Imagine un mundo en que todos dijéramos siempre la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Que le dijéramos a nuestro jefe, a nuestro marido o mujer, a nuestros familiares todas y cada una de las cosas que pasan por nuestras cabezas, incluso las más comprometedoras. ¡Qué estrés!
Sin embargo, por más dura que pueda ser a veces la verdad a secas, mucho más estresante es pasarse la vida mintiendo. Así lo asegura el reconocido psicoterapeuta norteamericano Brad Blanton, especialista en Gestión del Estrés, quien va en contra de muchos de los mitos de nuestra cultura. La principal fuente de estrés, asegura, no es el entorno, sino nuestras mentiras que nos mantienen encerrados en nuestras mentes. Todos mentimos todo el tiempo, lo hacemos como una forma de manipular la opinión que los demás tienen de nosotros. Pero esas mentiras se nos vuelven en contra, ya que centramos toda nuestra atención en mantener las mentiras que contamos y en esconder nuestros secretos, y esto crea estrés. La manera de salir de esta jaula, dice, es practicar la “honestidad radical”. “Se trata de un tipo de comunicación directa, completa, abierta y expresiva. Implica que uno les dice a las personas que lo rodean lo que ha hecho o planea hacer, lo que piensa y lo que siente. Así, se crea un tipo de relación auténtica, que crea las bases para el amor y la intimidad. La gente que practica la honestidad radical lleva una vida sana, feliz y libre. Mentir y proteger la propia imagen se cobra un caro peaje en nuestra salud y nuestras relaciones”, asegura Blanton.
—¿Entonces, se trata de decir siempre, siempre la verdad? ¿Usted lo hace? ¿O cree que, a veces, es aceptable mentir?
—No, yo no digo la verdad siempre, en todas las situaciones, ni recomiendo que nadie lo haga. Creo que es vital y necesario para una “autocuración”, y para alcanzar una verdadera intimidad, comprometerse a decir siempre la verdad completa acerca de lo que pensamos, cómo nos sentimos y lo que hemos hecho, a todos aquellos a quienes conocemos personalmente: nuestra esposa o esposo, nuestra familia, nuestros colegas, nuestro jefe, nuestros amigos. Pero, si tienes escondida a Ana Frank en el ático y viene un nazi a preguntar si escondes algún judío en tu casa, entonces digo: ¡miente! Yo miento en la declaración de impuestos. También miento en el golf y en el póquer. Vivimos en una sociedad alienante. Y lo que tratamos es de sobreponernos a esto mediante la honestidad, de manera que podamos vivir entre aquellas personas en quienes confiamos y a quienes amamos. Lo que yo digo es que no es aceptable que les mintamos a nuestros amigos y familia.
—Dice que mentir es estresante. Pero, llevar una vida radicalmente honesta, en constante confrontación con los demás, ¿no lo es también?
—La vida es estresante. Nuestras mentes causan el estrés. Estamos apegados a una cierta idea que tenemos de cómo deberían ser las cosas. Y esa es la fuente de tanto estrés. Puedes elegir qué tipo de estrés vivir, pero no si estar o no estar estresado. Prefiero recomendar el estrés que resulta de la honestidad porque es inmediato, generalmente de corta duración, y uno se sobrepone pronto. El típico estrés propio de nuestro estilo de vida es una forma mucho más agotadora de estrés: depresión, ansiedad, enfermedades psicosomáticas, insomnio, preocupaciones... Sí, la honestidad es estresante también. Pero el estrés que resulta de ella va y viene. Mientras que el estrés por mentir persiste toda la vida, generalmente por el aislamiento, la soledad y la desesperación generada por las mentiras.
—¿Y qué hay de las mentiras piadosas, aquellas poco importantes que decimos para evitar herir a alguien? ¿Y de no mentir, pero ocultar la verdad?
—Acabas de nombrar las dos formas más peligrosas que existen de mentir: ¡ocultar la verdad y decir pequeñas mentiras piadosas! Decir una mentira tremenda que todo el mundo sabe que es una tontería no hace daño a nadie. Uno hasta puede reírse de sí mismo al decirla. Pero la causa principal de depresiones, ansiedades y conflictos de parejas o en grupos viene de mentir por ocultar la verdad y mentir para evitar que alguien salga lastimado. Toda la vida nos han enseñado que somos lo que los demás piensan de nosotros. Esa es una de las tonterías más grandes contadas en la historia de la civilización. Pero a todos nos lavan el cerebro sistemáticamente para creer que nuestro yo lo componen las notas que obtenemos en el colegio, el tipo de trabajo que tenemos, cuánto dinero ganamos... Quiénes somos no es nada de todo esto. Somos seres que perciben y viven momento a momento. Podemos escuchar, ver, oler, hablar, comer, tener relaciones, movernos, reírnos y así... momento a momento. O podemos quedarnos en nuestras mentes para siempre. Las mentiras, aunque sean pequeñas mentiras piadosas o por ocultar la verdad, nos mantienen perdidos en nuestras mentes para toda la vida.
