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Arte
“Un dibujante compulsivo
e impulsivo”
 
 
El Martín Fierro de Castagnino

A fines de la década del sesenta, el editor Boris Spivacow convocó a Juan Carlos Castagnino y le pidió que ilustrara el Martín Fierro, de José Hernández. “Y ahora –dice Alvaro– con mi hija, que es museóloga, estamos armando una muestra sobre esos dibujos, una muestra itinerante para llevar a las escuelas de la provincia de Buenos Aires”.
–Esa edición era maravillosa. ¿Qué pasó con los dibujos originales? ¿Los tiene usted?
–Algunos se vendieron. Muchos se vendieron. Pero como papá hacía muchos bocetos, quedan todos. La muestra no será solamente para que miren los dibujos, sino que hablaremos de Hernández y de su época.
 
 
El galerista Alvaro Castagnino, hijo de Juan Carlos, nos cuenta anécdotas de la vida de uno de los pintores más importantes de la Argentina. A fines de este mes se inaugura su muestra, Humanismo, poesía y representación, en Mar del Plata.

La casa, del siglo XIX, un caserón enorme de una planta y paredes caducas, está en el barrio porteño de San Telmo, uno de los más antiguos de la ciudad. Un letrero la identifica: “Casa de Juan Carlos Castagnino”. Allí, el hijo del pintor, Alvaro Castagnino, tiene su galería de arte en la que se destacan, por supuesto, algunos de los cientos de cuadros que pintó su padre.
–Alvaro, ¿usted vive aquí, no?
–No. Vivieron mis padres en los últimos años de su vida. Supongo que a mi padre le gustaba porque tiene muchos patios y plantas y flores, y a él le recordaba a Camet.
–¿Camet, cerca de Mar del Plata?
–Sí. Papá nació en Camet, en 1908, cuando todavía era una zona rural, de chacras. Mi abuelo era herrero y construía carros y chatas, que usaban para llevar las bolsas con las cosechas, las bolsas de trigo. El se crió en espacios abiertos, con la luz que llegaba de todas partes. Cuando papá pudo, compró una prefabricada en Camet, y allí íbamos con mamá y él en las vacaciones escolares y también en las vacaciones de invierno, en segunda clase del tren “carreta”, ese que paraba en todas partes. Nada de lujos: el agua salía de una bomba manual, y no había luz eléctrica. Nos alumbrábamos con faroles “sol de noche” o lámparas a querosén. El aeropuerto todavía no existía, por supuesto. Los únicos sonidos eran los del viento en los árboles, los pájaros o alguna vaca que mugía.
–Por eso la muestra en Mar del Plata…
–Claro, es un lindo homenaje a 100 años de su nacimiento. La muestra es la misma que se exhibió este año en el Museo Nacional de Bellas Artes, Humanismo, poesía y representación, con curaduría de Clelia Taricco. Es una retrospectiva con 115 obras. Se inaugura a fines de este mes en la Plaza del Agua, que es un enorme espacio de exposiciones en Güemes y Roca, un barrio con mucha onda.
–Fue una buena infancia, la suya.
–Maravillosa. En el verano, para ir al mar (estar en la playa con mis padres es una de las imágenes que más recuerdo), teníamos que ir caminando hacia la ruta y tomar el Cóndor “lechero”, el que paraba en todas partes.
–¿De chico usted era consciente de que su padre tenía una profesión diferente del resto de los padres? ¿Se daba cuenta de que su padre era un artista?
–No. Mamá y papá se conocieron en la escuela de Bellas Artes, en Buenos Aires. De modo que para mí era natural ver a mis padres dibujando o pintando, y pensaba que era lo que hacían todos los padres. Recién en la adolescencia tomé consciencia de eso, y me di cuenta también de que las personas que venían a casa a ver a mis padres tampoco tenían profesiones comunes.
–¿Por ejemplo?
–Bueno, a casa venían Pablo Neruda, Miguel Angel Asturias…
–Dos premios Nobel de Literatura…
–Y Berni y Colmegna, Spilimbergo, Siqueiros y otros pintores. Como le dije, al final de mi adolescencia me di cuenta de que esos amigos de mis padres eran artistas, y muy buenos. También venían muy seguido a casa Ricardo Rojas, Rafael Alberti, los González Muñón… se quedaban charlando hasta la madrugada. Me gustaba escucharlos, pero, por lo general, me quedaba dormido en una silla…
–Vivían bien.
–Vivíamos con lo justo. Papá era arquitecto, pero nunca quiso hacer otra cosa que dibujar y pintar. Era profesor de dibujo en colegios secundarios, de modo que la plata apenas alcanzaba. No pasamos hambre, pero vivíamos… muy ajustados. Mire, cuando papá fue a Europa a estudiar pintura, no tenía ni para el pasaje. Pudo ir porque a uno de sus amigos lo designaron embajador en París, y el embajador tenía derecho a llevar un valet. Así que le dijo: “Juan, el pasaje de ida y la comida hasta que lleguemos (el viaje era en barco) ya la tenés. Después, te la tenés que arreglar para mantenerte en París y para volver”. Y pudo volver porque esto ocurrió en 1938, y lo repatriaron cuan- do empezó la guerra en 1939. Ir a Europa, en esos tiempos, era muy importante. Ahora hay exposiciones de Picasso o de Dalí en la Argentina. En esos años, para enterarse de qué estaban haciendo esos genios, había que ir a Europa. Muy poca gente estaba enterada de la obra de Picasso…

