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Reflexión
Vivir para contarlo
 
 

Quién es quién

•Roberto Canessa (56): médico especializado en cardiología infantil. Se casó con su novia de entonces con quien tiene tres hijos. En 1994, se postuló para la presidencia de Uruguay.
•José Luis Inciarte (60): se casó con su novia de entonces con quien tiene tres hijos. Se recibió de ingeniero agrónomo, pero se dedica a la pintura y a dar charlas.
•Daniel Fernández (62): es ingeniero agrónomo y se casó con su novia de entonces con quien tiene tres hijos. Fue docente universitario y brinda conferencias motivacionales.
•Adolfo Strauch (60): es ingeniero agrónomo. Está casado y tiene cuatro hijos. También da charlas motivacionales.
•Ramón Sabella (57): empresario industrial. Formó la Fundación Viven.
•Alvaro Mangino (55): técnico agropecuario. Lleva en el cuello la cadenita con el crucifijo de plata que tuvo en la montaña.
•Gustavo Zerbino (55): está casado y tiene seis hijos. Preside la Unión de Rugby del Uruguay.
•Javier Methol (72): quedó a cargo de sus cuatro hijos luego de que su esposa muriera en el accidente. Se volvió a casar y tuvo cuatro hijos más. Fue dirigente de compañías tabacaleras. Hoy brinda charlas motivacionales.
•Pedro Algorta (57): es máster en Administración de Negocios y fue director ejecutivo de varias empresas en Buenos Aires y Uruguay. Tiene tres hijos.
•Carlos Páez Rodríguez (55): es técnico agropecuario y tiene dos hijos. Hijo de Carlos Páez Vilaró, escribió un libro sobre
la tragedia. Da charlas motivacionales.
•Roy Harley (56): ingeniero industrial. Con sus hermanos, tiene una empresa de mantenimiento de áreas verdes.
•Roberto Francois (56): es técnico y productor agropecuario. Tiene cinco hijos.
•Antonio Vizintín (55): tiene dos hijos. Enviudó y se volvió a casar. Fue director de distintas empresas y presidente de la Unión de Rugby de Uruguay. Durante años, el grupo se reunía en su casa.
•Alfredo Delgado (60): tiene cuatro hijos. Es escribano y tiene uno de los estudios notariales más prestigiosos de Uruguay.
•Eduardo Strauch (61): tiene cinco hijos y posee uno de los mejores estudios de arquitectura de Uruguay. Da charlas sobre lo sucedido en los Andes.
•Fernando Parrado (59): tiene dos hijos y diversas empresas. Brinda conferencias motivacionales.

 
 

La tragedia de los Andes es una de las historias de supervivencia más impactantes del siglo XX. Los uruguayos que sobrevivieron setenta y dos días a más de cuatro mil metros de altura comparten las enseñanzas que les dejó la experiencia. Una clase de amor, solidaridad y fe.

