Buscar
 
Cocina Investigacion Moda Personajes Turismo Contactenos
 
 
 
 
Actualidad
“Hemos perdido la confianza
en ser padres”
 
 
Perfil

Carl Honoré ha trabajado para The Globe and Mail, The Observer, National Post, The Guardian y The Economist, entre otros medios. Además de escribir Bajo presión, es autor de Elogio de la lentitud. Este libro, publicado en 2005, rastrea la historia de nuestra relación cada vez más dependiente del tiempo y aborda las consecuencias y la dificultad de vivir en la cultura acelerada que hemos creado. Actualmente, este periodista y escritor vive en Londres con su mujer y sus dos hijos.
 
 
 
Chicos con agendas apretadas, padres obsesionados por sus logros. En el libro Bajo presión, el periodista Carl Honor? cuestiona el excesivo control que se ejerce sobre la infancia y explora que significa ser padre y ser niño en el siglo XXI.

Una pareja asistía a una reunión de padres en un colegio londinense. Los comentarios de los maestros sobre su hijo de 7 años eran buenos, pero uno se destacó del resto: “Su hijo es un joven artista, muy dotado”. Esta frase desató un pequeño revuelo. Esa noche, el padre se puso a buscar frenéticamente en Internet un curso de arte para cultivar el gen del niño. Pero éste se negó rotundamente: “Yo sólo quiero dibujar. ¿Por qué los grandes tienen que controlarlo todo?”.

Esta es una historia real. Uno de sus protagonistas es Carl Honoré, padre de aquel niño y autor del libro Bajo presión: cómo educar a nuestros hijos en un mundo hiperexigente. Inspirado en aquel episodio, este periodista canadiense pasó dos años viajando por toda Europa, América y Asia, y analizó la situación de la infancia en la actualidad. Entrevistó a profesores, entrenadores, concejales, publicistas, médicos, terapeutas y todo tipo de expertos en desarrollo infantil. Habló también con cientos de padres y chicos, y seleccionó las últimas investigaciones científicas. Su conclusión: “Los adultos han secuestrado la infancia de los niños de una manera nunca vista hasta ahora”.

Bajo presión explora el porqué del fracaso del modelo infantil actual y ofrece propuestas de diversos lugares del mundo para encontrar una solución. Pero sobre todo, hace un alegato a favor del sentido común a la hora de educar a los chicos. “Hoy hablamos más que nunca de los niños, pero no hablamos con ellos”, manifiesta Honoré. “En lugar de ofrecerles tiempo, espacio y amor, les damos todo tipo de actividades para hacer. Queremos que nuestro hijo sea el mejor en todo, que nos llene de orgullo. Un niño bueno dejó de ser suficiente para los padres actuales”.

