Ese debe ser el secreto de su enorme éxito dentro de la cancha. Por momentos, la rosarina Luciana Aymar se mueve de manera relajada, hace bromas y se le anima a las grandes carcajadas. Por otros, se pone seria, deja en claro qué es lo que piensa y muestra su fuerte personalidad. “Lucha”, “Laucha” o “Pipi” –depende de quien la nombre– sabe amoldarse como pocas a cada situación. Buen humor, claridad mental, capacidad de adaptación y un fuerte temperamento, un combo imbatible que, a fines del año pasado, le valió el premio a la Mejor Jugadora del Mundo, un galardón que ya había recibido en cuatro oportunidades anteriores. “Siempre va a ser una sorpresa para mí. Cuando me premiaron por primera vez, nunca imaginé que habría una segunda y mucho menos una quinta vez. Hay muy buenas jugadoras acá y en el mundo, que admiro mucho; pero bueno, me tocó nuevamente. Los premios son un gran estímulo”, asegura la gran Leona.
–¿Y cómo se vive ser la mejor jugadora del mundo?
–Se vive como algo inabarcable, pero este quinto premio me llega en un momento de mayor madurez, mi liderazgo en el equipo es otro.
–Pero, además, sos la única jugadora en el mundo que se alza en tantas oportunidades con este galardón.
–Sí, así es. La que más veces lo había ganado era la australiana Alción Annan, dos veces. Ya me dijeron que si sigo jugando, es muy probable que lo siga ganando porque, según dicen, soy distinta del resto.
–¿Qué es lo que te hace tan diferente?
–Mi forma de juego, mi temperamento dentro de la cancha, la fuerza que tengo, me siento líder. Creo que uno nace con esa capacidad de liderazgo. Tal vez, tengo la habilidad de poder ver pases y jugadas que otras jugadoras no ven.
–¿Eso se entrena?
–Sí, claro. No sólo hay que entrenar la habilidad y los músculos. El entrenador tiene la obligación de adiestrar la capacidad mental de una jugadora para que pueda pensar rápido y accionar a partir de ese pensamiento.
–¿Cuál creés que es tu aporte más importante al hockey femenino argentino?
–Pienso que estoy marcando un camino para que las cosas vayan cambiando. Los clubes tienen que empezar a hacer algo para que las jugadoras no tengan que irse al exterior, para que la Liga Nacional siga creciendo. La gente ajena al deporte no sabe el sacrificio y la dedicación que ponemos cada una de nosotras. Es complicado llevar una vida profesional, pero, a la vez, amateur. Yo tengo la suerte de jugar de manera profesional desde hace cuatro años en Buenos Aires, pero soy la única en el país. Magui Aicega tiene un sponsor particular, pero el resto de las chicas, no.
–Recién hablaste de que tendría que haber cambios. ¿A que te referís concretamente?
–Primero y principal, al patrocinio y después, al espacio en los medios. Si comparás los logros del hockey con los de cualquier otro deporte, tendríamos que estar ubicados en otro lugar.
–¿Qué te pasa cuando el “furor leonino” de los argentinos se desvanece luego de un campeonato?
–Durante el torneo todos somos “leones” y después… Te da bronquita. Pero es así, ya estamos acostumbradas. Además cuando yo era chica también lo vivía así cuando Argentina jugaba los mundiales de fútbol. Los argentinos somos exitistas. El año pasado, antes de los juegos olímpicos, no sabés lo que eran nuestros entrenamientos: ¡había un montón de gente mirándonos! Igualmente, si comparamos con otros tiempos, hemos evolucionado: antes no iba ni mi hermana a vernos entrenar (risas).
–¿Y desde el Estado? ¿Cuál es el aporte que reciben de la Secretaría de Deporte de la Nación?
–Bueno, todos sabemos que la Argentina no tiene una política muy desarrollada en cuanto a deporte, educación y cultura. Si bien nosotras tuvimos un aumento en las becas que recibimos, las cobramos con tres o cuatro meses de atraso. Ojo, yo hablo mucho con Claudio Morresi, el secretario de Deporte, y sé que tiene buena voluntad para mejorar las cosas. Además, pienso que tendría que haber una política social del deporte en los clubes, en los barrios.
–¿Creés que sería parte de la solución a muchos de los problemas que afrontan niños y adolescentes en la actualidad?
