos de una batería. Lo curioso es que al llegar al cuarto piso de un pintoresco edificio porteño, el percusionista en cuestión no es un consagrado ni mucho menos, sino Román, el pequeñísimo hijo de la cantante que se muere por demostrar sus dotes musicales a quien sea que repare en él. ¿Será que somos testigos del nuevo eslabón de una cadena que iniciaron sus abuelos maternos, Susana Rinaldi y Osvaldo Piro?
La escena descripta fue suficiente inspiración para encabezar esta nota así, aunque también podríamos haber comenzado diciendo que estamos ante una de las mejores voces del jazz argentino, tanto para los críticos como para el público en general. Amante de la bossa nova, el pop y el folclore, Ligia editó tres discos (LP, en 2003; Baby!, en 2006; y Ligia en vivo, en 2007), y ahora presenta el cuarto, 13 canciones de amor, para el que le pidió a Ricardo Lew que la acompañase con guitarra en clásicos como The Way You Look Tonight, Moon River, Change The World y Over The Rainbow, entre otros.
Como lo ve, Ligia no se anda con chiquitas a la hora de interpretar. En su ascendente e intensa trayectoria (que se inició a mediados de los 90), no sólo ganó numerosos premios, sino que pisó los escenarios más destacados, como Notorius, Broadway, Clásica y Moderna, La Revuelta, teatro de La Comedia, ND Ateneo y La Trastienda.
Sin embargo, a Ligia las luces no la encandilan, y confiesa que prefiere “bajar los decibeles de tanta actividad”. Quizás allí radique el secreto de su último trabajo, bastante más cálido e intimista que los anteriores. “Venía de un disco con mucho color y muy poderoso en cuanto a sonido, y ahora quería más austeridad, poner los pies sobre la tierra”, desliza la espigada Ligia. “Tenía la necesidad de despojarme de tanta bulla, alharaca, y tratar de hablar un poco más de amor. A su vez, la maternidad me hizo ver las cosas de otra manera. Al ser madre se toma otra conciencia de la realidad, uno deja de ponerse en primer plano. La vida se hace distinta. Yo miro todo a través de mi hijo: con quien comparto mis horas, con quien trabajo, pienso muchísimo más en la calidad de vida, y en cómo voy a educar a una criaturita que es pura inocencia y que percibe aquello que hago y digo. Y el CD apunta a eso: a mirar, desde la tranquilidad, nuestro alrededor”.
La confesión a puro sentimiento no será una excepción a lo largo de la charla, café mediante, con Ligia. Hija de dos popes del universo tanguero (mamá cantante y actriz, papá bandoneonista y director de orquesta), es inevitable ahondar en una niñez que le moldeó una personalidad, digamos, un tanto melancólica. “Mi infancia fue feliz por épocas, sobre todo por cierta ausencia de mis padres debido a sus ocupaciones”, reconoce. “Al retrotraerme en este recuerdo, veo a una niña muy melancólica; tal vez eso provocaba que yo eligiese música ‘triste’, como el jazz. Le robaba a mi mamá discos de Billie Holiday o de Ella Fitzgerald, y no se lo contaba a nadie. ¡Era muy chica para abordar ese género! La verdad es que andaba en mi mundo, y mis compañeras de la primaria solían decir que yo era muy soñadora y estaba en cualquiera. ¡Me sentía una incomprendida total! Me parecía que vivía en otro tiempo, mío, particular. Uno de los primeros temas que aprendí, que me gustó y que pensé en cantar fue The Man I Love, ¡y eso le pasaba a una chica de nueve años!”.
–Pienso en tanta melancolía, le sumo lo que “mamabas” en tu casa, y me pregunto: ¿y el tango dónde quedó?
–Con el tango no me pasaba nada, sentía que no me representaba. Como género en sí, lo entendí de más grande. Recién a los 20 años me empecé a emocionar con algunas de las melodías que le oía cantar a mi mamá. Aunque armónicamente sean muy similares, siempre me atrapó más el jazz que el tango. Para el 2x4 tenés que tener una cosa adentro de arrabal que yo no tengo. Me salen muy abolerados.
Fatto in casa
A sus 37 años, Ligia disfruta de un momento para el que estuvo preparándose apenas terminó el secundario. “Me formé en el Conservatorio Nacional de Música Carlos L. Buchardo, con los maestros Roberto Britos y Africa De Retes. También estudié teatro, otra de mis pasiones, en la escuela de Agustín Alezzo. De hecho, trabajé en distintas obras, como Vino de ciruela, o en musicales como Nine, Gotan y El romance del Romeo y la Julieta”, detalla. “La música es un trabajo más solitario y de autogestión. Al principio, le escapé a la decisión de ser cantante. Pensaba: ¿quién me va a querer escuchar a mí? Hasta que comprendí que lo mejor que podía ofrecerle a la gente era hacer algo que me apasionara, algo que lo iba a transmitir desde el corazón”.