Las palabras de Gustavo Zerbino calan hondo en quien las lea: “La tarde del accidente, el piloto nos pidió el arma para matarse. ‘Dame el arma, colocá las balas, sé parte de mi muerte’, nos imploraba. Entonces, ese grupo desesperado, que sabe que alguien busca un arma para matarse, lo primero que hace es desactivarla. El revólver lo tiene uno y las balas las tengo yo. No hay más revólver. Les dijimos a todos: no busquen el revólver porque no está disponible. No hay balas para matarse, porque acá la única opción es la vida, pelear por la vida ignorando el resultado. Con esa afirmación y ese gesto, comienza la historia de los Andes”.
La historia, para ser más rigurosos, comenzó un día antes, el 12 de octubre de 1972, cuando el Fairchild 571 (F571) despegó de Uruguay para dirigirse hacia Santiago de Chile. Allí viajaban cuarenta y cinco personas, entre pasajeros y tripulantes. La mayoría de ellos pertenecía al equipo de rugby del Old Christians Rugby Club, conformado por ex alumnos de un colegio irlandés de los Hermanos Cristianos en Montevideo.
La copiosa nieve en los Andes obligó al avión a aterrizar en la ciudad de Mendoza. Mezcla de destino y superstición, el F571 volvió a elevarse el 13 de octubre. A las 15.24, el piloto le comunicó al control de tránsito aéreo argentino que estaban sobre la ciudad chilena de Curicó. A las 15.30, informó que volaba a una altura de cinco mil metros. Al minuto siguiente, la torre de control de Santiago quiso hacer contacto con el piloto. Nadie contestó.
El vuelo de la Fuerza Aérea Uruguaya ya se había estrellado en la cordillera de los Andes. Doce personas murieron en el accidente o poco después. Otros tantos, los días siguientes. Hacia fines de octubre, una avalancha dejó bajo nieve los restos del F571 y sepultó a quienes dormían en su interior (sólo uno lo resistió). Y la lista negra continúa. En total, sobrevivieron dieciséis almas durante setenta y dos sombríos días. Para ellos, desde aquel entonces, ya nada fue lo mismo.
“El milagro de los Andres”, como suele recordarse a esta escalofriante experiencia, se transformó en un ejemplo para quienes atravesaron una situación similar, pero también para aquellos a los que la vida les dio la espalda. Encuentran en esa crónica de supervivencia y solidaridad un mensaje inspirador: “No hay imposibles. Si ellos pudieron, ¿por qué uno no?”.
Pablo Vierci es algo más que el autor del libro La sociedad de la nieve, donde, por primera vez, los héroes de la cordillera plasman sus recuerdos en primera persona. Era amigo y compañero, en el colegio Stella Maris-Christian Brothers, de los pasajeros uruguayos. “Se fueron como equipo y volvieron como sociedad”, reflexiona Vierci. “Ellos lograron reinventar el mundo, un mundo que se equivocó al darlos por muertos o al pensar que, de sobrevivir, se volverían locos. En la montaña, forjaron una sociedad en la que los heridos precisaban a los sanos, los vivos a los muertos, y los muertos a los vivos. ¿Qué sensación me dejó terminar el libro? Que se puede vivir sin nada, pero no sin amigos ni esperanza”.
Este año se cumplirá el 37 aniversario de “una historia de amor”, como le gusta definirla a Zerbino. Tanto él como sus compañeros, creen que, después de tres décadas, la gente se interesa aún más por el relato porque, en la actualidad, se destacan más los valores, el espíritu humano y la amistad. Porque ellos son el fiel reflejo de la pasión y la fuerza del hombre cuando cree en algo.

La sociedad perfecta
Diez días después del impacto, el Servicio Aéreo de Rescate chileno los dio por muertos. No obstante, esa noticia, de la cual se enteraron por radio, no fue el peor de los incontables cachetazos que recibieron en los Andes. ¿Cómo podría compararse eso con las extremísimas condiciones ambientales (noches de treinta grados bajo cero) que padecieron? ¿Cómo compararla con esa hipotermia a la que combatían con los masajes que se hacían para reactivar la circulación y mantener la temperatura corporal?
“Hubo un giro de ciento ochenta grados cuando constatamos, consternados, que ya no vendrían por nosotros. Que habían desistido de la búsqueda”, confiesa Adolfo Strauch. Tuvieron que barajar y dar de nuevo. Cada uno de ellos era miembro de una comunidad inédita, distinta, con nuevas reglas. “Como primera medida, pretendimos no confrontar entre nosotros. Por eso, apostamos, unos y otros, a lograr una gran comunicación y generar familiaridad. Arriba, en la montaña, tenías que ser un poco mejor persona que el día anterior. Era una especie de purgatorio”.
¿Con qué fin podría uno dispensar más de dos líneas de este texto para hacer referencia a la necesidad de la antropofagia para no morir por inanición? Como afirmó Antonio Vizintín, ellos viven gracias a sus amigos. En sus recuerdos, ellos nunca mueren. En esa “sociedad de la nieve”, como Vierci tituló su obra, no existieron otras palabras que compromiso, camaradería, solidaridad, hermandad, sacrificio, respeto, amistad, fraternidad, compañerismo. Si había que hacer anteojos con plástico para no encandilarse, se hacían, como así también guantes y botas con los cubreasientos del avión. “En varias ocasiones, evaluando la sociedad en la que nos reinsertamos y en la que vivimos cotidianamente, me encontré añorando situaciones de convivencia de los Andes. Es raro entenderlo, ¿no?”, se pregunta Adolfo. Tal vez la respuesta debiera ser “no”, teniendo en cuenta que, a más de cuatro mil metros de altura, forjaron una sociedad sin vicios, egoísmos, conveniencias ni miserias. Perfecta.

