Jorge Luis Borges, con su célebre seudohumildad, decía: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”. La antropóloga francesa Michèle Petit visitó la Argentina invitada por la CONABIP (Comisión Nacional Protectora de Bibliotecas Populares), para cerrar el segundo congreso nacional de bibliotecarios. Michèle, autora de El arte de la lectura en tiempos de crisis, obra que presentó en la Feria del Libro de Buenos Aires, no solamente está de acuerdo, sino que sostiene que “la lectura es, además de un motivo de orgullo, una acción terapéutica, que cura el alma y el cuerpo”.
Cuando dice “crisis”, Michèle se refiere “a las crisis perennes de ciertas clases marginadas que rara vez tienen acceso al bienestar, sin importar que los gobiernos acierten o se equivoquen”. Michèle, nacida en Francia, se formó en buenos liceos y se recibió de antropóloga en la Universidad de París. Pero fue cuando hizo “trabajos de campo” en Latinoamérica que tomó contacto con la realidad que hoy se empeña en modificar. Trabajó en Brasil, Colombia, Venezuela, Perú y la Argentina con “grupos sociales de chicos que crecen sin cuidados paternos, acechados por el dolor, el desamor, el hambre y la soledad. El analfabetismo es la menor de sus carencias”, señala.
Con cierto aire a la actriz Jane Fonda (y tan combativa como ella) Michèle no milita en ninguna agrupación, ni de izquierda ni de derecha. Su interés está puesto, simplemente, en los seres humanos. No es que no le interesen las ideologías, pero como antropóloga se comporta como un médico que cura a sus pacientes sin preguntarles qué opinan del presidente Lula o de Obama. Ella dice que sus obras tratan sobre “la experiencia de la lectura”.
– Uno piensa que un antropólogo se interesa por culturas antiguas… ¿Cómo nació su interés por la lectura y cómo se relaciona con la antropología?
– Empezó cuando yo era chica, cuando tenía ocho o nueve años. Mis padres fueron grandes lectores. Y yo los miraba y sentía que mientras leían se hallaban en algo parecido al estado de gracia. Y más tarde comencé a preguntarme qué relación había entre la lectura y el bienestar. Aunque todo comienza mucho más temprano que a los nueve años.
– ¿Cuándo?
– Cuando una madre o un padre les lee o les cuenta un cuento a sus hijos antes de que se duerman. Los chicos suelen tener miedo a la oscuridad. La oscuridad equivale a la soledad, y a los chicos no les gusta la soledad. En realidad, a nadie le gusta la soledad. Pero un cuento les permite a los niños refugiarse en un universo de fantasía en el cual la oscuridad y la soledad no tienen cabida. Si se duermen antes de que finalice la lectura del cuento, mejor. Y si se duermen después, el cuento les ha dado pensamientos bellos y positivos. Por eso, cuando estudié antropología, mis preocupaciones infantiles se trasformaron en temas de investigación. Lo que quería era averiguar qué es lo que desencadenaba el encuentro con un libro o con una narración. Qué es lo que hace que un libro te transporte a otro lado, te haga formar imágenes, tener sensaciones placenteras.
– ¿Y qué respuestas consiguió?
– Un colega francés dice que un libro –la lectura de un libro– nos protege del caos, de la inseguridad. Y nos revela que hay zonas de la imaginación o del pensamiento, o de la realidad, si usted quiere, que nos conviene ignorar o soslayar. Nos aleja del caos que reina en el prójimo.
– ¿Algo así como “el infierno son los otros”, como postulaba Sartre en la obra teatral A puerta cerrada, donde cada uno conoce el pensamiento del otro?
– Algo así, sí. Incluso en una pareja que vive en una felicidad relativa, parte de su felicidad consiste en no conocer a fondo al otro. Es posible que haya un acuerdo tácito en ese sentido. Es bueno que haya cosas de cada uno que el otro no conozca. Son personas que conviven y tal vez se aman, pero no son la misma persona. Y esa zona de intimidad personal ocurre también entre padres e hijos. O, mejor dicho, a veces ocurre, y siempre sería bueno que ocurriera.
– ¿Y qué papel jugaría la lectura en esos casos?
– Es muy simple. El tipo de lectura que realicen nos permitirá conocerlos mejor, cosa que a veces no consigue el diálogo. El erotismo, por ejemplo. ¿Usted cree que todas las parejas le cuentan al otro cuáles son sus gustos eróticos?¿O que todos los hijos hablan de sus problemas con sus padres, o viceversa? Uno llega a la conclusión de que la lectura tiene poderes tranquilizadores, sanadores y reparadores sobre su papel en la construcción o en la reconstrucción de la personalidad.
– Eso, en un terreno individual; pero ¿qué pasa con los grupos que están en crisis?
– Está la experiencia de Adriana Flores en Catamarca. Adriana se encontró con una casa-escuela para adolescentes en la cual la lectura no tenía lugar. No les interesaba a los chicos. Entonces ella tomó un atajo y los aproximó a la lectura a partir del teatro. Con dificultades: al principio, la ignoraban; sobre todo, los varones. Adriana tuvo que luchar contra la pobre autoestima de los chicos, contra el miedo a exponerse en público y el miedo al ridículo que tenían. De modo que tuvo que pasar mucho tiempo hablando con ellos y conociendo sus historias personales. El resultado fue que poco a poco comenzaron a participar, y en estos días participan de un concurso de obras de teatro. Han vencido sus miedos, y lo que observó Adriana es una notable mejoría en la autoestima. En este caso, la lectura jugó un papel protector y sanador, y favoreció el intercambio de experiencias entre los chicos, que ayudó a Adriana y a otros catamarqueños.
– ¿En Francia ocurren fenómenos similares?
– Por supuesto. Cuando estudiamos la contribución de las bibliotecas públicas en la lucha contra los procesos de exclusión en los barrios populares, llegamos a la conclusión de que las bibliotecas habían sido importantes para una parte de los jóvenes en el terreno de los aprendizajes, la construcción de sí mismos y las sociabilidades.
– En Francia hubo episodios de chicos marginales que rechazaron esos programas y hasta quemaron algunas bibliotecas. ¿Qué se hace cuando alguien no quiere saber nada con la lectura?
– Bueno, nadie debería estar obligado a que le guste leer. Además, nada disuade tanto del hecho de acercarse a un libro que la intención de convertirlo en algo obligatorio. Pero somos seres de relatos y seres de lenguaje; y el lenguaje y los relatos tienen, está comprobado, un efecto reparador. Y además, la lectura –la literatura, diría– no es una experiencia separada de la vida. La literatura y el arte también están en la vida.
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