—Solemos justificar nuestras mentiras porque creemos que, así, estamos protegiendo nuestras relaciones, nuestros trabajos o a nosotros mismos...
—Estamos protegiendo la imagen de nuestras relaciones, trabajo y de nosotros mismos. Protegemos un fantasma ficticio en un juego imaginario. Somos adictos a un juego llamado “Mantener una imagen”. Se trata de una adicción que nos permite evitar la realidad. Pero la realidad es mucho más enriquecedora y aceptable de lo que creemos. El éxito imaginario no lleva más que a una sensación de vacío. El éxito en un mundo real viene de la honestidad que rompe con los tabúes del juego de mantener una imagen.
—¿Existe la verdad objetiva o se trata de algo subjetivo que depende de la experiencia?
—Todo lo que tenemos es nuestra experiencia. Pero es importante distinguir entre la experiencia y nuestros pensamientos sobre la experiencia. Existe una diferencia entre percibir y pensar. Percibimos con los sentidos. Pensamos con la mente. Los sentidos son más confiables. La mente, en general, es una máquina de generar tonterías.
—¿Cómo sería el mundo si todos, siempre, dijeran la verdad?
—¡El cielo en la tierra! Hay un muy buen libro de ciencia ficción, The Truth Machine, de Norman Whitney. Es la historia de lo que ocurre cuando la ciencia descubre la manera de poder saber, siempre, el 100% de las veces, cuándo alguien está mintiendo. Entonces, la gente deja de mentir, porque ya no pueden salirse con la suya. Todo, y quiero decir todo, cambia, y para mejor. Cuando mis pacientes (a lo largo de mis 30 años como psicoterapeuta) y las personas que participaron en mis seminarios empezaron a decir la verdad, sufrieron, al principio, un poco de estrés a corto plazo, pero pronto sintieron un alivio mucho más grande, sin las preocupaciones, la depresión, la ansiedad, los conflictos y demás problemas relacionados con las mentiras. Mi libro, The Truthtellers , que fue escrito en mayor parte por ellos, cuenta esta historia.
—¿Por qué a veces preferimos que nos mientan?
—Por cobardía. Porque nos enseñan a cuidar y proteger nuestra imagen personal para tener éxito en nuestra cultura. Creemos que lo que podemos evitar no nos lastimará. Pero exactamente lo contrario es lo que ocurre psicológicamente. Lo que evitamos saber, aquello de lo que no queremos enterarnos o enfrentar, nos perjudica constantemente.
—¿Los demás están preparados para escuchar nuestras “verdades radicales”?
—En realidad, estamos todos mucho más interesados en la verdad de lo que creemos. Estamos todos cansados de las tonterías, a pesar de que las generamos nosotros mismos de a montones. Al inicio, es común que haya cierta sorpresa, reacciones inquisitivas, shock, sentimientos heridos, a veces un poco de rabia, pero siempre una curiosidad irrefrenable. Y estos sentimientos pasan rápido. La primera vez que se es honesto con alguien, cuando se viene de una relación basada en mentiras por conveniencia, el otro piensa: “¡Eh! ¡Qué estás tramando?”. Entonces, hay que decirle que estamos siendo honestos. De hecho, éste es el comienzo de todas las verdaderas amistades. Si uno mira hacia atrás, en la historia con los amigos íntimos, siempre hay casos de enojos, sentimientos lastimados, sorpresa. Pero sobrepasamos esos momentos y nos perdonamos, e incluso salimos de esas situaciones confiando y valorándonos más. La mutua honestidad crea una intimidad difícil de lograr si uno está escondiendo algo, con la excusa de no herir los sentimientos del otro.
—Se dice que los niños siempre dicen la verdad. Entonces, ¿cuándo dejamos de ser honestos?
—He escrito un libro que se llama Paternidad radical. Creo que una de las cosas más radicales que una persona puede hacer en la vida es criar un niño sin imponerle nada, sólo aprendiendo de ellos. Dejarlos y recordarnos lo que hemos olvidado, aquello que nuestra cultura nos entrenó para que dejáramos de hacer. Cuando los niños preguntan algo, lo mejor es que los padres les digan lo que realmente saben, y luego se callen sobre lo que piensan que ellos deberían hacer al respecto.
—¿Cuáles son los principales objetivos de la honestidad radical?
—La honestidad radical se trata de una idea a la que le ha llegado la hora. Yo no soy el dueño, simplemente hago lo que puedo por difundirla porque aprendí lo bien que funciona, y lo mal que funciona el opuesto a la verdad. ¡Es increíble cómo se está difundiendo por todo el mundo! Todos moriremos algún día, y si algo puede salvarnos, es la honestidad y el actuar basándonos en lo que sabemos que es cierto, a través de lo que percibimos y no de lo que pensamos.
—Si uno quiere empezar a practicar la honestidad radical, ¿cuál es el primer paso?
—Encuentra un amigo y haz un acuerdo con él para empezar a decirse toda la verdad y nada más que la verdad durante dos semanas. Cúmplelo. Y luego, piensa si quieres continuar, basándote en tu experiencia.
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