Ser o no ser
Cuando regresó de Europa, Juan Carlos Castagnino comenzó a trabajar frenéticamente, y la situación económica de la familia empezó a mejorar. Empezó a ser reconocido, y los coleccionistas compraron sus cuadros. Empezó a ser Castagnino. “Siempre trabajó mucho, por la mañana, las tardes y, a veces, por la noche. Sí es cierto que en 1945 pintó el mural de las Galerías Pacífico con Spilimbergo, Berni, Colmegna y Urruchúa, y en esa época pudo vender algún cuadro. Ahí fue cuando compró la prefabricada en Camet “, dice Alvaro.
–Alvaro, ¿usted nunca quiso pintar?
–Nunca. Mi padre intentó enseñarme a dibujar, y la cara que puso cuando vio el resultado me disuadió de seguir intentando, y él no insistió. Nunca pude dibujar. Ya en la escuela primaria mi mamá me tenía que hacer los dibujos; yo me negué siempre a dibujar. Pero algo aprendí. Tengo un gran ojo para ver la pintura, por eso tengo una galería desde hace casi 50 años. Muchos artistas que yo promocioné por primera vez llegaron a ser reconocidos, como Alejandro Puente, Norberto Gómez, Pablo Suárez, Víctor Grippo…
–Bueno… Grippo impacta, pero sus obras son raras, como presentar una pila de papas y medir la energía que emana de ellas…
–Era un experimentador. El arte es algo que está en continuo crecimiento y en permanente evolución. Si no, no sería arte, sería artesanía o copia o repetición de modelos aceptados. Es algo vivo que transmuta, cambia, es diferente. Y Grippo era diferente. Trató de llegar al público desde una visión propia. No se puede pintar como Rafael o hacer arquitectura como Le Corbusier.

“No está en venta”
–Hay galeristas que se enamoran de una obra determinada y, aunque su oficio, o parte de su oficio, sea exhibir y vender, en el fondo de su alma esperan que nadie la compre. ¿Le pasa eso, Alvaro?
–Me pasa, me pasa. Generalmente, con alguna obra de mi padre. Me la llevo para casa, directamente. Me ocurrió hace poco en la retrospectiva. Y bien, me quisieron comprar un par de cuadros, y dije que no, que no estaban en venta. Uno se enamora de ciertas obras, las ama.
–¿Su padre era prolífico?
–Muy. Papá era un dibujante excepcional y compulsivo e impulsivo. Hacía decenas de bocetos por día. La pintura le costaba muchísimo, porque trabajaba con el método renacentista. Pero con el dibujo era como una máquina. Al final del día, separaba los dibujos y quemaba los que no le gustaban, ante las protestas de mi madre. Ahora, esa actitud me da cierta tranquilidad de espíritu, porque lo que ha quedado es lo que él aprobó. Tengo alrededor de cinco mil dibujos o bocetos.
–Usted sabe, Alvaro, que el Guernica de Picasso se exhibe junto a una veintena de bocetos anteriores al cuadro, que indican paso por paso cómo se fue haciendo el cuadro final. ¿Por qué no se exhiben así las obras magnas de pintores argentinos?
–Es algo que voy a hacer, que estoy preparando con algunos cuadros de mi padre. Pero se necesita una investigación ardua. Buscar en toda la obra, en todos los bocetos. Lleva mucho tiempo y mucha investigación. Me llenaría de orgullo que alguien quisiera tener una obra determinada y los bocetos que fueron su génesis. Eso me hablaría muy bien del coleccionista. Digo coleccionista… en realidad, creo más en los museos, porque las obras tienen que circular, ser vistas por la mayor cantidad de gente posible.