Combustible espiritual
El 12 de diciembre de 1972, Fernando Parrado y Roberto Canessa caminaron 55 kilómetros en dirección hacia Chile. Movilizados por la enorme voluntad de volver a casa (qué simple parece, ¿no es cierto?), consiguieron que su fortaleza mental pudiera más que todo. “No es tan importante como lo hicimos, sino por qué lo hicimos. Nuestro combustible espiritual fue la convicción de no entregarnos ante la adversidad”, cuenta Canessa.
El mayor de los hermanos Strauch, Eduardo, fue otro de los “elegidos”. “Cada mañana, cada noche, era estar en el umbral entre la vida y la muerte. Era tan desesperante que, en un punto, yo quería morir. Me repetía a mí mismo: ‘Ojalá me muera’. El pánico que te daba un alud de nieve se podía transformar en alivio: por fin ibas a dejar de sufrir. Hoy valoro mucho más la vida, agradezco los amaneceres y los atardeceres”.
Después de diez días, el dúo Parrado y Canessa encontró, fortuitamente, a un arriero, Sergio Catalán, quien informó a las autoridades sobre el hallazgo. Antes de suspenderse la búsqueda inicial, habían fracasado 66 misiones. Los que no fracasaron fueron ellos, los sobrevivientes al accidente del F571.
“A nosotros nos salvó el trabajo en equipo”, concluye Javier Methol, quien perdió a su esposa en la tragedia. “Más que un equipo de rugby, fuimos un equipo de vida y amor. Todos luchábamos por la vida del compañero, de la misma forma que peleábamos por la propia”.
Por su parte, Canessa asegura que nunca más quisiera volver a pasar por aquel martirio. “Cumplir una cadena perpetua hubiese sido mejor que estar allí. Cualquier cárcel nos hubiese parecido un hotel cinco estrellas. Sin embargo, aprendimos. Asimilamos cómo sobreponernos al sufrimiento y que los límites no existen”. En su capítulo de La sociedad…, Canessa escribe: “¿Qué fuimos? Un grupo de jóvenes desgraciados. ¿Qué somos? Un grupo de hombres adultos buscando un sentido a una gran tragedia que nos sucedió”. Una treintena de años después, ¿Canessa encontró el sentido? “Sí, claro. Es importante mirar a tu alrededor para darte cuenta de que para ser feliz no necesitás más cosas que estar vivo. ¿Qué más necesitás?”.

Volver
No todos los protagonistas del suceso aceptaron sin inconvenientes hablar en público sobre lo acontecido en los Andes. Muchos tardaron años en hacerlo (inclusive en sus círculos íntimos) y otros, hasta la fecha, prefieren dejar pasar la oportunidad.
Lo que no dejan pasar es esa reunión anual en la que estos amigos inseparables se reencuentran y se siguen sorprendiendo de las percepciones que transitaron en ese paradójico infierno blanco. Al fin y al cabo, no existió una sola cordillera, sino dieciséis. Cada uno, la respiró a su manera.
A propósito, la mayoría retornó al lugar de los hechos. Solos, con amigos, con parejas y hasta con hijos. En los Andes, sostienen, se depositan sus más profundos sufrimientos, el dolor agonizante y, por extraño que parezca, la belleza de esa sociedad sin hendijas. Y hasta los que nunca regresaron, desean que sus cenizas sean arrojadas allí, ya que consideran que ése es el lugar donde les corresponde descansar, junto a los que no volvieron.
“Hay que agradecer todos los días a la vida por la vida misma”, piensa Alvaro Mangino. “Cada uno tiene su montaña, pero está en uno ser feliz”.