–Totalmente. El deporte te aleja de un montón de “cosas malas”. En Rosario, hay un programa impulsado por Ayelén Stepnik llamado “Más hockey”, que acerca este deporte a los sectores humildes de la ciudad. Les arman torneos, se les exige a los chicos que vayan a entrenar, los ayudan con un plan de alimentación, les hacen un seguimiento para ver cómo andan en el colegio. Algo así debería haber en todas las ciudades del país y no sólo con el hockey, sino con otros deportes.
–¿Qué cosas te da el deporte?
–Valores. En mi caso, yo me muevo en mi vida cotidiana como me he movido siempre en la cancha: con responsabilidad, buena educación y disciplina. El deporte te enseña a esforzarte para alcanzar aquello que querés, tus metas.
–¿Te gustaría ser quien extienda el programa “Más hockey” por el país?
–Es un trabajo enorme y una responsabilidad aún mayor llevar adelante ese programa, pero una vez que dé un paso al costado, mi idea es meterme más con eso y ayudar en lo que me necesiten. Tal vez hacer algo similar en Buenos Aires.
–¿Te ves como entrenadora?
–No, por el momento, no. Tendría que pasar un buen tiempo después de mi retiro… Creo que el deportista de alto rendimiento no puede hacerse cargo de un equipo no bien deja de jugar. Es muy grande el vacío que te genera el retiro, un vacío que cuesta mucho llenar. Además, tendría que estudiar para ser entrenadora.
–¿Seguís pensando en tu retiro después del Mundial 2010?
–Sí, creo que todos los deportistas tenemos un ciclo. Yo vengo desde hace varios años jugando en el seleccionado y, por suerte, pude participar en todos los torneos que me propuse, y me superé en muchas cosas. Después del mundial, voy a tener 33 años, y me parece que mis objetivos como deportista están más que cumplidos.
–¿Hay que prepararse para el retiro?
–Sí, claro. La angustia que provoca dejar de jugar como profesional es enorme, y hay que estar preparado.
–¿Cuáles son los consejos que solés darles a las más chicas de la selección?
–Creo que las más chicas siempre se están fijando en lo que hacemos o cómo actuamos las más grandes. Nosotras siempre tratamos de llegar primeras y ser las últimas en irnos. Por lo general, las más jóvenes preguntan cosas de la cancha, posiciones, cuántas horas les conviene entrenar, si es bueno entrenar con hombres o no. Y también temas relacionados con los sponsors. Me siento bien conmigo misma cuando puedo darles una mano, porque a mí me hubiera gustado contar con un apoyo similar.
–Decís que el deporte te dio muchas cosas, ¿pero qué te quitó?
–Si me comparo con mis amigas, siento que llevé una vida muy diferente. Hoy muchas terminaron la facultad, están casadas y con hijos, y si bien hasta este momento mi prioridad nunca fue formar una familia, he resignado muchas otras cosas: cumpleaños, casamientos, salidas con mis amigas, vacaciones en grupo. Si no resignás cosas, no llegás. ¡Es así!
–¿Sentís que el deporte te ha ayudado a superar algunas situaciones particulares de tu vida, algo así como un gran bastón?
–Muchas veces. El deporte es un gran sanador.
–¿Cuando empezaste a jugar en Rosario, imaginabas todo lo que estás viviendo?
–No, no. Empecé en un club muy chico, jugábamos en una pedacito de pasto, éramos cinco amigas que no teníamos ni idea. Lo que siempre soñé fue ponerme una camiseta de la Argentina, jugando al hockey o a lo que fuera.
–¿En qué momento se hizo el clic y te animaste a imaginar una carrera imparable?
–En el 96, cuando debuté con el seleccionado mayor. Ahí ya estaba familiarizada con las demás jugadoras, tenía algunas amigas. Ese fue el momento donde me picó el bichito de querer ir siempre por más.
–¿Un gran sueño?
–Quiero llegar al mundial como nunca antes llegué a un torneo, tanto física como mentalmente. Como mujer, me gustaría conocer a un hombre. Estar en pareja con el hombre indicado trae calma, ayuda a bajar las revoluciones, te da contención. Además, este año empiezo con la conducción de un programa de tele y me parece bien encontrar pasión y fascinación en otras cosas, algo similar a lo que me pasa con el hockey.
–Si volvieras a elegir el hockey como profesión, ¿recorrerías el mismo camino?
–Sí, sin dudarlo.
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