–Les exigimos como si fueran adultos y los tratamos como si fueran totalmente indefensos. ¿Los límites entre la adultez y la niñez están desdibujados?
–Sí, totalmente. Oscilamos entre dos extremos: hacer demasiado o no hacer lo suficiente para nuestros hijos. Demasiado en cuanto a seguridad y crear muchas facilidades extraescolares. Pero no hacemos lo suficiente para protegerlos de la cultura del consumo o la sexualización de su ropa, sobre todo en las niñas. Tampoco estamos haciendo demasiado para imponer disciplina. Ser padre es duro e implica mucho trabajo, pero estamos enfocando el esfuerzo en el lugar equivocado.
–Usted plantea que los padres viven una segunda infancia a través de sus hijos…
–Esto es algo que se ha visto a lo largo de toda la historia. Los padres quieren compensarse a través de sus hijos por cosas que no hicieron o que hicieron mal. No es más que un fenómeno humano, pero se ha amplificado muchísimo en esta generación; hoy los padres no logran cortar el cordón umbilical. De hecho, en algunas universidades, los padres van con sus hijos a las aulas a estudiar con ellos. Hemos caído en una parodia de la paternidad.
–¿Por qué nos cuesta jugar?
–Tenemos una relación muy distorsionada y neurótica con el juego. El juego tiene un valor de desarrollo cognitivo, espiritual y emocional fundamental. Pero en una sociedad adicta al trabajo, el juego aparece como una pérdida de tiempo. Esta es una cultura tan aferrada a la idea de exprimir hasta la última gota de productividad de cada momento del día, que el juego nos cuesta, nos da miedo, nos genera dudas porque no se lo puede medir. Cuando un niño se sienta en el suelo de una cocina y juega con un palito, creando historias y personajes, es lo más rico y fértil que hay, pero es muy difícil de medir. En esta sociedad tan caracterizada por la cultura del management, queremos calificarlo todo. Debemos aprender a sentirnos cómodos con la incertidumbre, con lo que no se puede medir. Si logramos hacer eso, volveremos al juego auténtico.
–¿En qué cultura se valora más el juego?
–Muchas cosas se han globalizado, y creo que todas las sociedades tenemos este miedo a la incertidumbre que plantea el juego.
–¿En las sociedades más relajadas, como las latinas, se juega más?
–Hoy las culturas latinas han cambiado. Antes, una familia típica tenía cinco o seis niños. En la actualidad, la tasa de natalidad ha bajado; España tiene la tasa más baja del mundo, y la familia típica es de uno o dos niños como máximo. Ha cambiado totalmente la dinámica de la familia. Cuando hablamos de las causas de este momento cultural, hay muchos factores que se entrelazan, y gran parte se debe al cambio demográfico. Las familias más pequeñas tienen una dinámica muy distinta. Un solo niño genera más angustia.
–A menos hijos, más control…
–Sí, vivimos constantemente preocupados por el destino de este niño. Estamos apostando todo en él. Y, además, el mundo es más competitivo que hace veinte años, lo que genera más angustia en los padres. La globalización prometía una enorme cantidad de oportunidades, pero ha generado lo contrario: hemos creado una especie de túnel con opciones limitadas. Existen muchos caminos para llegar a ser adulto.
–¿Y por qué no los usamos?
–Porque en el pánico, nos limitamos a una visión restringida y creemos que sólo hay dos alternativas: a) hijo perfecto con carrera brillante o b) hijo que trabaja toda su vida en una gran empresa. Esto es absurdo; existe una infinidad de posibilidades, y cada niño nace con sus propias capacidades. Supuestamente vivimos en un mundo con mucha libertad. Pero es lo contrario para muchos niños, porque desde la cuna les estamos marcando el camino. Vemos a los chicos como proyectos.
–Después de la crisis, en la Argentina cambió bastante la perspectiva de lo que se supone que hay que estudiar para ser exitoso.
–Creo que con la crisis financiera, la asunción de Obama y la urgencia del problema ecológico, estamos entrando en un momento de cambio profundo; es una época para replantear las cosas de forma revolucionaria. Y en esto también entra cómo educamos a los niños. Ellos tienen su propia vida; no son un proyecto, son personas con su propio destino y sus potencialidades por desarrollar. En España, salió un informe sobre los universitarios y advertía que muchos están dejando sus estudios en el primer año en cifras récord. Porque por primera vez tienen la libertad de preguntarse: “¿Quién soy?”, “¿qué quiero de la vida?”. Y se están dando cuenta de que no quieren ser abogados, sino enfermeros, artistas, periodistas. Esta es la consecuencia de una generación sobreprotegida, sobremanejada, sobreempujada. Es un saldo tristemente irónico, porque estamos haciendo todo por nuestros hijos, con las mejores intenciones.
–¿Los padres se están replanteando el modelo educativo que imponen a sus hijos?
–En los mails que recibo de parte de muchos padres, cada vez se preguntan más: “¿Era esto lo que quería para mis hijos?”. Hay mucho miedo de dar el primer paso, de decir: “No, mi hijo no va a jugar en tal club de fútbol”. Quieren bajar la presión, pero tienen miedo de que los demás los juzguen.
–¿Usted sintió alguna vez ese miedo?
–En el fondo, yo escribí el libro para recuperar mi propia confianza, pero también para ayudar a los demás a recuperar la suya. Los padres de esta generación hemos perdido la confianza, lo cual nos hace muy vulnerables a la presión, al bombardeo de consejos contradictorios que emiten los medios sobre la paternidad. Conocemos a nuestros hijos mejor que nadie, pero no logramos escuchar a nuestra voz interior porque estamos rodeados de ruido y pánico. Yo quería romper un poco con este consenso tóxico.
–¿El excesivo esfuerzo que los padres invierten en sus hijos puede transformar la relación en una suerte de transacción?
–Sí. Esa es gran parte de la carga de presión que sienten los chicos. Ellos saben que sus padres invierten tiempo, energía y dinero en sus vidas. Eso les genera una presión insoportable y resentimiento. Piensan: “Yo quiero vivir mi vida, no hace falta que te sacrifiques tanto por mí”. Hemos pasado de una familia basada en las relaciones a una basada en las transacciones. Eso quita la gran riqueza de ser niño, pero también la de ser padre.
–Usted se refiere a la “profesionalización” de la paternidad…
–La paternidad dejó de ser algo que simplemente “pasa” para convertirse en una profesión. Y creo que uno de los beneficios de la revolución cultural a la que me refería será recuperar el placer de ser padre. No tiene que ser tan duro ni tan angustiante, ni tan caro. Podemos lograr más y disfrutar más haciendo menos. Bajando la presión.


 
Por: Sofía D´Andrea/ Fotos: Gentileza Carl Honoré y AVER S.A. (Inés Tanoira y Mane Mauvecin)