–¿Tuviste los típicos prejuicios de ser “la hija de...”?
–Nunca tuve rollos con ese tema. Cuando me sentí segura de salir sola al escenario, lo hice. Sabía que la crítica iba a hablar de una novata, una jovencita, hija de dos pesos pesados, pero no me anclé en eso. Siento que hice el camino correcto en lo que quise ser, y eso me pone muy orgullosa de mis propias decisiones.
–¿Qué heredaste de Susana y Osvaldo?
–La perseverancia, la responsabilidad por el trabajo, el no tomárselo de taquito porque tengas talento, una buena voz o, simplemente, porque te salga lindo. Mis padres me marcaron a fuego el tema del estudio. Y esto me costó, porque las generaciones que siguieron a la de ellos, están cada vez menos preparadas. En la actualidad, hay tanta gente que triunfa en televisión en tan sólo cinco minutos… Parece como si todo fuera fácil, y no lo es. Yo sigo creyendo en la formación, más allá de lo que te da la naturaleza.
–Me imagino la mesa familiar y un amplio debate musical…
–Tanto mamá como papá son muy críticos, objetivos y exigentes. Ninguno es contemplativo porque sea su hija, eso me ayudó a formar mi carácter. Pero, la verdad, les pido pocos consejos. Les doy lugar a que me den su opinión, pero hasta ahí; a veces presto atención, a veces es más fuerte lo que pienso yo y sigo con mi idea.
–Es inevitable no imaginarse a madre e hija compartiendo un escenario…
–Me encantaría que sucediese, tengo muchas ganas y sería muy lindo. A ella la veo con ganas, se prende, pero le tengo que ofrecer un buen espectáculo, porque no va a aceptar así nomás (risas).
Blanco, negro y rojo
Ligia, que en la mitología griega significa “sirena”, se reconoce como ecléctica y obsesiva de la limpieza. Pispeando un poco los CD que tiene desparramados alrededor de su televisor, se aprecian discos de Ketama, Rada, Daniel Maza y el italiano Jovanotti. Sin embargo, cuando se le pide que elija un referente, no vacila un segundo: Africa De Retes. “Es la que me enseñó lo que sucede en el cuerpo al cantar. En algo tan abstracto como el canto, es fundamental que haya conexión y fluidez entre el profesor y el alumno –explica–. No sólo recurro a ella cuando me surgen dudas, sino inclusive en temas relacionados con la salud de la garganta, ya que es una especie de gurú, hace tiempo que está en la profesión y trabajó con lo mejores cantantes líricos del mundo. La consulto, quizás, más que a mi mamá. A mamá la busco en lo que respecta a la escena, ya que es muy buena en eso. Se sabe mover, ocupar los espacios en el escenario. Ella siempre me repite que lo que uno hace tiene que despertar pasión, en uno mismo y en el otro”.
Con la actuación en stand by (“hasta que aparezca la oferta ideal”), Ligia aspira a llevar su arte por Latinoamérica. “Me gustaría llegar con la música a donde se pueda. Trato de no ponerme límites”, sostiene.
–Hablando de límites, siempre te noté muy crítica con respecto al lugar que ocupan las mujeres en el jazz. ¿Podrías ampliar el concepto?
–En general, a las cantantes de jazz no les dan el espacio que se merecen. El ambiente tiene algo de sectario, de cofradía en la que impera la presencia masculina. Y eso me da un poco de bronca, ¡si nosotras lo podemos hacer bien! De igual manera, ocurre en otros géneros musicales. Algún día cambiará.
–¿Le temés al encasillamiento?
–Trato de escaparle. No me considero una jazzera pura, sino una cantante. Y como tal, estoy abierta a probar nuevas experiencias, como cantar en castellano o volcarme al folclore, ya que amo las zambas y las chacareras.
–Leí que definís los estadios de tu vida de acuerdo con los colores. ¿Hoy cuáles elegirías para describir tu presente?
–Profesionalmente, opto por el blanco y negro por lo que te decía antes del deseo de observar la realidad y darme cuenta, objetivamente, de lo bueno y de lo malo. En un plano más íntimo, me define el rojo, que significa el amor que tengo por mi profesión, mi familia, mi hijo y mis amigos. |